Un símbolo del amor al prójimo

Veinte años sin el padre Hugo, dueño de una huella imborrable

Un 17 de marzo, pero de 2006, Hugo Paolo Salvato falleció tras complicaciones generadas por la diabetes. Su falta aún se siente. Hoy, en la Quinta donde permanecen sus restos, habrá una misa en homenaje
martes, 17 de marzo de 2026 · 09:44

Un día como hoy, pero hace 20 años, dejaba este mundo (para convertirse en leyenda y ejemplo) el sacerdote Hugo Salvato, mejor conocido como el “padre Hugo”.

Por esta razón, hoy se llevará adelante una misa para “recordar, agradecer y orar” en la Parroquia San Ignacio de Loyola de barrio San Antonio desde las 20 horas.

Con el paso de los años, y con justicia, la figura de este sacerdote pasionista italiano, pero con corazón “argento”, fue ganando espacio como referencia del amor al prójimo.

Hugo llegó en 1968 a Villa María, pero el paso de los años lo encontró en Villa Nueva, donde llevó adelante la misión de evangelizar, pero -sobre todas las cosas- servir.

En octubre de 1968 el padre Hugo Salvato se hizo cargo de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en barrio Ameghino, donde puso en marcha el primer movimiento solidario genuino de la ciudad.

Más adelante la historia cambiaría: tras diferencias con la cúpula eclesiástica levantó una capilla en Villa Nueva. La misma llevó el nombre de San Ignacio por ser el 31 de julio, día de este Santo, cuando el padre Hugo puso, literalmente, el primer ladrillo de su nueva obra en 1985. Barrio San Antonio no tenía por aquellos momentos calles pavimentadas, ni estaba tan habitado. Muchos terrenos baldíos y la capilla era un lugar lejano que se confundía con los campos que notaban que uno se estaba alejando de la zona urbana.

Ladrillo a ladrillo fue volviendo ese lugar un universo o un planeta con miles de satélites que fueron abastecidos con su tarea: centros de panificación; de frutas y verduras; de calzado y demás, eran los que él -día a día- iba regando con la ayuda solicitada.

Bien temprano en la mañana salía en su Ford F-100 (o en una camioneta utilitaria tipo Trafic) a visitar a todas las panaderías y pedirle por biscochos, facturas o pan “de ayer”, para luego compartirlo entre los más necesitados. Lo mismo hacía en el Mercado de Abasto, donde -entre mate y mate- llenaba la camioneta para volver a la Quinta San Ignacio y compartir la tarde con sus perros (dos dálmatas y un collie), y prepararse para celebrar misa.

El momento de la misa también era especial. Al final de cada ritual el cura les regalaba a los niños diferentes golosinas, embutidos, botellas de aceite o lo que tuviera para compartir. Los sábados, cuando el calor ajustaba, abría su pileta para que todos los que habían ido a misa, el día anterior, asistieran. Una sala de televisión, una mesa de pool, un metegol y un espacio destinado al ajedrez también se encontraban disponibles en la Quinta. Allí, una hora antes de la misa, los niños podían pasar sus horas.

“Nunca me llevo un pan a la boca si veo un niño con hambre”, destacaba el padre Hugo, quien también tenía su camioneta con una inscripción no menos que convocante: “Quien da, recibe”.

Una diabetes, aquella enfermedad silenciosa, fue complicando su estado de salud, hasta un triste final que más de uno lloró.

Se recuerdan las misas navideñas; Reyes o Día del Niño, donde el padre Hugo se dedicaba a recolectar juguetes en desuso, donaciones o demás elementos para luego compartir con todos los feligreses.

Desde los puntos más recónditos de Villa Nueva, y también de Villa María, las familias asistían en tiempos de crisis donde era difícil poner un pan sobre la mesa (y mucho menos un juguete bajo el Arbolito).

Hincha del Milan, simpatizante de Boca Juniors, dueño de un español rudimentario que no le impidió comunicarse al momento de ayudar a quienes se encontraban afectados.

“Gracias al padre Hugo tuve mi primera bicicleta”, le dice una voz a este cronista. Otro recuerda que pudo encarar una intervención quirúrgica costosa por la ayuda del cura.

Las peleas con la Diócesis, la reconciliación y los recuerdos se fueron sumando, y también fueron creciendo las anécdotas. “Recuerdo que en 1999 nos llevó a todos al CineSud a ver Manuelita. Era la primera vez que yo pisé un cine... no me lo olvido más”, dice otro joven de ayer que hoy está cerca de los 35 años.

 

Perfil

Hugo Paolo Salvato nació el 4 de febrero de 1933 en el pequeño poblado de Curtarolo, en la provincia de Padua (Italia). Perteneció a la congregación de Los Pasionistas de San Pablo de la Cruz, fundada en 1815. “Jesu Xpi Passio”, lema de su hermandad, que quiere decir “la pasión de Jesucristo” en latín. En 1968 llegó a Villa María, en el marco de una misión eclesiástica. Falleció el 17 de marzo de 2006 y sus restos permanecen en la entrada de la Quinta San Ignacio de Loyola, en barrio San Antonio de Villa Nueva.  

 

Homenajes

En Villa Nueva, todos los 17 de marzo (fecha de su fallecimiento), bajo la Ordenanza 2393/16, el Concejo Deliberante insta a que cada año se realice un evento solidario para evocar al querido padre; intentando continuar aquel legado solidario. Dicho sea de paso, solamente en la fecha en la que se aprobó la ordenanza el Concejo hizo algo, luego los marzos fueron pasando sin pena ni gloria.

También hay una calle con su nombre, además de una escuela en Villa María en barrio Malvinas Argentinas.

“El padre Hugo fue un hombre que bajó a Cristo de la cruz y lo hizo caminar entre la gente”, dijo oportunamente el historiador Rubén Rüedi -quien compiló su historia-. Bastante razón tiene.