El 27 de septiembre de 1965, el padre Hugo conocía las Villas

El día que llegó la solidaridad

Se cumplió 60 años del arribo de un sacerdote difícil de olvidar. Entendió el mensaje de la humildad y la solidaridad, siempre tan necesarios
domingo, 28 de septiembre de 2025 · 08:12

Hace 60 años, un misionero pasionista arribó desde Italia a Villa María para transformar su vida, pero lo que no sabía este sacerdote era que no solamente su existencia iba a cambiar, sino la de muchos más.

El 27 de septiembre de 1965, Hugo Paolo Salvato, conocido mejor como “el padre Hugo” llegó a una Villa María donde todavía se consultaba la línea telefónica, los CD’s eran una utopía y tantos barrios que hay hoy, ya no existen.

Hugo había nacido en Pieve di Curtarolo, provincia de Padova, Italia, el 4 de febrero de 1933.

A pesar de su dificultoso castellano, donde lo “Tano” se mezclaba con lo criollo, el cura siempre habló un lenguaje universal: el de los humildes. Entendió las carencias, las fallas del sistema y el lugar donde él, como representante de los Santos Evangelios y de Jesús, podía ayudar. “No me llevo un pan a la boca si hay un niño con hambre”, dijo un día, y lo siguió al pie de la letra. Tanto que hasta tuvo personas molestas por su accionar.

En 1985 fundó la Comunidad Joven para la Gran Comunidad en una quinta de extramuros de Villa Nueva, desde donde impulsó la creación de 14 centros de solidaridad en barrios humildes. Ropero comunitario, zapatillas, pan, verduras, todo se conseguía en tales espacios que ocupaban todo Villa Nueva, pero sobre todo barrio San Antonio, donde está ubicada la quinta con un mensaje grande, en mayúsculas y claro: “Comunidad Joven para la Gran Comunidad”.

En su modesta casita de un solo ambiente vivió hasta el viernes 17 de marzo de 2006, cuando pasó a la eternidad dejando un rastro indeleble de amor al prójimo en toda la comunidad de Villa María y Villa Nueva.

Sus perros dálmatas, su perro raza collie y la camioneta -primero- y su tráfic después, con el mensaje “Quien da, recibe” o “Un pan para tus hermanos”, eran parte del paisaje urbano de un barrio con calles de tierra y una crisis constante.

La quinta, con su enorme pileta, abierta en verano para que los que no conocían una piscina veraneen y una sala de televisión con ajedrez, pool y metegol para hacer “la previa” a la misa con diversión e ingresar a la capilla con una sonrisa.

El misionero, no hay dudas, llegó para innovar y desde su primer día en la tierra ctalamochitana comenzó un vertiginoso proceso de transformaciones”, escribió Rüedi, historiador y amigo personal de Salvato, al contar su historia publicada en un suplemento especial de elDiario en el año 2006, cuando dejó la Tierra para encontrarse con su Dios.

La historia escrita por Rüedi resaltó el fenómeno que fue el padre Hugo en Villa María. “Los hijos de las familias representativas, por su buena condición económica, se confundían con los hijos de las familias obreras en las tropas de scouts que el padre Hugo había formado recién llegado a Villa María”. 

Pero mucho antes, en octubre de 1968 el padre Hugo Salvato se hizo cargo de la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes, en barrio Ameghino, donde puso en marcha el primer movimiento solidario genuino de la ciudad. 

En la Capilla de Lourdes, Salvato logró tender puentes con la clase media que eligió el mencionado templo para las uniones matrimoniales y los bautismos.

Más allá de sus diferencias con la cúpula eclesiástica, el padre Hugo no abandonó su espíritu misionero. Fue rechazado y le marcaron las molestias en su accionar (¿la envidia?).

“Como un arquitecto de almas, pero humilde como un albañil, ladrillo a ladrillo comenzó a construir lo que sería la Comunidad Joven para la Gran Comunidad. No estuvo solo; silenciosa y anónimamente hubo quienes le acercaron una mesa, una puerta, un árbol, alguna carga de arena o simplemente los brazos [...]”, dice Rüedi.

Así levantó la capilla, que llevaría el nombre de San Ignacio por ser el 31 de julio, día de este Santo, cuando el padre Hugo puso, literalmente, el primer ladrillo de su nueva obra en 1985.

La llegada de monseñor Roberto Rodríguez a la Diócesis fue el bálsamo que el alma de Salvato estaba necesitando para aliviar su dolor.

Efectivamente, Rodríguez fue el encargado de informarle que la Iglesia reconocía en él a un sacerdote abnegado en la comunión con Cristo. Su obra sería reconocida oficialmente y legalizados sus servicios religiosos.

Más de