El bar tenía más de 60 años
El Gallego, otro símbolo local que se terminó con la pandemia
Fabián Armada, último propietario, e hijo del fundador, aseguró que el cierre no se debe a falta de dinero, sino que se rehusaba a seguir pagando impuestos cuando no podía brindar servicios. “Era el comercio más antiguo y con 60 años de trayectoria jamás cerró sus puertas”, dimensionóEscribe Daniel Rodríguez
De nuestra Redacción
El negocio más antiguo de la ciudad, según dicen sus propietarios, debió cerrar sus puertas el pasado año producto de la pandemia.
Los impuestos que seguían llegando a un local vacío (producto del aislamiento ante el COVID-19) no encontraban dinero que pudieran solventar ni hacer sostenible un emprendimiento que había llegado a los 60 años de existencia.
Se trata del célebre bar El Gallego, el cual primero estuvo ubicado en Villa María (frente a la actual Ramonda) y luego en avenida Carranza 635, frente a la Nestlé. Desde sus comienzos fue una ubicación estratégica debido al gran foco obrero que se desarrollaba en aquel punto urbano.
Fabián Armada, su último propietario, e hijo del Gallego, dialogó con El Diario y aseveró: “Era el negocio más viejo de Villa Nueva y perduró por mucho tiempo, hablamos de más de 60 años que estuvo con las puertas abiertas”.
Haciendo un poco de memoria, sumó: “Primero fue un bar y luego un bar de comidas para la gente y las familias del campo; si mi padre estuviera vivo en este momento, tendría 97 años.
Se trata de Manuel Armada Ferro, su fundador e ideólogo, quien llegó de España e instaló un bar primitivo en Villa María, a la bajada del puente Juan Bautista Alberdi. Y luego, comprándole un terreno a Florindo Cornejo, finalmente se situó en su ubicación definitiva.
“Cerramos en junio de 2020; cuando empezó la pandemia me seguían cobrando impuestos. Yo decidí seguir abonando los de la casa y los del auto, pero no los del bar. Fue el negocio más viejo que existió en la ciudad, y en los 60 años de trayectoria jamás se cerraron las puertas”, reiteró.
Tal como en un primer momento, la fachada está intacta, todo esto con el pensamiento de que se siga caracterizando como un bodegón.
“Teníamos las famosas picadas, los sándwiches de jamón crudo y de bondiola. También estaban las bebidas clásicas, aunque en los primeros años mi padre hacía el vino con las uvas en grapa, teníamos los parrales... todo; es más, hará diez años saqué todas las botellas para envasar que me habían quedado”.
Referido al marco actual, el entrevistado dimensionó que no descarta volver a ponerlo en funcionamiento, pero eso no sería en un futuro cercano.
“Cerró por la pandemia, no porque se haya fundido. Me molestó en ese momento, porque pensé que si se cierra un negocio los impuestos no deberían haber continuado, sino que tiene que existir un apoyo; entonces llegamos a esa decisión con Nelly, mi madre (quien también estuvo al frente)”.
Si bien existe una dura historia respecto al primer propietario, el espacio que “siempre pagó los impuestos y tuvo la libreta sanitaria” se marcaba por evitar cualquier tipo de problemática. “Cuando jugaban los clásicos Boca-River nosotros cerrábamos y lo veíamos en familia; no queríamos que existieran problemas ni dramas”, redondeó.
Si uno navega por Google Street aún puede encontrarse con un cartel, mitad tiza y mitad calcomanías, que reza: “Hay empanadas, sándwiches, milanesas, hamburguesas, gaseosas, pebetes, cervezas y carbón”, un poco más allá, una silla al lado de una mesa, la última postal de una historia que escribió su último capítulo, aunque este no sea el final.
