El ejemplo de humildad del padre Pepe Luque, en la voz de sus fieles

“Tenía diez en el bolsillo y te daba quince; no sé cómo lo hacía...”

Cristina conoció al sacerdote que dejó su huella en Villa Nueva, Villa María, Embalse... apenas salido del seminario. Y lo trató en diferentes etapas de su vida. Lo sitúa junto a Hugo Salvato entre los sacerdotes que actúan “como Dios manda”

“Mi tía ‘Quina’ trabajaba en el Obispado en la época en que funcionaba en la esquina de Mitre y Corrientes, donde hoy se encuentra el Concejo Deliberante. Recuerdo cuando llegó del seminario... morocho, flaquito... ‘Gauchito’, le decía. El venía a ver a monseñor Alberto Deane,  un pasionista, nombrado por Pío XII a finales de los 50, quien lo terminó enviando años después a Villa Nueva. Hasta que lo atendía el obispo, jugábamos a las escondidas en las galerías, después compartíamos la misa diaria en la capillita que había en la casona y nosotras regresábamos a nuestro hogar”. Quien habla con emoción es Cristina Juan.

En una de las mesas de su bar, ubicado en la esquina de Sarmiento y 25 de Mayo, confesó ayer que la tristeza por la noticia de la muerte de su “Gauchito”, le impidió concurrir a las exequias. “Lo tengo vivo en el corazón y en tantas enseñanzas”, dijo del sacerdote que también celebró el sacramento de su casamiento.

 

Ecuménico

Entre esas enseñanzas citó una relacionada con la visión ecuménica del padre Pepe Luque: “Yo tenía una formación católica muy estricta, que me impedía mirar con buenos ojos a los evangélicos, y él me hizo ver que las biblias de unos y otros tenían tantos puntos en común, eran similares...”, expresó.

“Y a partir de ello me abrí de mente y de corazón; fui a retiros en El Yuyal, compartí mi fe con los evangélicos”, añadió.

En otro pasaje de su charla con el periodista de este medio, la mujer dijo que, “como el padre Hugo, Pepe tenía una llegada especial a la gente”. Y recordó enseguida que “andaba con unos zapatos gastados, anchos, que parecían una empanada, porque a los que estaban más nuevos los había regalado”.

En el mismo sentido, comentó que “tenía diez en el bolsillo y te daba quince; no sé cómo lo hacía, pero se las arreglaba. Hubo un tiempo en el que no usaba sotana sino pantalones y para los humildes en sus bolsillos se multiplicaban los panes”.

 

El vino y la amistad

“Era una persona distinta. Hasta tenía un olor particular. Ni más rico ni más feo que el olor de los demás. Era su olor. Se sabía cuando Pepe estaba cerca... En algún momento lo juzgaron mal, porque le gustaba tomarse un vinito”, expresó Cristina refiriéndose al hombre que llevó gente como nunca antes a la iglesia Nuestra Señora del Rosario, a partir de su Festival del Vino y la Amistad, como lo haría años después en Embalse.

Finalmente, de los recuerdos iluminados por el ejemplo de Pepe, surge una suerte de caricia: “Si uno le observaba las manos al padre Pepe, podía entender lo que estaba diciendo así no lo escuchara. Gesticulaba de una manera especial, acompañando cada palabra. Y cuando esas manos se apoyaban en tu hombro, te sentías más firme, más a gusto con Dios y con la vida”.

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