159 años de Villa María
“El tren es la nostalgia viva de Villa María”
“El tren es la nostalgia viva de Villa María y de todos los pueblos y ciudades que atraviesa. Es la vida del interior y parte de nuestra historia”. Con esa convicción tajante, Miguel Walter Zamora (foto) sintetiza lo que significa convivir, desde hace más de seis décadas, cara a cara con el trazado ferroviario que divide y a la vez une el corazón de la ciudad
A sus 66 años, este vecino del barrio Rivadavia lleva prácticamente toda su existencia afincado sobre la calle que linda con el tendido de vías. Tenía apenas 4 años cuando su padre logró comprar la vivienda familiar, una construcción centenaria que se ha transformado en testigo mudo de las transformaciones locales. Tornero y técnico electromecánico egresado de la histórica Escuela del Trabajo, Zamora desarrolló su carrera en la industria local, con pasos por firmas emblemáticas como Depaoli (fábrica de acoplados) y la rectificadora de Grasso (ambas desaparecidas ya), pero su pulso cotidiano estuvo siempre marcado por el andar de los vagones.
Muro de hierro, silencio aprendido
Para quien visita el lugar, el rugir del motor, los silbatos y la vibración del suelo resultan invasivos. Sin embargo, para quienes habitan la franja ferroviaria, la percepción es completamente distinta.
“Siempre me dice la gente que viene a visitarme a mi casa: ‘¿Cómo hacés para dormir con el tren?’ Y yo a todos les contesto lo mismo: no lo escucho. Me pueden tocar bocina al frente de mi casa y no lo escucho, no me molesta, porque ya es parte de uno y del barrio”, relata Miguel. La naturalización del sonido es tal que interrumpe la sorpresa de los extraños: “A lo mejor estás conversando adentro con tu familia, pasa el tren y ni cuenta te das, mientras que el visitante se queda callado por el ruido de fondo”.
Esa convivencia no solo amansó el oído, sino que puso a prueba la propia arquitectura de la zona. “Mi casa tiene cien años y creo que fue hecha para el ferrocarril. Mira que tiembla, eh; tiembla toda la estructura. Pero yo te invitaría a entrar para que veas si hay una pared rajada: no hay ni una sola pared rajada”, asegura con orgullo.
Marcas del tiempo y la memoria
El paso del tiempo en el vecindario dejó anécdotas felices, dinámicas comunitarias y también momentos trágicos que marcaron a fuego a la comunidad. Entre las postales de la infancia, Zamora rescata los juegos en el terraplén y la expectativa que generaba la velocidad de las formaciones: “La imagen de chico, de cuando uno tenía 6 o 7 años, era ver pasar el tren de pasajeros, que en aquellos años pasaba rápido, a unos 80 kilómetros por hora, e iba frenando porque paraba en la estación del centro. Era todo un acontecimiento”.
La imagen era entonces los trenes de pasajeros y no estos vagones de carga que se desconocen muchas veces lo que transportan.
De la infancia, cuando algunos hilos de alambre, liso y de púas, guardaban el perímetro de las vías, “buena parte de pulóveres quedaron enganchadas ahí”, porque en esos escasos metros y aprovechando también yuyos y ramas, armaban “chozas” y jugaban “a los cowboys”. “Era nuestro propio lejano Oeste en pleno barrio Rivadavia”, ríe y comparte Miguel, que además recuerda cuando se jugaba mucho a la pelota en las calles, con los hermanos Ballas y otros tantos.
Sin embargo, el peligro inherente a la convivencia con la mole metálica también dejó huellas dolorosas. “Hubo accidentes. La gente por ahí está muy apurada, bajan las barreras del paso a nivel y pasan lo mismo”, evoca. Y rememora un hecho en particular que conmovió a todos: “Un chico que jugaba arriba del tren, el tren se mueve, se cae a la vía y al querer salir gateando el tren le cortó las dos piernas… Para nosotros fue una tragedia, el único accidente grave que yo tenga memoria. De alguna manera el vecino se prepara para convivir con eso, pero es algo que a uno le queda marcado para siempre”.
De la vereda a la cabina
El vínculo con las vías no solo moldeó la infancia de las calles del barrio, sino que impulsó destinos y vocaciones. Al hablar de aquellos años de juegos junto a los rieles, la emoción de Miguel se vuelve tangible al recordar a su gran amigo de la vida, José “el Loco” Mirotti: “De chicos mirábamos pasar el tren y él terminó siendo maquinista. Te cuento esto y me emociono... Mi amigo me hacía ver lo que era el tren desde adentro, el verdadero sentimiento del ferroviario”.
Esa pertenencia se replica en la cuadra, donde la figura del trabajador sobre rieles resulta moneda corriente: “Acá al lado tengo otro vecino que también es maquinista jubilado. Es parte de nuestra historia”.
La historia viva de la ciudad
Miguel cruza la calle, cansino, y se sienta en el banco al costado de las vías. A la pregunta por proyectos que alguna vez han propuesto retirar el tendido ferroviario del área urbana, su visión combina el pragmatismo técnico con el apego al patrimonio identitario.
“Para empezar, me parece que no lo pueden hacer por una cuestión de infraestructura. Te aseguraría en un 100% que no es viable”, reflexiona. Pero más allá de las razones técnicas o económicas, el vecino pone el acento en el valor intangible que perdería el entramado social: “La ciudad se quedaría sin la historia viva de Villa María. Ojalá algún día se reactive como se debería reactivar, porque más allá de todo, el tren es la vida de los pueblos del interior”.
