159 años de Villa María
El tren de Las Playas
Escribe: Ernesto Fernández Núñez
Son varios los “íconos” que representaron a la sociedad villamariense de una época. Aquel tren que iba y venía diariamente era uno de ellos. Las viejas playas de gravitación, que conformaban uno de los polos ferroviarios más importantes del país, fueron el escenario de miles de historias que formaron parte de nuestra vida cotidiana... en el tren que los llevaba. El tren que una vez desapareció. Y por qué el tren pasó de este lado del río...
?Una fina escarcha como una pincelada blanca desteñida cubre el verde de la plaza, abre espejos en los charcos de agua, lastima las grietas de los bancos de madera, se apura para dejar grabada en la retina de los noctámbulos su inocente transparencia, que será ultrajada por el primer rayo de luz de su amante rey sol, imponiendo su dominio y transformándola en agua, primero, y luego en vapor, para repetir la cita hasta el cansancio.
En la línea que separa la noche del día, Juan Lescano, con su bicicleta negra inglesa, regalo de la empresa, como lo hace desde hace 30 años, se dirige a la estación del ferrocarril.
Envuelto en una manta gruesa, deja ver los botones de su orgulloso y gastado uniforme que sobresalen de su manga y su pantalón apretado en el abdomen, denuncia un talle que ha quedado corto por bebidas largas y espirituosas. Una gorra gris con visera ajada deja entrever un pelo grueso ceniciento que enmarca una cara de piel oscura y redonda tallada en alguna toldería por un bisabuelo soldado que cruzó su sangre con una india pampa, “hija de un cacique”, solía decir.
Su mirada, como todas las madrugadas, se detiene sobre las imágenes nocturnas de la plaza que mezclan la luz de los pálidos globos que sostienen las frías columnas blancas de granito, con el opaco brillo de pequeños cercos de hierro semicirculares de los canteros, que, desde la fundación, resisten el paso del tiempo y, más allá, los charcos congelados que reflejan estrellas y cometas y anticipan el deseo de una nueva era glacial que congele el mundo.
Lescano solía decir que a esa plaza solo de noche la encontraba, de día se transformaba en el paso común de personas que se dirigían a realizar trámites municipales; también aseveraba que el tren que salía a las 6.43 de la madrugada, llevando a los operarios del ferrocarril hasta las playas de maniobras y cuya estación se encontraba frente a esa plaza, algún día volvería.
No era loco Lescano, no se conformaba con explicaciones simples. Pronto a jubilarse, mantenía intacta su responsabilidad del trabajo que realizaba.
A las 5 de la mañana la pava de agua silbaba como un tren lista para el mate, invento casero que funcionaba como el primer despertador y que a su vez ponía en marcha el coro de pájaros de las variadas jaulas que tenía adentro de su dormitorio. Casi simultáneamente sonaba el teléfono y la tía Hilda, que había perdido el sueño cuando su hijo se casó, confirmaba que estaba despierto.
Lescano había quedado como el único testigo cercano del misterio que acompañaba a la ciudad desde la desaparición del Tren de las Playas.
La máquina de ese tren, una locomotora Vulcan Foundry Clase 12H, era osada y orgullosa, todos los días desde temprano su perfil taurino se dibujaba en la noche parada en la estación, como quien tiene vida y arremete pese a las dudas, echando por sus fauces un aliento caliente y dominante que marcaba su territorio y seducía a esa plaza que tenía enfrente, que le hablaba de todo lo que perdía por viajar tanto.
Dos vagones de madera enganchados a la máquina rigurosamente cuidados, con bronces brillantes y asientos de cuero, esperaban a los empleados para llevarlos; a los hombres a soldar hierros, arreglar calderas, descargar carbón y pintar señales en los galpones de las playas de maniobras, y a las mujeres a cumplir tareas administrativas.
Después de tantos años de viajar juntos, todos sabían la vida de todos y se entremezclaban los parentescos y las pasiones.
Y así las historias de parientes, amistades, infidelidades y romances ocultos, fogoneados entre carbón y rieles, empujaban la máquina.
La primera sospecha fue a las tres de la tarde de un siete de julio del año 1958, hora en la que debía regresar el tren. Dos horas después se confirmó la noticia, el tren no volvía porque nunca había llegado.
El barrio Las Playas había tomado su nombre de los enormes galpones y playas de maniobras donde descansaban y se reparaban máquinas, locomotoras y vagones.
Allí se constituyó la primera comisión investigadora de funcionarios que comandaba Umberto Trevisán, “sin hache” aclaraba siempre, a cargo de la oficina de objetos perdidos del ferrocarril.
Sobre sus espaldas cargaba el fracaso de no haber podido descubrir la desaparición de una locomotora cuando cargaba agua, del Expreso Rayo de Sol que unía Córdoba con Buenos Aires.
Quien lo sostenía en el cargo era un amigo de la infancia que, a su vez, era testaferro de un ingeniero con inversiones en la empresa y amante de la esposa del gerente general.
Apasionado por mujeres flacas con aros largos, perdía la concentración y la responsabilidad de la investigación cuando aparecía alguna mujer así, ya que concentraba toda la atención en descubrir su vida privada, sus debilidades y confesiones en la cama.
“Lo que no tengo de inteligente lo tengo de intuitivo”, era su frase predilecta; y, alzando un cigarrillo a medio consumir al lado de las vías, dijo: “Fue fumado a medias por un hombre y una mujer en el tren que desapareció, posiblemente son amantes”. Sus dos ayudantes asintieron.
La investigación la comenzó entrevistando a los vecinos del barrio, mate de por medio y en la cocina de las humildes casas, tratando de ser cortés con personas que despreciaba.
El sentimiento de los vecinos era de congoja. Ese tren era el puente que unía a los pobres del barrio Las Playas, con la incipiente ciudad que empezaba a deslumbrar con sus cines, parque de diversiones y grandes tiendas, empujada por cosechas abundantes y vacas gordas, administrada por inmigrantes que todavía racionaban sus comidas, como si la guerra no hubiera terminado.
Al cabo de tres días ninguna información importante había podido recabar y sus asistentes, después de recorrer varios kilómetros de vías buscando algún indicio, volvían desorientados.
“Es un complot de silencios”, dijo Trevisán a sus ayudantes apoyando su pie en un riel, “alguien me quiere echar, se que mi puesto lo quieren varias generaciones”.
“Hacer desaparecer un tren para moverle el piso es una idea descabellada, pero posible”, pensó para sus adentros el señor Prémoli, uno de sus ayudantes y acérrimo boicoteador, al sentirse aludido.
El ingeniero ferroviario Samuel Wilkinson no había podido irse de esa ciudad, que había figurado en sus proyectos como un lugar de paso. Medalla de Oro en la universidad con un posgrado en Michigan, había trazado el camino de los rieles que unían el norte y el sur del país, con la condición de trabajar sin presiones políticas para cambiar rutas y acompañar su trabajo y el de los obreros con música de Mozart.
Pequeño, a la distancia casi insignificante, tenía el poder de convencer con su mirada.
El que por su formación profesional y consejo de su padre consideraba a la duda como un defecto, dudó en la bifurcación de dos caminos.
Dos pueblos cuyos nombres empezaban con Villa, apenas separados por un río y un puente, ubicados al este y al oeste del mismo, esperaban que la traza por donde pasaría el ferrocarril decretara el ocaso de uno y el progreso del otro.
Wilkinson evaluaba, mientras las fuerzas vivas de los dos pueblos se movilizaban, decretaban huelgas y delegaciones de vecinos concurrían a presionar a políticos del poder central.
No había ningún dato geográfico, económico, climático, político o de población que inclinara la decisión para uno de los pueblos.
Su nombre aparecía en las pintadas de los muros con insultos y él se acordaba de sus padres inmigrantes.
El conflicto se acentuaba, los dos pueblos habían cortado el puente sobre el río que los comunicaba, acusándose mutuamente de sobornar a funcionarios y al ingeniero.
Venciendo su orgullo, el ingeniero levantó el teléfono para consultar, el presidente de la empresa estaba de viaje o decía estarlo. Estaba solo y confundido.
Empujando suavemente la puerta, Rosita, trayendo una bandeja con té y pastelitos, entró al despacho donde el ingeniero con las persianas a media luz, rodeado de planos que caían de su escritorio, había perdido la convicción y seguridad de su mirada.
Se estiró para atrás en su sillón y respiró profundo, rodeado de números, cálculos, teodolitos y exigencias, nunca había detenido su mirada en esa niña morena de boca roja, con el pelo recogido con una hebilla dorada que lo miraba con devoción, hija de la empleada que ordenaba su casa.
¿Rosita, usted dónde vive, sobre la margen este u oeste del río?
“En el este”, dijo Rosita sin titubear y sin saber que en ese instante refundaba un pueblo y condenaba a otro.
El sol de las cuatro de la tarde acobarda a la naturaleza que se repliega y crea espejismos de animales sedientos. Trevisán no tiene tiempo para la contemplación, sólo está atento a su propia vanidad, desafiada por un hecho que lo arrodilla sobre su pobre ignorancia.
Estaciona su Chevrolet Fleetmaster modelo 52 sobre el jardín de una coqueta y sencilla casa llena de flores, cuya calle de tierra desemboca en el río, imitando a un desprejuiciado detective de una serie americana de televisión.
Golpea la puerta, Rosita ya es Rosa, tiene hijos grandes, usa anteojos y mantiene esa figura gruesa de pelo renegrido que trenza sobre sus espaldas y una mirada caliente donde un día se fundió la Medalla de Oro que el ingeniero recibió en la universidad por mejor promedio.
En aquella decisión ganó una estación y renunció a abrir caminos.
El ferrocarril pasó por el pueblo del este, luego Wilkinson fue despedido por la compañía, “presiones” adujeron, con oferta de una indemnización de privilegio que él no aceptó, para no convalidar la sospecha de que su decisión había sido comprada y se quedó a vivir en ese pueblo que su corazón había refundado y hoy crecía como crecían sus hijos y no se había equivocado.
“Este no es un problema de objetos perdidos, como se puede comparar la pérdida de una valija, encomienda, cucharita o un sobretodo con la desaparición de un tren”, dijo el ingeniero que se levantaba de dormir la siesta, mientras ponía música de Mozart.
Trevisán se sintió descalificado, pero se sobrepuso y dijo:
“Para eso lo he venido a ver, para ir descartando hipótesis, desde las sencillas a las más complejas” y empezó a desgranar teorías que iban desde la mafia de los chatarreros, a trampas subterráneas hechas por terratenientes, ya que el ferrocarril asustaba a las vacas y daban menos leche, o el secuestro por parte de estudiantes para festejar el mes próximo la fiesta de la primavera, pasando inexorablemente por la teoría conspirativa de que el secuestro era una venganza de su ex mujer para perjudicarlo.
El ingeniero, mientras escuchaba, cruzando la mirada con su amada Rosa y haciendo un esfuerzo, sobrevoló su sentimiento de rechazo por ese hombre que no podía pensar en las simples cosas.
Sintió pena, se levantó y lo invitó a pasar a una habitación en cuyo interior había una escalera que bajaba a un sótano. Descendieron. Al pie de ella, bajó dos palancas de contacto y una red ferroviaria en miniatura a escala, de enormes dimensiones que ocupaban todo el espacio del enorme sótano, se puso en marcha, con puentes móviles, grúas, ríos que corrían, montañas, túneles, molinos, picos nevados, donde los trenes se desplazaban en varias direcciones y los peatones y autos cruzaban los pasos a nivel al compás de las barreras. Los pasajeros saludaban desde las ventanillas con pañuelos y besos, y el edificio principal tenía un cartel, “Estación Rosa”.
Ante el vértigo de las luces y los trenes, los dos hombres se miraron por primera vez.
“¿La leyenda es cierta?”, se atrevió a preguntar Trevisán con una actitud de sobrecogimiento desconocida.
“En la mitad del recorrido del tren de las playas hay un desvío abandonado difícil de identificar, no tiene señales y nadie lo conoce, solo figura en mis planos, nunca fue construido, pero la decisión para desviarse por allí la toma el tren”, confesó el ingeniero.
¿Dirá el maquinista?
“No, el tren”, dijo el ingeniero mientras apagaba las luces y acotó “¿habló con Lescano?”.
No le caía bien el buscador de objetos perdidos a Lescano. Su actitud imprudente que descalificaba la experiencia rozaba la agresión, se le notaban demasiado sus debilidades.
En cambio el ingeniero Wilkinson era lo que hubiera querido ser.
El bar de los hermanos Terrestre, exferroviarios, uno de ellos había sido arquero de la selección de fútbol de la ciudad, era el lugar ideal para la reunión. Rodeado de recuerdos y decorado como un vagón de pasajeros, los tres se sentaron en una mesa discreta.
“Usted, Lescano, debe tener algún dato importante del suceso que no habrá comentado con nadie; a Trevisán le conté del desvío para que supere su vanidad y se sienta un ferroviario más ante un hecho fantástico”, dijo el ingeniero.
Lescano pronto a jubilarse, con treinta años de servicio y sin ninguna licencia por enfermedad en su foja de servicios, amaba los trenes, pero nunca había viajado en ellos. Vestido con su uniforme de saco, pantalón y gorra con visera y su infaltable bicicleta, tenía el cargo de “llamador”, que figuraba en su nombramiento como el encargado de despertar casa por casa a todos los guardas, conductores, maquinistas y obreros, una hora antes de que saliera el tren y de los relevos de personal de los trenes que venían del norte. Sobre él caía la responsabilidad de “la puntualidad inglesa ferroviaria”, cargo que había honrado y distinguido.
“Ese día muchas de las personas que fui a llamar y viajaban regularmente dieron parte de enfermas, habrá viajado una cuarta parte de los habituales; tampoco recibí días después comentarios de los que no habían ido, ni de lo que había pasado. Y otra cosa que para mí es importante, pero no alcanzó a entenderla: esa madrugada la plaza no tenía escarcha.
Lescano se ha jubilado, pero la madrugada es su destino, sabe que en esa plaza frente a la estación del tren hay señales que no alcanza a interpretar y la recorre despacito caminando bajo el frío del invierno y por primera vez ha decidido viajar en tren. Wilkinson que escribe sus memorias, le habló a Rosa y se despidió esperando el día. A Trevisán la existencia de un rumbo misterioso y desconocido lo hizo humilde, renunció al cargo, vende chocolates y churros en la costanera, se reencontró con su infancia, su escuela y su primera maestra.
Anoche los vi, están atentos, solo les resta caminar la plaza en las madrugadas esperando la señal de que la escarcha se empiece a transformar en agua por el vapor de un tren que desapareció hace mucho tiempo, confirmando que está en la estación y ha vuelto, como una excepción y por un instante fugaz, a recoger tres pasajeros o... cinco, si Rosa se decide y un escritor se atreve a narrar el transcurrir del tiempo.
Ernesto Fernández Núñez (Escribió este cuento para la edición del 145º aniversario de Villa María)
