Villa Nueva - 196 años - Desde la niñez
El campito de la esquina
Ipomoea Índica. Así se llama lo que para nosotros siempre fue la tradicional “enredadera campanita”, una maravilla de la naturaleza que se desplegaba salvajemente para convocarnos todos los días, con sus flores azul brillante o púrpura.
Eran casi cien metros cuadrados de enredadera campanita floreándose a media cuadra de casa. Era un lugar impenetrable para los grandes, pero llamativo para los chicos; un terreno amplio bordeado de árboles. Y era, para los amigos del barrio, simplemente, el campito de la esquina.
Casi de golpe y para siempre, a mitad de la década del 80, se erigió en el espacio de las tertulias de los niños que ocupábamos dos sectores de barrios que empezaban a conocerse: el viejo, de la Deán Funes para el lado de la Comercio, yendo por 9 de Julio; y el nuevo, camino a la Carranza. En el medio de ambas zonas, como un lugar de encuentro, respetuoso, impoluto… El campito.
Los que solíamos frecuentarlo primero, entendimos rápido que era la zona de reunión con los vecinitos nuevos. Y lo reflexionamos no solo por lógica, sino también porque ellos eran “una banda” y nos podían “limpiar” por mayoría. Sin embargo, no alcanzamos a pensarlo que ya estábamos todos juntos, porque el campito tenía el magnetismo suficiente para amigar al piberío.
Entre todos, al menos diez éramos quienes registramos la conducta intachable en presentismo, los que llegábamos casi devorando la mandarina del postre en una mano, mientras en la otra llevábamos la piedra para el tejo, la pelota para el picado o el manubrio de la bicicleta, según la ocasión. Porque el campito fue zona de disputa de etiquetas usadas de cigarrillos, fue cancha de fútbol y fue pista improvisada de cross.
Al llegar la primavera, cada año fue también una obra de la arquitectura juvenil que no se habría imaginado ni César Pelli.
De los diez infaltables al lugar, quizás dos habían cursado un par de clases de supervivencia en los boy scouts o pasado un par de días en expediciones con el Padre Hugo. Sin embargo, en la enredadera armamos túneles armoniosos y los cuidamos como la segunda casa, que realmente era.
La función de la fantasía era recorrer y superar cada túnel, arrodillados, hasta el punto donde se hacía el cónclave diario: el árbol “padre” del medio del campito. Allí hablábamos y aprendíamos de disfrutar la naturaleza (¡a solo tres cuadras de la plaza céntrica!) hasta que se escuchaba el grito de los padres buscándonos desde la vereda.
Un día, Maradona nos cambió la vida y los vecinitos empezaron a mirar con más cariño la cancha de fútbol del otro lado del alambrado. Y así, enfundados en la camisetita argentina antitérmica de entonces, sucedió que todos terminamos pateando la pelota en los inolvidables choques del equipo del vecindario contra el del Materno Infantil.
Los años nos fueron alejando del barrio y, lógicamente, del campito. La zona se pobló de casas, levantaron otras aulas en el viejo Materno y hasta dicen que un vecino que no era de la vieja barra, compró los terrenos que quedaron allí, sin árboles ni campanitas, y con un cerrojo de alambres y de postes.
Su valor económico hoy es formidable, por ser uno de los espacios sin edificar más cercanos a la plaza. Pero su valor simbólico es incalculable para aquellos niños que hoy, siendo grandes, aún guardamos en el cuerpo los puntos recibidos por encarar mal una curva con la bici o porque nos quedamos encajados en la subida del gran árbol, desde donde disfrutábamos, sonrientes, la vista de Villa Nueva.
