Una historia que se repite - La importancia de estar alerta

El cuento del tío que no llegó a ser

Afortunadamente, Elizabeth desconfió de las personas que se comunicaron con ella y, así evitó que la engañaran. Comparte su historia para seguir previniendo a la población
martes, 15 de febrero de 2022 · 08:30

Podríamos decir que esta no es la historia: podríamos decir, más bien, que es un capítulo de la historia. Ella se llama Elizabeth y dijo que todavía estaba “un poco indignada”, varias horas después de que pasara lo que vamos a contar.

El viernes a la siesta recibió un mensaje de WhatsApp de una cuenta de empresa a su celular. Supuestamente, alguien se comunicaba desde el Ministerio de Salud de la provincia de Córdoba para decirle que tenía pendiente, para cobrar, “el bono de emergencia sanitaria de $20.400 desde el 1 de febrero de 2021” -o sea, desde hace poco más de un año- y que ese viernes era el último día para cobrar el dinero.

Como ella no había hecho ningún trámite para ningún tipo de bono, preguntó igualmente dónde tenía que cobrarlo.

Veinte minutos más tarde la llamaron de ese número -con característica de Córdoba capital (0351)- y ese alguien del que hablábamos se presentó como Gonzalo Nicolás Pereyra, le dio su número de operador (el 032/79) y le mencionó la dirección avenida Vélez Sarsfield 2311, que es donde efectivamente está el Ministerio de Salud. “Hasta ahí, todo bien”, contó Elizabeth.

Para recibir el dinero, le dijeron que tenía que ir al Banco de Córdoba. Ella les contestó que imposible porque a la siesta el banco ya había cerrado.

Entonces, el hombre le respondió que no había ningún problema y ella le sugirió que le depositen en la cuenta de la tarjeta donde cobra la asignación familiar.

El hombre le indicó que no podía porque ese seguro social pertenece a Nación y le preguntó si no tenía otra cuenta: ella volvió a decirle que no y, en ese momento, el hombre insistió. Le preguntó si podía hacerle la transferencia a otra cuenta, a la de un familiar, por ejemplo.

Elizabeth le dijo que su padre es jubilado y el hombre, inmediatamente, dijo que perfecto, que servía, y le solicitó el Documento Nacional de Identidad (DNI) de él. Después, le pidió el e-mail del padre y Elizabeth comenzó a dudar. “Utilizo el manos libres y escuché que, por detrás, otra persona le decía como a un niño ‘no corras’”.

Luego, el hombre le pidió el nombre de usuario del padre, con el que se accede a la cuenta en la app que uno puede tener en el teléfono (si se la descarga) o a través del home banking. El hombre quiso saber si su padre tenía la app en el celular. Elizabeth sabe que su padre la tiene, pero le dijo que, en realidad, no sabía. El hombre persistió: le dijo que le pregunte así él le mandaba una clave.

Después, le comentó, que tendría aproximadamente un minuto y medio para poder desbloquear el pago porque si no se cancelaba. Ella, entonces, decidió decirle que su padre no tenía la app. Y el hombre le dijo que vaya a una sucursal del Banco de Córdoba, a la más cercana: y le recomendó que se acerque a la de Villa María.

Ahí, en ese instante, todo fue más claro: ella vive en Villa Nueva y la sucursal más próxima es la que está enfrente de la plaza Capitán de los Andes. “Yo digo, si realmente son del Ministerio, le salen todos los datos”, dijo.

Elizabeth, directamente, les comentó que no, que no tenía los datos. Y le contestó: “¿Sabés qué pasa? Ya empecé los trámites y si vos no me podés pasar el nombre de usuario a tu papá se le va a bloquear la tarjeta, no va a poder cobrar la jubilación, va a tener que ir a hacer los trámites al Banco de Córdoba para poder reactivarla; se le va a bloquear y le va a llevar entre tres y seis meses poder desbloquearla porque ya se subieron los datos”.

Ella, con calma, le respondió: “Listo, no hay problema. Dejá que nosotros hacemos los trámites en el caso de que se bloquee”.

El hombre siguió insistiendo. Ella le pidió su número de DNI y él no se lo quiso dar porque, al parecer, no está autorizado. Ella, entonces, escribió el número de operador del hombre en Google y le apareció, entre todos los links, que se trataba de una estafa. Se lo comentó y el hombre se puso nervioso, le dijo que cómo iba a decirle eso y cortó.

Así, llegó el llamado a la Policía que le dijo que sí, que es habitual, que se están haciendo este tipo de llamadas. Y, a la hora, le sonó otra vez el celular y no le habló Gonzalo: esta vez fue un tal Héctor, que le preguntó si tenía dudas.

Ella, por supuesto, le dijo de qué dudas le hablaba y no dio vueltas: les dijo que había descubierto que eran unos estafadores y que ya había hablado con la Policía.

“Me empezó a decir una cantidad de barbaridades irrepetibles, enojado. Y me decía que yo me había comunicado con la Policía que eran unos estafadores también, unos corruptos, la corrupción más grande que había en Córdoba”. Y no hay más nada: Elizabeth cortó y los bloqueó.

“Me interesa que la gente lo sepa y no caiga en esto”, dijo luego. Y recordó lo que le sucedió a su tía: la llamaron, le hicieron lo mismo y ella llegó hasta el cajero automático, pero no pudo ingresar porque, parece, se olvidó la clave. “Pero imaginate que puede llegar a haber otras personas que logren hacerlo”, comentó.

Este capítulo, de una historia que se repite, sirve para eso: para que imaginemos que el final no es siempre como este, que muchas veces puede ser otro, ese que justo no imaginamos.

 

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