El recuerdo de una tarde fugaz
El silencio puede ser exquisito
Las calles villanovenses, su río, las maneras de recorrerla, de encontrar en cualquier parte reposo, alivio, calmaLo hice durante algunos meses, hace tiempo ya: por la tarde, caminé más o menos una hora con mi padre por Villa Nueva, la ciudad donde vivo. Una de esas tardes, él tuvo que ir al centro de Villa María, la ciudad vecina, a comprar algunas cosas y yo preferí recorrer el barrio y los alrededores solo. Salí de casa con un cigarrillo que fumé durante las primeras cuadras. Después corrí un poco para entrar en calor. Había llovido el día previo y algunas calles de tierra estaban convertidas en un lodazal. Hacía frío, no había viento. Eran las seis de la tarde, todavía no anochecía, pero faltaba poco porque era invierno y se notaba: el cielo gris comenzaba a apagarse, pero el cambio era imperceptible; siempre lo es para junio, julio, agosto, porque uno no se da cuenta hasta que la noche se derrama, oscura y discreta, sobre los edificios y las casas y los hombres y las mujeres que quizás aún están en sus trabajos, en bares, o que quizás están durmiendo, o manejando, o entrenando, o que quizás están en cualquier parte pensando quien sabe en qué.
Había varias obras en construcción y unos pocos albañiles conversando con -creo- los propietarios. Una mujer y su hija andaban en bicicleta. Pasaron veloces a mi lado hasta que las perdí de vista. Por lo demás, casi no vi autos ni camionetas. Las casas parecían deshabitadas, no se advertían luces ni televisores encendidos, no había niños en las veredas. Solo sentía mis pasos a medida que avanzaba, mi respiración tranquila, el agua de los charcos que pisaba sin querer, los ladridos lejanos de perros que, a metros de distancia, comenzaban a acercarse para olerme. No suelo tomar fotografías, pero esta vez quise hacerlo; entonces me detuve a la vera del río y saqué algunas con el celular. El agua apenas se movía y los árboles con sus ramas y sus hojas se espejaban, eran una imagen turbia, imprecisa. Me quedé allí, por un rato intenté no pensar en nada, pero pensé en lo que tendría que hacer cuando regresara, en que debía cocinar, en que me iría a dormir y el día siguiente sería otro día igual a ése y por eso, inmediatamente, todo -todo lo que estaba cerca, en ese momento- perdería su esplendor, su brillo.
Sin embargo, luego, corrí otro tramo, desentendido, indiferente, liviano, ligero. Y me gustó eso, que el tiempo no importe, que yo no importe, que nada importe. Me gustó que ese día, esos días, sean un bálsamo. Me gustó que sean una dosis diaria de alivio, de soledad. Me gustó que irradien una claridad melancólica tan Villa Nueva, tan envidiable, tan exclusiva. Me gustó que queden en el olvido, que desaparezcan en seguida. No sé si me gustó repetir el recorrido, pero lo hice, caminé por los mismos lugares durante varios meses más. Quizás quise aferrarme a la calma que encuentro en las zonas de descampados donde las aves aparecen como manchas negras sobres las nubes. Tal vez me gusta esa escena que se reprodujo, igual, semana tras semana. Tal vez me guste que las cosas abandonen su fulgor. Tal vez quiera eso, una tarde sombría, monótona. Tal vez quiera no dar explicaciones y quedar a un lado, en la orilla, al margen, mirando, oyendo, callado. No sé, pero a veces -muchísimas veces- me gusta que sea así, que nadie me acompañe, que nadie me hable ni haga preguntas, que nadie sepa que estoy acá, que nadie rompa este silencio.
