159 años de Villa María
El tren que nos parió
De Juan Manuel Orbea
El tren avanza hacia Villa María y ella mira por la ventanilla. Lleva una mochila roja, la campera que le queda grande y una mano apoyada sobre el vientre. Cada tanto mira el celular roto. Todavía falta, calcula. Si el dolor no aumenta, llegará a las sierras antes de que nazca la criatura. Eso espera. Eso necesita. Cuando era niña estuvo allí una vez, entre árboles y piedras, y todavía recuerda el agua fría y el olor de la tierra después de la lluvia.
El paisaje empieza a cambiar, frontera entre el campo y la urbanidad. Aparecen quintas, hileras de verduras, pequeños galpones. Ella sigue con la mirada los surcos de tierra y ve a un hombre agachado entre las plantas. El silbato del tren lo hace levantar la cabeza.
(Él tiene la piel tostada, casi de bronce. Su madre llegó del norte en uno de esos trenes, con una criatura de la mano y una pequeña imagen de la Pachamama envuelta en un pañuelo. Su familia le dijo que antes de vivir en Salta, brotaron en estas tierras, de sangre comechingona. No sabe cuánto hay de cierto, pero cada vez que escucha el tren imagina a su madre bajando en una estación desconocida, buscando dónde empezar. Después ella se quedó. Plantó, sembró, aprendió la tierra. Él también. De ida y vuelta al origen.)
Ella respira profundo. La molestia aparece otra vez, adentro, insistente. Se acomoda y apoya las dos manos sobre el vientre. La criatura se mueve. Ya pasaron Las Playas, y ahora se ven las primeras casas del Santa Ana junto a las vías. En una terraza ve a una mujer alta que acaba de salir con una silla. La pasajera la mira mientras el tren se acerca.
(La mujer tiene sangre italiana, piamontesa. En su casa cuentan historias de una familia que llegó en tren, cuando Villa María todavía tenía más campo que calles. Cada vez que escucha el silbato sube a la terraza. Mira pasar los vagones y llora. Nadie sabe si llora por los que llegaron o por los que quedaron lejos. Incluso, le han dicho, que ella fue el modelo de la mujer del Monumento a la Madre de los Inmigrantes del barrio ¿será verdad?)
La terraza desaparece. Ella siente otra contracción y se lleva una mano a la cintura. Piensa en las sierras. Después piensa en él. No quiere hacerlo, pero piensa en una puerta que se cierra, unos pasos detrás de ella, una voz demasiado cerca, ese olor agrio, a amenazante transpiración. Y piensa en las veces que aprendió a quedarse quieta para que todo terminara rápido. O en la última noche, cuando tomó la valija y salió sin mirar atrás.
Mira el paisaje nuevamente por la ventanilla. Ya falta menos, piensa, ya falta menos, anhela. En San Luis e Yrigoyen, la barrera está baja y un hombre frena su chata. Tiene el gesto de quien llega tarde. Mira el reloj y bufa como tantas otras veces.
(Le dicen el Vasco. Tiene un apellido que llegó desde Europa mucho antes que él. Todas las mañanas el tren le corta el paso. Reniega, espera y vuelve a mirar el reloj. Pero cuando los vagones comienzan a pasar, algo cambia. Oye el ruido de las ruedas sobre los rieles que ha oído toda la vida. Por un instante cierra los ojos. El tren que tantas veces puté termina arrullándolo, y se duerme. Como siempre la bocina lo despierta, y cruza las vías.)
Ella escucha ese ruido desde el vagón. Le parece casi una canción de cuna. La criatura se mueve, y dice: “¡Aaay!”. Llega otra contracción, muy fuerte. La Estación está cerca. Buenos Aires. La Corrientes. El andén. Siente calor entre las piernas. Y se rompe la bolsa.
La pareja de ancianos que viaja a su lado se levanta enseguida. El hombre toma su valija. La mujer le sostiene el brazo. Se da cuenta al ver el líquido cayendo entre sus piernas. Ella quiere decir que puede sola, pero otra contracción le quita las palabras.
(ELLOS son sirio-libaneses. Regresan de Buenos Aires con regalos para sus nietos. Sus padres llegaron desde lejos y ellos nacieron aquí. La mujer mira a la joven y entiende antes de que ella pueda explicar.)
-Respirá, hija. Tranquila, que ya llegamos.
Ella levanta los ojos. Hija. La palabra le queda en el pecho, quemando y helando a la vez.
Baja del tren ayudada por los dos ancianos. Alguien llama a una ambulancia. El tren espera unos minutos y después suena el silbato. Ella gira la cabeza. Los vagones comienzan a moverse. Por un instante siente que el tren se lleva su viaje, sus sierras, su plan. Pero ya no puede pensar demasiado. Se queda con la mano de la anciana entre las suyas mientras el último vagón desaparece. El tren continúa viaje e historias.
(Pasa junto al Molino Fénix y encuentra a unos chicos jugando cerca de las vías. Son descendientes de familias eslavas, aunque ellos no lo saben. Para ellos son simplemente chicos de Villa María. Ponen pequeñas cañitas junto a las vías y esperan la explosión cuando pasa el tren. Corren, gritan y vuelven a empezar. No quieren irse a ningún lado.)
La ambulancia todavía no llega. Escucha a los chicos, o cree escucharlos, como eco que llega con el viento; o quizás es su retoño gritando antes de salir. El dolor vuelve. Y aunque ella no tiene idea de eso mientras comienza a parir, cerca del cementerio, el tren pasa frente a un hombre encorvado y paso cansino que espera con una flor en la mano.
(De origen español. Tiene un almacén en el Almirante Brown, desde hace tantos años que algunos vecinos dicen que nació detrás del mostrador (fue de su padre y ahora de él). Tras pasar el tren, camina hasta las vías y deja una flor para su hijo, que murió por desamor en esas vías. No habla. Mira los vagones y deja que el ruido diga lo que él ya no puede.)
La flor queda atrás. En la Estación, la anciana le acomoda el pelo. Ella ya no piensa en las sierras. Solo quiere respirar. Afuera, Villa María sigue con su ruido de siempre: autos, motos, sirenas, voces, charlas, puertas, la vida, Y, a lo lejos, el tren cada vez más chiquito.
Ella, habitante de una villa del conurbano bonaerense, había subido en Retiro para escapar de su vida, una pesadilla. El tren, sin saberlo, la trajo, por azar o destino. Y ella se quedará en Villa María, con su hija, en una ciudad que nació junto a las vías y que vuelve a hacer lo que hizo siempre: recibir a quien llega, y ahora, a otra hija del riel y el tren que nos parió.
