159 años de Villa María - La historia de un sector de Villa María que creció alrededor de las vías
La Calera, entre el ruido del tren y los recuerdos de un barrio que creció
Pedro vive hace 33 años en el barrio y Paola llegó hace 12. Ambos construyeron allí sus vidas y aprendieron a convivir con el paso del ferrocarril. Él habla de las vibraciones y las rajaduras en las paredes, pero sin darle tanta entidad, sin hacer juicio negativo; ella extraña el tren de pasajerosCuando Pedro Martínez llegó a La Calera, hace 33 años, el barrio era apenas una parte de lo que es hoy. “Vine cuando era el 10% de lo que es el barrio hoy”, cuenta. Fueron de los primeros habitantes de su manzana: “Éramos los terceros o cuartos”. Con el paso de las décadas, las casas fueron ocupando los espacios que antes estaban vacíos y el barrio creció hasta convertirse en el lugar que hoy conoce.
Pedro tiene 64 años, vive allí con su esposa y en esa casa propia construyó buena parte de su historia familiar. Sus hijos ya dejaron el hogar y cada uno siguió su camino. Él, que trabajó durante años repartiendo materiales de construcción y actualmente está jubilado, asegura que le cuesta adaptarse a la Villa María actual.
“Es muy distinta, ya no está la tranquilidad de antes”, dice. En ese cambio también aparece el tránsito. Durante tres décadas se movió por las calles de la ciudad por su trabajo y reconoce que hoy no sabe si se adaptaría a ese ritmo. “Me moví 30 años en la calle, repartiendo; y hoy, si tuviera que hacerlo, no sé si me adaptaría”, señala.
Pero si hay algo que forma parte de la vida cotidiana de La Calera es el ferrocarril.
El barrio está delimitado por las vías del ferrocarril, el bulevar Vélez Sarsfield y los campos. El tren forma parte del paisaje y también de los sonidos cotidianos de sus vecinos. Pedro cuenta que actualmente pasa entre tres y cuatro veces por día. Es un tren carguero, aunque durante un tiempo también circuló por allí el servicio de pasajeros, que dejó de hacerlo, para mal de muchos habitantes que no tienen medios económicos para salir de la ciudad en otros transportes.
“Me acostumbré, mueve toda la casa, pero es lo que tenemos”, resume.
Para Pedro, el paso del tren no representa un impedimento para vivir en el barrio. Sin embargo, sí hay una consecuencia que permanece presente en su casa: las rajaduras en las paredes. “No incide en mí el paso del tren. Pero vivimos pendientes de las partiduras en la pared, efecto del tren”, cuenta, sin dramatizar.
La convivencia con las vías también aparece como una cuestión de adaptación. “Compramos esto porque es lo que había y ahora hay que adaptarse”, sostiene.
Pedro no plantea el retiro del ferrocarril como una solución. “No voy a festejar si se va el tren”, afirma. Pero sí lamenta la desaparición del servicio de pasajeros, especialmente por lo que significaba para quienes necesitaban trasladarse por la ciudad y la región.
“Lo del tren de pasajeros que no pase más me da lástima, porque mucha gente se movía con el tren”, dice.
Paola Ruiz llegó a La Calera hace 12 años. Tiene 46, nació en Villa María y antes de instalarse allí vivió en Villa Nueva. Es ama de casa y tiene seis hijos, de entre 17 y 29 años. Ninguno vive actualmente en el barrio: cada uno formó su propia familia.
A diferencia de Pedro, Paola recuerda que cuando eligió el lugar donde vivir el tren no fue lo primero que tuvo en cuenta. Lo que le llamó la atención fue otra de las características particulares de La Calera: la presencia del cementerio municipal La Piedad, el único camposanto de la ciudad.
“Cuando vine no pensé en el tren, sino en que iba a vivir al lado del cementerio. Al comienzo tuve escalofríos, pero después te acostumbrás”, cuenta.
Con el tren ocurrió algo parecido.
Hoy asegura que el barrio es tranquilo, aunque también reconoce que es ruidoso. “No me molesta para nada”, dice. Incluso califica su vida allí con un “20 en vez de un 10”.
Pero entre los sonidos que forman parte de esa cotidianeidad hay uno que ya no está. Paola también extraña al tren de pasajeros. “Cada tanto andaba, pero desde hace un año y algo no pasa más. Se extraña”, cuenta.
La Calera tiene cerca de 1.100 habitantes en el padrón para elegir autoridades vecinales, a los que se suman los niños, con una población que alcanza aproximadamente las 1.600 personas. Sus vecinos eligen autoridades del centro vecinal y el barrio cuenta, además, con un centro de promoción familiar - jardín maternal, una escuela primaria, comedor y merendero comunitario y un playón deportivo.
Es un sector que fue creciendo con el paso de los años y que hoy tiene una identidad propia, marcada también por sus límites geográficos: las vías, el bulevar Vélez Sarsfield y los campos.
Pedro conserva los vínculos con aquella primera etapa. “Conozco a toda la gente de antes del barrio, pero no a la gente nueva”, cuenta.
Entre quienes llegaron cuando todavía había mucho por construir y quienes se incorporaron después, el tren sigue atravesando la vida cotidiana de La Calera. Para algunos, es parte de una rutina que ya se volvió costumbre; para otros, también es el recuerdo de un servicio de pasajeros que dejó de pasar y que todavía se extraña.
Y mientras las formaciones cargueras continúan atravesando el barrio varias veces al día, sus vecinos siguen adaptándose a una presencia que, desde hace décadas, forma parte inseparable del paisaje de La Calera.
Pedro Martínez vive frente a las vías desde hace más de tres décadas. “No voy a festejar” si la traza del ferrocarril cambia de lugar, dijo.
Paola Ruiz, en la puerta de su casa, contó que en lo primero que pensó cuando llegó al barrio es en el cementerio, no en los ruidos del tren.
