Villa Nueva - 196 años- Desde el cine y el carnaval

Zambuites o el privilegio

viernes, 7 de octubre de 2022 · 10:47

Zambuites o el privilegio de haber, no pertenecido, claro, qué impertinencia la mía, pero sí, al menos, haber participado (de prestado), haber podido asomarme unos tres o cuatro veranos a esa maravillosa fiesta popular que es el Carnaval de Villa Nueva; el tronar de parches, tormenta de verano, que de noviembre a febrero, de punta a punta, de la calle  batucada levantando polvareda y meneando caderas, y enamorando a la alegría que, en muchos casos, poco se  deja ver por esas barriadas de gente obrera, sufrida y porfiada en su energía llena de plumas y lentejuelas. 

Zambuites o el privilegio de golpear una puerta y que te abran y te conviden a tanta intimidad de carrozas y vestuarios, y asadito de falda y vinito, y risas, y máquinas de coser, y costureros, donde se guardan las penas hasta el año que viene, porque ahora es carnaval, y como dijo Omar, el bailarín, la caprichosa de la comparsa, “voy a bailar hasta cuando no me den las piernas, y cuando ya no me den… voy a seguir bailando”, y allá fue al cielo de la avenida Carranza meta mover las patas y ponerle onda al sinsabor de la vida diaria que se empecina más y más con los que menos tienen.

Zambuites o el privilegio de haber compartido fútbol de sábado a la tarde en la antena de Los Olmos, con Pelé, con Pachachín, con el cacique Héctor Tulián de los tulianes; de haber ensayado acordes en el acordeón del Palomo en La Floresta, el Palomo, maestro en la construcción de día y maestro de música para los changuitos por la tarde noche, cuando el sol no quiere irse a dormir detrás de Villa Oeste por no perderse los ensayos en la calle honda; privilegio de asistir al parto del Gran Dragón en el Malvinas Argentinas y de aprender de esa sabiduría simple y meridiana de quien cuenta las monedas para invertirlas en arte popular y prende un pucho y te mira como perdonándote, y te dice “no hacés lo que querés, hacés lo que podés hasta donde te alcanza lo que tenés”. Y sí, así nomás es la cosa. 

Un señor muy gordo un día me preguntó si yo creía que de verdad era importante filmar los Carnavales de Villa Nueva.  Ese día me di cuenta de que a veces no vale la pena intentar explicar algunas cosas; que hay cosas que, por más palabras que uno gaste en argumentar, no tiene sentido intentarlo; cosas que se sienten, se viven, se respiran, y si no lo entendés, “jiuston jiuston, tay en un problemón, vago”.

Zambuites o el privilegio de, 20 años después, encontrarme con algunos de aquellos con los que compartimos tantos días y noches y todavía me recuerdan, me saludan y me invitan con un porrón. 

Zambuites o el privilegio de haber estado ahí para poder contar fuera de los límites de la propia Villa Nueva, en otras provincias, en otras ciudades, bajo otros cielos sin carnaval, que en Villa Nueva, todo el año, late una fiesta que explota durante cuatro noches y reinventaba la Carranza, le cambiaba el sentido, el nombre, el norte; porque el asfalto se volvía vía láctea (qué loco, justo frente a la Nestlé) y se vuelve sangre sudor y lentejuelas; se vuelve sueño hecho realidad; se vuelve realidad soñada.

Me preguntan qué significó para mí filmar Zambuites en Villa Nueva: eso, un privilegio.