DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años

Juana Valor

En la esquina más sombría de la zona Centro sur de la ciudad, allí donde comenzaron a levantarse las primeras casas, cerca del viejo aserradero Bermúdez, junto a un callejón estrecho y húmedo, se erigía una casa antigua y descuidada que, al final, el progreso terminó demoliendo, pero que hasta entonces dio que hablar y mucho entre los habitantes de la zona. La pintura de sus paredes se había desgastado con los años y las ventanas permanecían siempre cubiertas por cortinas gruesas y pesadas, lo que impedía ver el interior. Aquella casa pertenecía a Juana Valor, una mujer que, según los vecinos, vivía allí desde hacía mucho tiempo, demasiado para que alguien recordara exactamente cuándo había llegado.

Juana era una figura envuelta en misterio. La gente decía que salía de noche, murmurando palabras extrañas que nadie lograba entender. Los adultos la evitaban y susurraban de que practicaba brujería, que sabía hacer cosas con plantas y objetos que otros no comprendían. Pero eran los chicos del barrio quienes más temían -y a la vez, sentían fascinación- por Juana Valor. Ellos inventaban historias sobre cómo convertía a los niños traviesos en sapos, o cómo te lanzaba maldiciones si osabas cruzar la calle frente a su casa. Y ni qué hablar de si se te caía la pelota en el patio. Allí terminaba sin vida útil el balón, pues nadie era lo suficientemente corajudo como para ir a reclamarlo.

Un grupo de amigos, alumnos de la escuela Agustín Álvarez, integrado por Marce, Leo, Seba y Cristian (omitiremos sus apellidos para no herir susceptibilidades), no dejaban de hablar sobre ella. Todos sentían curiosidad, aunque también miedo. Las historias que se contaban en la escuela, sumadas a las advertencias de sus padres, solo avivaban el deseo de saber más. Una tarde, después de escuchar un relato especialmente espeluznante sobre Juana, Marce propuso un plan.

-Vamos a su casa, dijo con una mezcla de valentía y nerviosismo. Solo para ver si es verdad todo lo que dicen.

Cristian lo miró con los ojos entrecerrados.

-¿Y qué vamos a hacer? ¿Tocar su puerta? -preguntó con escepticismo.

-No, solo miramos desde afuera. Quizás veamos algo interesante.

Después de mucho debatir, los cuatro se encontraron esa misma noche frente a la casa de Juana. El viento soplaba frío y las sombras de los árboles se alargaban inquietantemente en la oscuridad. Los chicos se acercaron en silencio, con el corazón latiendo más rápido de lo normal.

Cuando llegaron a la verja oxidada que rodeaba la casa, notaron que la puerta principal estaba entreabierta. No se escuchaba ningún sonido, excepto el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Marce, decidido a no parecer cobarde, fue el primero en acercarse. Con una señal de su mano, invitó al resto a seguirlo.

-No sé si es buena idea -susurró Seba, pero nadie le prestó atención.

Cruzaron el umbral con cautela. El interior de la casa era oscuro y olía a humedad. Había muebles viejos, libros apilados en estanterías y frascos llenos de hierbas secas. Lo más inquietante eran los símbolos grabados en las paredes y el techo. Parecían antiguos, como de otro tiempo, y emanaban una sensación de misterio.

De pronto, una voz suave, pero firme, resonó en la penumbra.

-¿Qué hacen acá?

Los chicos dieron un salto y se dieron vuelta todos a la vez. Frente a ellos, en la penumbra, estaba Juana Valor. No llevaba un sombrero puntiagudo ni tenía aspecto de bruja malvada, pero había algo en sus ojos oscuros y profundos que los inmovilizó.

-No queríamos molestar -dijo Leo tartamudeando-. Solo queríamos saber si..., si las historias eran ciertas.

Juana los observó en silencio por un momento. Luego esbozó una sonrisa, no maliciosa, sino una que transmitía una sabiduría que los chicos no esperaban.

-Las historias son tan ciertas como ustedes las quieran creer -respondió ella-. Pero las historias no siempre cuentan la verdad completa.

Los chicos se miraron entre sí, sin saber qué decir. Juana se acercó lentamente hacia ellos, pero no para asustarlos. Alzó una mano y les señaló los frascos de hierbas en la estantería.

-Esto no es magia negra. Son plantas medicinales, las mismas que nuestras abuelas usaban para curar a los enfermos. Estos símbolos que ven aquí no son maldiciones, son protecciones antiguas. En lugar de temer a lo que no entienden, deberían aprender sobre ello.

Marce se armó de valor y preguntó:

-¿Entonces no hacés brujerías?

Juana dejó escapar una suave risa, que llenó la habitación de una calidez inesperada.

-La gente llama “brujería” a lo que no entiende. Pero no soy más que una mujer que sabe aprovechar lo que la naturaleza ofrece. Y eso me convierte en alguien diferente, sí, pero no en alguien malo.

Seba dio un paso adelante, aun con cierto recelo, pero intrigado.

-¿Por qué nunca hablas con los demás?

Juana lo miró con paciencia.

-A veces las personas prefieren creer en lo que las asusta, en lugar de acercarse y preguntar. Pero ustedes vinieron, y eso es algo valiente.

El grupo permaneció en silencio, procesando las palabras de Juana. Durante años habían creído en las historias que los adultos les contaban, sin nunca intentar conocer la verdad por sí mismos.

-¿Nos enseñarías más sobre esto? -preguntó finalmente Cristian.

Juana asintió lentamente.

-Solo si están dispuestos a aprender y a dejar de temer lo desconocido.

Esa noche, los chicos se fueron de la casa de Juana Valor con una nueva perspectiva. Lo que antes les parecía aterrador ahora les resultaba fascinante. A partir de ese día, Juana se convirtió en alguien diferente para ellos, una guía que les enseñó a respetar lo que no entendían y a no juzgar antes de conocer. Las historias sobre la vieja bruja comenzaron a desvanecerse, sustituidas por relatos de una mujer sabia que, en lugar de maldiciones, ofrecía conocimiento y ayuda.

Y así, Juana Valor dejó de ser una leyenda de miedo, para convertirse en un símbolo de lo que se puede descubrir cuando se enfrentan los temores con curiosidad y valentía.

Isabel Alfil