196 años - Desde la memoria
De acá, igual que todos
Los sábados a la mañana y el sonido fuerte del 4912630 en la memoria.

Los campitos -ahora ya extintos- del Prado Español, El Vallecito, Malvinas, San Antonio, Residencial América y demás, donde nos reuníamos a hacer la pelota rodar hasta que el sol se hundía y había que retornar a casa a explicar por qué volvíamos tan tarde.
Los campeonatos relámpago en barrio Los Olmos, donde esquivábamos la antena de Canal 10 para seguir jugando. O tal vez la vieja feria donde, sigilosos en nuestra niñez, atravesábamos el alambrado para tirar unos buzos en el pasto y armar arcos que luego serían discutidos por sus palos y por su altura.
Moreno y el Indio, con sus mesas de pool enormes y aquellas fichas de videojuegos a 25 centavos que antes estaban a 10.
El Suelto Todo, que ya no existe, donde en pleno 2001 (mientras el país ardía) ingresábamos a comprar aceite suelto y 2 pesos de azúcar.
Los helados de las cinco de la tarde -cuando el sol todavía pegaba en el vidrio- en Santa Lucía o de Mavalía, los primeros, los pioneros en seducirme con su cucurucho dulce y sabores novedosos.
El Coco Cáceres inflándonos gratis nuestras bicicletas. Salir teniendo miedo porque a media cuadra está la ruta Libertad y a esa se la respeta.
Los nervios en los ojos mientras espero y la calma al momento de levantar la mano para que frene “el tres”.
Mayo con sus desfiles, aquellos en los que siempre hacía frío, llovía o -contrariamente- el sol era radiante. El hecho de encontrarse, luego de perderse, con el curso para participar de algo que nos molestaba, pero que hoy sería imposible de imaginar su ausencia.
“¿Sabías que acá había una terminal?”.
Los carnavales -tanto en la Plaza como en la Avenida Carranza- donde juntábamos moneda por moneda para comprar la “espumita loca” (a la que después le dijeron nieve), mientras esquivábamos el sin fin de personas que iban y volvían como en una cinta eterna. “¿Qué día vas a los corsos?”, te preguntaban. Todos. Los nenes con botellas colgadas a la cintura, pegándoles con ramitas, acompañando los ensayos de cada barrio. El guardar como el mejor secreto de todos de qué era y cómo era la carroza de nuestro barrio.
Mi abuela y el sonido del spot de Radio Villa Nueva durante los domingos a la mañana.
La antena de la Nestlé allá, a lo lejos. Y la cúpula de nuestra señora del Rosario que se ve desde la cancha.
La vereda finita de Lima y Marcos Juárez.
La vieja remisería, la nueva remisería.
“¿Sabés que antes ahí había un cine?”.
La campana del Padre Hugo sonando y las familias ingresando con prisa en navidad, reyes, pascuas o el Día del Niño.
El tatuaje del Carli Pedernera, que lleva al barrio en la piel, y el de Eduardo Bordini, que lleva al León también en el cuero.
El Puente del Zanjón, aquel que atravesábamos temerosos cuando íbamos a entrampar algún pajarito inocente con la gomera colgada en el cuello como un rosario, y el Parque, que nos cobijó tomando algo con nuestros amigos primero y luego con nuestro amor.
El cañaveral de La Floresta, donde nos metíamos con miedo por el mito de la tumba de La Llorona o el mito del Duende -que le había aparecido a un compañero de la escuela-.
“Si vas por la Marcos Juárez, para el lado de la Inmacualada, y mirás el piso… todavía se ven los rieles”.
Hacerme el que no veo al Hugo en el bar (mientras él también hace de cuenta que no me ve), para seguir mirando el inalcanzable partido codificado sin consumir nada. Hacer lo mismo en el bufé del club Alem.
“¿Sabías que por acá pasaba el Tranway?”.
De chico, me preguntaba en qué espacio me iban a entrar tantas calles, casas y personas en la cabeza. Hoy, con las primeras canas, aún no entiendo cómo se fueron volviendo carne.
Imposible no asociar cada cuadra o cada calle con un recuerdo, porque en la 9 de Julio debuté cambiando figuritas y en la Córdoba utilicé el último teléfono público frente al hospitalito. Porque donde antes había “santuarios”, hoy hay ruinas; y donde antes había monte y loras cantando, hoy hay una arquitectura moderna que me conmueve, pero me hace sentir el inevitable paso del tiempo.
Y aunque también ser de Villa Nueva es saberme de memoria cada bache o saber en qué semáforo nadie frena, no cambio por nada el paisaje donde aún los vecinos sacan la televisión a la vereda o los niños corren a los gritos en medio de la siesta, tal como lo hacía uno, mientras desde las ventanas llovían los retos.
Llegado a este punto, percibo que cada oración o párrafo es un bloque -que cae uno sobre otro- y que cada villanovense tiene su propia construcción (tal vez con diferencia de altura).
Todos somos iguales, todos nos parecemos en algo y contamos anécdotas parecidas. Y nos gusta.
A eso se le llama identidad.
A eso se le dice pertenencia.
