Corsódromo - Finalizó la trigésima quinta edición
La noche los volvió invencibles
La samba es un caos controlado, la posibilidad de decidir hasta cuándo este fuego, hasta cuándo este éxtasis: y eso fue lo que pasó en la última noche de los Carnavales Gigantes en Villa NuevaEscribe Franco Gerarduzzi DE NUESTRA REDACCION
Si uno dice samba es como si dijera Brasil, pero, aunque quizá no lo sepamos, también es como si dijéramos, por ejemplo, lundú, género que llevaron a aquel país los esclavos desde Angola, o semba, que también vino con los esclavos desde Angola y el Congo a Bolivia, o maxixe, al que se conoce como tango brasileño, que es un baile de salón y que recibió influencias de los negros del Africa subsahariana (de los países que no limitan con el mar Mediterráneo): la danza era moderada y ellos le inyectaron calor, color, electricidad, le dieron vida. Y hablando de vida, cómo no decir, además, batucada, repetitiva y con ese ritmo que acelera, o jongo, manifestación cultural africana en Brasil que es casi un antecedente en la formación de la samba. Y hay más: está la modinha, proveniente de la moda portuguesa y que ya por el siglo XVII se tocaba en las calles de Bahía, y está el chorinho, la primera música popular típica de Brasil. Y se tocaron instrumentos de cuerdas como el cavaquinho (una especie de guitarra de cuatro cuerdas), el pandeiro, el surdo, el tamborim. El carnaval es, entonces, todo esto: un cóctel.
Ayer, una amiga que está dentro de la comisión de uno de los barrios que bailan en los Carnavales Gigantes de Villa Nueva, me explicó que lo que se ve acá es algo parecido a una samba brasileña: me dijo que es una base de samba, adaptada, una reversión que se hace con surdos de primera, segunda y tercera (tambores grandes, graves), agogos (tienen forma de campana), sicuayos (son como sonajas), casetas, tamboriles, caixas y repiques.

Después, lo que se ve en la calle, lo que se vio el viernes, el sábado y anoche en la avenida Oscar “Coco” Cáceres es lo que sucede cuando la música deja de escucharse y se administra, se inyecta como una droga que el cuerpo reconoce y que quiere porque lo que viene luego es una sensación de que se podrá siempre, de que se será invencible y uno desea que eso -que esa sensación- sea para siempre, que sea irreversible para ellos y para ellas que tienen disfraces que parecen alucinaciones y que samban a puro instinto, pero además lo hacen con delicadeza, exactos, con pasos cortos que apenas se despegan de los adoquines de hormigón de la avenida y que acompañan con la cintura blanda, dócil, suelta y con los brazos finos por momentos e impulsivos por otros. Es un caos controlado, es la posibilidad de decidir hasta cuándo este fuego, este éxtasis.
Ayer, en el Parque Hipólito Yrigoyen, terminaron los carnavales y, ahora, comenzará un nuevo año de trabajo, de ensayos, de diseño de los trajes. Ahora, todo se teñirá de una espera que se soporta con deseo porque así se tolera el futuro, los días y meses que vendrán hasta que, otra vez, se enciendan las luces del parque y alguien golpee los surdos y los tamboriles y, así, empiece eso que es como un contagio y las comparsas y las batucadas no se distingan porque solo importará eso que nos sobrevuela cuando todo aquello que nos retiene -la rutina- deja de importar e interesa solamente hacer lo que uno quiere, lo que uno sabe, lo que uno deseó, porque así, por lo menos, debería vivirse.
Con la finalización de los Carnavales Gigantes, inicia para todas las comparsas y batucadas un nuevo año de trabajo y de preparación de cara al próximo año.
