Villa Nueva - 196 años - Desde la fe
Bromas del Padre Pepe
Ya pasaron muuuchos años desde que tomé la Primera Comunión; hecho que señaló un hito en la infancia de gran parte de las personas de mi generación.
Era una etapa que transcurría esencialmente los sábados por la mañana, cuando en mi caso íbamos un grupo de no más de diez chicos a la casa de la señorita María Rosa Aguiar, sobre calle Comercio, a escuchar los rudimentos necesarios para comulgar por vez primera.
Entre Padrenuestros, Credos y Aves María, completábamos unos libros que nos contaban la vida de Jesús y los misterios de la Iglesia. La verdad que, aunque no era día para estudiar, lo pasábamos espectacular con los desayunos que nos preparaba la señorita María Rosa.
No recuerdo cuántos sábados habremos ido; pero acercándose octubre, de fiesta grande en Villa Nueva, la señorita María Rosa no nos hizo ir a su casa, sino que nos indicó que debíamos encontrarnos en la parroquia. Allí llegamos los que cada sábado asaltábamos las galletitas de su mesa y le tomábamos todo el jugo. Sentaditos uno al lado de otro en esos bancos largos de las iglesias, relucientes y aplicados, vimos entrar a un hombre grandote, muy grandote, vestido con una larga túnica blanca y que, mirándonos con su cara bonachona de color cobre, sacó una sonrisa de esas bien sinceras y nos dijo “buenos días, chicos”.
Era el Padre Pepe, el Pepe Luque, el mismo que sabía cautivar cada domingo el corazón de cualquier villanovense que entrara a la iglesia; el que con sus ideas juntaba hasta los más encarnizados adversarios y los ponía a trabajar juntos; el que mostraba su amor a Cristo en cada palabra y obra que realizaba.
Parado como un gigante -así lo veíamos- nos empezó a explicar la importancia de lo que en pocos días más íbamos a hacer. Nos contó que ese pedacito de pan que nos mostraba, después de que él lo consagrara, se iba a convertir en el cuerpo de Cristo.
¡Me imagino la cara de asombro que habremos tenido intentando entender el misterio de la transubstanciación!
Y el Padre Pepe se debe haber dado cuenta; y en una magistral jugada de esos curas que, como dice el Papa, tienen olor a ovejas, nos dijo: “pero sepan que cuando yo les dé la hostia no la deben morder, simplemente la deben colocar con la lengua bajo su paladar y dejarla que solita se vaya desintegrando, porque si la muerden… Cristo va a gritar ¡¡¡ayyyyyyyyyy, me mordiste!!!”. Y nos arrancó una estridente carcajada a todos los que estábamos allí.
Llegó el gran día, el 7 de octubre, cuando, vestidos de manera inmaculada con zapatos, camisa y pantalón nuevo, marchábamos en fila con el colgante lleno de flecos en la manga y las chicas con sus vestidos blancos y sus vinchas con flores, mirando al frente, donde, metido dentro de su portentosa sotana, nos esperaba el Padre Pepe para darnos por vez primera la hostia de la salvación.
Ninguno de nosotros la mordió; suavemente la pusimos bajo el paladar y dejamos que solita se fuera metiendo adentro nuestro. No vaya a ser que en medio de tan augusta ceremonia escucháramos el grito de Jesús por haberlo mordido.
