DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años
La casa a la que le llovían piedras
Este fue un hecho que ocurrió allá a fines de la década del 80, 1988 o 1989, más precisamente en el barrio Belgrano de nuestra ciudad, muy cerca de la cárcel.
Fue un hecho fantástico.
Fue una sucesión de episodios que, precisamente, nació en otro diario como este, en el Noticias, pero fue también donde en un tiempo (pasados los 2000) funcionó este (elDiario del Centro del País), en el mismo edificio.
Volteretas del destino que le dicen.
Una nochecita llegó un joven bastante desalineado en su aspecto y con los ojos desorbitados a avisarnos que venía de un lugar donde veía y sentía que caían piedras en seco en una sola casa…, pegó media vuelta y se fue corriendo.
Al rato llega un hombre alto, muy abrigado en esa noche de verano, a decir más o menos lo mismo, que las piedras, cascotes y no sé qué daban de lleno a una vivienda y en los alrededores de ella, nos miró a todos, saludó y se fue.
Al rato, otro sujeto con la misma parla: que las piedras, la casa, bla, bla…
Y ahí nomás a uno se le ocurrió una idea desopilante: al próximo que de lejos lo semblanteemos con cara de piedra o fenómeno paranormal, lo agarramos le atamos las manos con una soga y dejemos a ver qué cuenta, cómo se las arregla.
Y llegó un cara e piedra, más exaltado que los otros, casi que no le importó que lo atáramos, y contaba todo de corrido, repitiendo lo que los otros, igual, con algún agregado siempre mayor. Señalaba con las manos atadas, abriéndolas como si el Dibu Martínez atajara un penal con las manos atadas y haciendo las mismas caras de loco que hace el Dibu. ¡Así de grandes eran las piedras! Quería señalar con las manos atadas, pero que simbolizaba un tamaño símil fulbo Nº 5.
Las luces de la Redacción parpadearon y nos dimos cuenta de que era una señal inequívoca para rajar, para ir in situ a cubrir la nota en esa noche de luna llena.
¡Hagamos un Diario en serio! Se escuchó que retumbaba entre los teletipos y máquinas de escribir a alguien que parafraseaba a un prócer del periodismo villamariense, cuyo apellido empezaba con “Jo” y terminaba con “se”, que también fue laburante del Noticias.
Nos subimos a un Fiat IAVA, cinco, precisamente, y el cara e piedra, más apretados que sardina en lata, y llegamos. De lejos se veía mucho humo, era de los puestitos de chori que ya habían montado (no había fast food, todavía).
Lo desatamos al maniatado, y de lejos alguien balbuceó: “¡Llegó la prensa!”. Se está poniendo lindo esto… Bajamos. Todo estaba calmo. Unos minutos y arrancó el show: caían de todos lados, pegaban en todas partes, en la casa, en los autos, en los árboles, arriba nuestro.
En un momento alguien dijo, “parece que la hija de la pareja, la más chica, tiene poderes y mueve objetos”. Al rato llegó y estacionó una cupé Ford Taunus roja, bajó un hombre todo vestido de negro y a alguien se le escuchó decir: “Parece que es un cura, que trata estos casos...”
Listo. Todo comprobado. Nos vamos, por no decir rajemos…
Subimos todos amontonados otra vez al 128, hizo unas cuadras y se paró, quedó mudo, pero totalmente muerto, sin corriente, nada de nada.
Solo se escuchaban de lejos, claramente, los impactos todavía aislados de la lluvia de piedrazos. Y de tanto insistir al arranque, y justo, pero justo, un par de segunditos antes de ponerlo en marcha, como un grito hecho Sapucai correntino de adentro del monte, una suerte de orden impartida con seguridad marcial gritó:
¡Paaaaaaaren! ¡Bajar gomeras!
Y el auto arrancó, y como quien no quiere la cosa, nos fuimos despacito, como a paso de hombre…
Pero justo ahí, muy cerquita del Tiro Federal, otra vez se empezaron a sentir en la casa de al lado nuestro, donde pasábamos, unas cuantas piedritas caer en seco. Pablo Rayo
