Ayer el padre Hugo Salvato hubiera cumplido 88 años
El día que nació la solidaridad
Nacido un 4 de febrero de 1933, sembró el amor por el prójimo y dejó un vacío imposible de llenar. Fallecido en 2006, hace 55 años había arribado a Villa María, en la primavera de 1965Escribe: Daniel Rodríguez
De nuestra Redacción
Muchos años antes de volverse un mito por estas tierras y dedicarse al oficio del sacerdocio, Paolo Salvato nació un 4 de febrero de 1933 en Pieve di Cuartarolo, provincia de Padova, Italia. Ayer, hubiera cumplido 88 años.
Hijo de Luigi y Amabile, Salvato se crió a un puñado de kilómetros de Venecia y ya podía sentir en su interior la llama de la fe; incluso algunos afirman que siendo niño jugaba a celebrar misa entre sus amigos.
Allí, entre campos y viñedos donde la comida no faltaba (pero tampoco sobraba), también debió atravesar el terror cuando se desató la Segunda Guerra Mundial que destruía cada rincón de Europa, según narra Fabián Rubiolo en su libro “Desde este suelo argentino” (El Mensú, 2018).
El título de la obra literaria se debe a una sola cuestión. Las palabras dichas por el mismo padre Hugo: “Sólo puedo ver el cielo desde este suelo argentino (textual)”.
La llegada
En la primavera de 1965, Salvato (ya misionero de los Pasionistas de San Marcos de la Cruz) llegó a Buenos Aires para luego depositarse como destino último en Villa María.
Tras pasar un breve período en el Instituto del Rosario, Salvato fue designado a la Iglesia Catedral. Más tarde sería enviado a la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, ubicada en barrio Florentino Ameghino (en 1968) y tuvo un breve paso por la localidad de Cruz Alta.
Aún persisten en la memoria las acciones solidarias que fluían desde su persona en barrio Ameghino y la tristeza que tuvieron al despedirlo (con un gran almuerzo incluido).
Por desencuentros dentro de la Congregación, él fue expulsado de la Diócesis. Y buscando sanar esta cuestión y recuperar el aval de sus compañeros de fe decidió viajar al convento de Génova en búsqueda de su congregación durante 1984, pero las cosas no cambiaron mucho ya que también le dieron una respuesta negativa.
La cosa no terminaría ahí ni lo alejaría de su creencia, afortunadamente. Tal revés generó que Salvato, a sus fondos propios los invirtiera y se ubicara en Villa Nueva, cumpliendo su gran sueño: “La comunidad joven para la gran comunidad”. Un terreno de tres hectáreas que supo ser un criadero de cerdos, pero que pasó a ser bautizado bajo el nombre de Quinta San Ignacio (aún ubicada al final de barrio San Antonio). Corría el año 1985.
Del otro lado del Ctalamochita fue el lugar donde floreció todo lo que él tenía pensado y que se fue sucediendo con el paso de los días.
Misas en las que, al final de cada una, se regalaban alimentos o golosinas que eran recolectadas por él mismo esa mañana.
Bien recuerdan mucho asistentes (que también oficiaban como monaguillos) las expediciones al Mercado de Abasto o a distintas panaderías que le cedían el pan y las facturas del día anterior.
También se mantiene en la retina de muchos la pileta de natación (ubicada a la vera del templo) que tenía como único requisito haber asistido a misa el día anterior o los regalos para todos los asistentes en Navidad; Reyes o en el Día del Niño con el Anfiteatro (ubicado frente al campanario) repleto.
La cola para ingresar en tales eventos solía ser larga, enorme. Se vivenciaba una sucesión de personas solicitando una ayuda cuando la crisis golpeaba (y fuerte) en la sociedad. Filas que solían superar los 500 metros.
La obra también tenía espacio para jugar al fútbol, vóley, básquet. Convivieron los boy scouts y hasta había una televisión para que aquellos que no tenían tal artefacto pudieran ver un poco de dibujos animados antes de ingresar al templo.
“Nunca me llevo un pan a la boca cuando veo a un niño con hambre”, dijo una vez. Así, con un castellano dificultoso y confeso hincha del Milan, el hombre impulsó casi 15 “centros” de solidaridad en distintos barrios. En los mismos se distribuían productos de panificación, verduras, frutas y hasta zapatillas.
La despedida
Afectado por la diabetes, y muy desmejorado, el padre Hugo finalmente pasaría a la eternidad el viernes 17 de marzo de 2006, dejando un rastro indeleble de solidaridad y amor al prójimo.
Sus restos están ubicados en el ingreso de la Comunidad Joven para la Gran Comunidad. En poco tiempo se cumplirán 15 años de su fallecimiento.
Todos los 17 de marzo (fecha de su fallecimiento), bajo la Ordenanza 2393/16, el Concejo Deliberante villanovense insta a que cada año se realice un evento solidario para evocar al querido padre, intentando continuar aquel legado solidario. En tanto, también hay una arteria con su nombre en el barrio San Antonio y una escuela en Villa María, en barrio Malvinas Argentinas.
