Aniversario Villa Nueva
El cura que no jugaba al truco
La figura del padre Hugo Salvato se afianza cada año como un emblema solidario. Como en una remembranza, todavía parece oírse su voz con acento italiano afirmando: “No, socio, en el truco se miente”Para ir al otro día a la pileta era necesario asistir a misa el día anterior. No había excusa, no había otro requisito, no había forma de poder refrescarse en el verano sin hacer lo que se debe hacer.
Con esa premisa bien marcada, el ingreso de la “Comunidad Joven para la Gran Comunidad” en barrio San Antonio, solía ver durante la siesta de los veranos el ingreso de decenas de niños con su toallón en el hombro para refrescarse.
Aún persiste en la memoria la imagen de los dos hermanos con las toallas cuadradas cruzando la enorme puerta de entrada que da a calle Tierra del Fuego. Pero de ninguna manera esto era risible. Esto no es algo pintoresco. A pesar de la comedia o el tinte grotesco que pueda tener, se trataba de dos hermanos muy conocidos en la misma barriada.
Ellos, hijos de una familia trabajadora, no tenían dinero para comprar dos toallones playeros. La idea perfecta, o tal vez la estrategia formada para que los dos puedan tener aquello tan necesario fue cortar al medio un toallón playero grande y multiplicarlo.
Allí iban los pequeños. A la vera de la pileta (aquel estanque enorme que durante varias horas poseía las risas de los niños), había divertimentos para quienes no estaban en el agua. Juegos de mesa conseguidos por el padre Hugo Salvato. Algunos con faltantes, otros rotos, pero juegos al fin. También, a mano derecha de la entrada donde hoy están los restos del italiano, estaban las hamacas, el subibaja y algún tobogán. También estaba Lassie, el perro collie que compartió terreno alguna vez con los dálmatas que custodiaban la enorme zona parquizada de la quinta.
En el medio de toda esa escena, y como completando la postal. Tras hablar un poco de como el Milan (club del que era simpatizante el cura) perdió la final de la intercontinental con Boca en 2000. Un joven de malla, y con sus cabellos aún húmedos, osó a invitar al padre a jugar una partida de truco. Aquel conocido juego argentino en donde los “quieros” y los versos se entremezclan y vuelan por el aire.
“No juego al truco, socio. En el truco se miente”, redondeó el eclesiástico con una seriedad que apartaba toda posibilidad de que lo dicho fuera un chiste.
Era cuestión de principios. Sin duda.
Durante las tardes, Paolo Salvato ponía a disposición su quinta para que todos los interesados puedan compartir y ver el atardecer repletos de sol.
El resultado estaba cantado
En otra oportunidad, había nacido la idea de formar un equipo de fútbol representativo de la Iglesia San Ignacio para una competencia futbolística.
Así, en el fondo, atrás de la vivienda de Salvato, dirigidos por uno más grande, los pequeños entrenaban y corrían detrás del cuero; alguno aprovechó para invitar a su noviecita para que contemple sus dotes deportivos.
Pero el césped no estaba en las mejores condiciones. La pelota se frenaba, el sol pegaba fuerte y el técnico aparecido para la ocasión se sacaba su gorra de vez en cuando para quitarse el sudor con el revés del brazo.
Los niños, la diferencia de edad, los roces, los reproches y la competencia misma -que poco tuvo de entrenamiento- fueron generando un vértigo que terminó a algunos con bronca y, obviamente, los insultos o “las malas palabras” empezaron a ir y volver de boca en boca.
El resultado estaba cantado: todos afuera, suspendido el encuentro y el equipo que jamás debutó.
Sí. Era cuestión de principios, y el hombre de corazón de pan, como dijo alguna vez Rubén Rüedi, lo tenía bien en claro.
