Durante la pandemia
Se duplicaron la depresión y la ansiedad de los niños y jóvenes
Tristeza, angustia, enojo y problemas de sueño son algunos de los síntomas a largo plazo más consultados por expertos a nivel mundial respecto del impacto que produjeron el encierro y las restricciones en los más chicos?Desde que el 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) comunicó que oficialmente el mundo había entrado en pandemia, producto de la aparición del nuevo coronavirus SARS-CoV-2 que genera la enfermedad COVID-19, todo cambió.
Las medidas de aislamiento, las restricciones de desplazamientos y viajes, la incertidumbre por el futuro en los ámbitos laborales y académicos pegaron fuerte en la población, que en su gran mayoría vio afectada su salud mental. Y si hay una población más vulnerable a estos repentinos cambios, sin duda debemos referirnos a los niños y adolescentes, que casi de un día para el otro vieron interrumpido el contacto con sus seres queridos, vieron cortados los vínculos con sus educadores y compañeros de estudio. En muchos casos no entendían por qué debían conformarse con verlos mediante una pantalla con conexión a Internet. Y en muchos otros casos ni siquiera hubo esa posibilidad.
Así, atravesamos más de un año con la interrupción de los vínculos físicos con nuestros seres más queridos y allegados, se perdieron la autonomía y los espacios de socialización. La incertidumbre sobre el avance de la enfermedad y sobre las afectaciones que causaría a las personas más cercanas todavía es difícil de dimensionar. Y en general, se observó y todavía observa que las respuestas emocionales de los niños y adolescentes fueron temor, ansiedad e irritabilidad.
“Las imágenes de un suceso traumático como es la pandemia y el confinamiento podrían integrarse de una forma caótica y desestructurada en la memoria emocional de las personas. De modo que podrían aparecer pensamientos repetitivos indeseados, pesadillas y alteraciones de la memoria o surgir recuerdos parciales con una gran intensidad emocional”, explicó la doctora Fernanda Bellusci, consultora honoraria en Adolescencia Departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas de Buenos Aires.
Y agregó: “Desde el momento de la concepción misma comienza la formación del aparato psíquico y durante toda la infancia y la adolescencia continúa hasta la adultez, la cual seguimos desarrollando pero de diferente manera. Durante este periodo crítico de la vida comenzamos a formar recursos emocionales que son nutridos por el ambiente familiar, y el social dentro del que se encuentran la escuela, los amigos y la sociedad en general. La catastrófica situación epidemiológica se abordó con una mirada biologicista, por lo cual lo psicológico quedó en un segundo plano, cuando el individuo es un ser indivisible constituido por aspectos biológicos, psicológicos, espirituales y sociales”, sostiene Bellusci.
¿Cómo afecta a largo plazo?
Según precisa Bellusci, la memoria es la capacidad de fijar, conservar y evocar las vivencias. Los recuerdos no constituyen una reconstrucción, sino una representación del pasado. Los recuerdos están influidos por las emociones y los sentimientos de la persona que los evoca. La memoria y la capacidad de memorizar es muy personal, muy frecuentemente es frágil y la codificación de la información de lo que se vive no es casi nunca como si reprodujéramos una filmación. La importancia de la memoria radica en que nos permite relacionar el presente con el pasado y proyectar hacia el futuro nuestros pensamientos e ideas.
“Lo lúdico es una de las herramientas más importantes que se pueden utilizar para ayudar a los niños y adolescentes para procesar lo vivido y reprocesar. De modo tal que en la organización de la memoria sea un recuerdo con menor tensión traumática. Ayuda a desarrollar mejores estrategias de regulación emocional, la resiliencia y el crecimiento postraumático para afrontar los recuerdos traumáticos. Por otro lado, a través del juego se aprende y desde la casa se puede complementar, de alguna manera, la ausencia a la presencialidad escolar”, indicó la experta.
Respecto a las consultas que recibió en este año y medio que lleva la pandemia, la doctora Bellusci cuenta que en lo particular, sigue llamando la atención la tristeza del relato de lo vivido por los pacientes más grandes. “La tristeza de lo perdido en relación a las experiencias presenciales con los amigos.
Y ni que hablar de aquellos que vivieron pérdidas directas de familiares por el COVID-19 o por otra patología que no pudo ser atendida por la imposibilidad de acercarse a un centro de salud. También la incertidumbre frente al futuro ya que no se sabe cómo sigue esto. A los niños determinadas certezas les permiten sostenerse para proyectarse. Los pacientes más chicos han adquirido hábitos de higienizarse las manos con alcohol con tanta naturalidad que lo toman directamente del escritorio en el consultorio, esto jamás pasó. Esa será una secuela positiva”. Desde una mirada global, la pandemia de COVID-19 duplicó las tasas internacionales de trastornos psicológicos en niños y adolescentes, según los resultados de un metanálisis publicado por varios expertos hace pocos días. En el primer año de la pandemia, se estima que uno de cada cuatro jóvenes en varias regiones del mundo experimentó síntomas de depresión clínicamente elevados, mientras que uno de cada cinco experimentó síntomas de ansiedad clínicamente elevados. Estas estimaciones combinadas, que aumentaron con el tiempo, son estimaciones prepandémicas dobles, según explica la doctora Nicole Racine, psicóloga clínica de la Universidad de Calgary. Su metanálisis de 29 estudios, que incluyó a 80.879 jóvenes en todo el mundo de 18 años o menos, encontró estimaciones de prevalencia agrupadas de depresión y ansiedad juvenil clínicamente elevadas del 25,2% y 20,5%, respectivamente.
“La prevalencia de síntomas de depresión y ansiedad durante el COVID-19 se ha duplicado, en comparación con las estimaciones de la pandemia, y los análisis de moderadores revelaron que las tasas de prevalencia fueron más altas cuando se recopilaron más tarde en la pandemia, en adolescentes mayores y en niñas”, escriben los investigadores en la revista especializada JAMA Pediatrics. Las estimaciones prepandémicas de ansiedad generalizada clínicamente significativa y síntomas depresivos en grandes cohortes de jóvenes fueron de aproximadamente 11,6% y 12,9%, respectivamente, dicen los autores. Los aumentos revelados en estos hallazgos internacionales tienen implicaciones para la planificación de recursos de salud mental específicos.
“Una dificultad en la literatura es que existen grandes discrepancias en la prevalencia de depresión y ansiedad infantil durante la pandemia de COVID-19, con tasas publicadas entre 2% y 68%”, agregó la coautora Sheri Madigan, del Departamento de Psicología de la Universidad de Calgary. “Al realizar una síntesis de los 29 estudios en más de 80.000 niños, pudimos determinar que en promedio a través de estos estudios, el 25% de los jóvenes experimenta depresión y el 20% experimenta ansiedad durante la pandemia de COVID-19”, concluyó.
Para encuadrar los trastornos de la pandemia en números, un estudio reciente de Unicef en Argentina reveló el grado de trastorno psicológico que está dejando más de un año de pandemia en niños y adolescentes. Los hallazgos y aprendizajes producidos a lo largo las tres mediciones realizadas entre agosto de 2020 y febrero de 2021 interpelan a distintos actores de la sociedad -organismos públicos, organizaciones comunitarias, medios de comunicación, y también las familias- a realizar acciones concretas para atender el cuidado psicoemocional de chicas y chicos en un contexto tan excepcional.
