159 años de Villa María - Entrevista con Juan Ríos Bonino
El mapa cosmopolita que nació con el silbato del tren
El historiador aporta una mirada que repasa las diversas motivaciones y todo lo que acarreó el paso de las vías del ferrocarril por estas pampas gringas, con centro en la Villa María de mediados del 1800“Si nos enfocamos en la historia de la ciudad, el ferrocarril y la inmigración van de la mano”. Con esa premisa, el profesor de historia Juan Ríos Bonino (foto) sintetiza la génesis de Villa María. En el marco del aniversario de la ciudad, el historiador repasa cómo el tendido de rieles no solo trajo progreso productivo, sino también una diversidad cultural que moldeó la identidad local.
Un motor fundacional
El primer tren llegó a estas tierras el 1 de septiembre de 1867. Respondiendo al modelo agroexportador impulsado por las generaciones del 37 y del 80 bajo la máxima alberdiana de “gobernar es poblar”, la infraestructura ferroviaria buscaba conectar el interior con los puertos y el mercado internacional.
En ese trayecto, los trabajadores de la vía avanzaban acompañados por comerciantes que abastecían sus necesidades cotidianas. “Bernardo Lacase y José Garmendia vinieron en carreta desde Rosario junto a los obreros y armaron un ranchito de barro y paja frente a la estación. Ese puede considerarse el primer comercio y uno de los primeros edificios de Villa María”, explica Ríos Bonino.
Un factor clave en el crecimiento inicial fue que el Ferrocarril Central Argentino tardó tres años en extender su trazado hasta la capital provincial (1870). Durante ese trienio, la estación de Villa María funcionó como terminal. “Toda la producción de la región y del Cuyo convergía acá para ser enviada al puerto, y viceversa”, señala el historiador. Esto marcó la idiosincrasia local, que, según palabras citadas de Antonio Sobral, hizo que la ciudad creciera “mirando hacia el litoral”, con valores cosmopolitas y liberales de progreso.
Mosaico de nacionalidades
Mientras tanto, a la par de la infraestructura, el Estado fomentó la llegada de mano de obra europea. Aunque la colectividad piamontesa e italiana fue mayoritaria, el mapa migratorio de Villa María fue notablemente diverso:
Vascos: entre los primeros comerciantes y emprendedores.
Ingleses y franceses: ligados a la parte técnica e infraestructura del ferrocarril británico. Testimonio de su presencia son las casonas de personal jerárquico como la zona de los chalets en Morrison o lápidas en inglés en el cementerio local.
Comunidad israelita: registrada de forma organizada hacia 1925, llegando a congregar a más de 100 familias y motivando la creación de su propio cementerio en 1927.
Otras colectividades: españoles, suizos, sirio-libaneses y criollos provenientes de distintas provincias.
Un censo obrero nacional realizado en 1909 registró unos 4.000 trabajadores en la zona urbana (sobre una población de entre 10.000 y 15.000 habitantes). La radiografía reveló la presencia de 2.300 italianos, 200 españoles, 100 ingleses, 100 franceses y un centenar de otras nacionalidades.
La red del mutualismo y el trabajo invisible
Para contener a quienes llegaban “a hacer la América”, las colectividades crearon redes de protección mutua. La Sociedad Italiana de Socorros Mutuos (1877) y la Sociedad Española (1890) nacieron pocos años después de la fundación de la ciudad como espacios de contención y ayuda comunitaria.
Detrás de los grandes nombres que hoy figuran en las calles o plazas, Ríos Bonino destaca la masa de trabajadores populares: “Había albañiles, panaderos, sombrereros, sastres, fabricantes de velas, jabón o hielo. Si no hubiese sido por el esfuerzo incansable de esos hombres, mujeres y niños, Villa María no sería hoy lo que es”.
