Como si el dolor hubiese ayudado a moldear una identidad indestructible

La tremenda inundación de 1891

Sin dudas, una de las páginas más dolorosas de la historia de la ciudad tiene que ver con el río. Los comienzos de la década del 80 estuvieron signados por el agua y las epidemias
jueves, 7 de octubre de 2021 · 07:30

Las cuatro crecidas del mes de diciembre de 1881 atraviesan el contexto villanovense en todas las dimensiones. 

Porque sucedieron a la epidemia de viruela del mismo año y antecedieron a la de difteria de 1882.

Con respecto a las causas de las crecidas y el impacto destructor del agua, se expresa en las sesiones del Concejo de entonces que se observa “…desde muchos años atrás…” el aumento en el “embanque” de arena (los bancos de arena) creyéndose que esto tenga que ver con el dique Carcarañá en la provincia de Santa Fe.

Macario Casas expresó que las vizcacheras fueron motivo e insiste con proteger el terraplén de contención  de la acción de estos roedores.

En enero de 1892 se creó una Comisión de Albañiles para realizar un informe sobre el estado de las construcciones o edificios para que sean demolidos los que significaran riesgos.

La reparación del dique local llevaría tres meses, según los cálculos inmediatos. Esta obra de contención (el dique o terraplén) fue la defensa que tuvo Villa Nueva contra las inundaciones. Se trataba de un parapeto de altura variable que se construyó después de la inundación de 1878 y se extendía desde la actual bajada del puente Vélez Sarsfield, en el barrio Prado Español, hasta El Vallecito en el sur de la ciudad.

Este sistema defensivo que requería de un mantenimiento existió hasta la década de 1960 y, en su tramo sur, hacia 1990 todavía se podía observar el montículo.

En tanto, las viviendas más perjudicadas se ubicaron sobre las calles Artes (actual Mitre), Tucumán, Buenos Aires, La Rioja, bulevar Sud (actual Argentino), Lima, San Martín y otras calles sin especificar.

Como resultado del informe, 30 viviendas fueron demolidas.

La comisión de albañiles estuvo integrada por Pablo Raffols, Apolinario Heredia, Juan Battanta y José Lomazzi, acompañados por el comisario de obras públicas Perfecto Rodríguez.

Paralelamente se intentó la reparación parcial del dique con una cuadrilla de 10 peones del municipio. Se autorizó a comprar la tierra para los arreglos a los propietarios en las inmediaciones del dique.

Desde el Concejo se autorizó, además, al intendente Ignacio Carballo a solicitar ayuda al Gobierno provincial, a los centros de asociaciones caritativas ante la destrucción del pueblo.

Carballo argumentó que es inútil cursar notas nuevamente, ya que nada obtuvo como respuesta; solo desde la ciudad de Rosario, desde la Comisión de Socorros para inundados hubo solidaridad.

Pero la ayuda llegó rápidamente de la Comisión de Damas de Beneficencia local encabezada por Cenovia Sandes de Casas, quien se dispuso a construir habitaciones para los damnificados.

 

Una carta

A través de una nueva carta arrojada por el intendente Carballo como quien tira una botella al mar, se solicitó al Gobierno provincial dos bombas en calidad de préstamo para desaguar pozos y sitios con aguas estancadas y en estado de descomposición, lo que amenazaba a la salud pública.

También se solicitó la exoneración del pago de patentes, la contribución municipal, ya que el 50% de esas sumas sería destinado a la reparación del pueblo y las defensas hídricas.

El Gobierno provincial destinó entonces 500 pesos para la reconstrucción del dique y destinó al ingeniero Caraffa para la planificación de la limpieza y reparación de las ocho aberturas del terraplén, además de la elevación de un metro más de altura.

En enero de 1893, Macario Casas expresaba: “…no se ve ninguna esperanza de conseguir recursos en un municipio azotado ayer por la inundación… que como consecuencia ha traído la despoblación y paralización casi completa de las fuentes de producción…”.

Con todo, la Villa se sobrepuso una y otra vez.

Fue como si el dolor hubiese ayudado a moldear una identidad indestructible.

 

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