DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años
¡Hola! ¿Quién habla…?
¿Leyenda urbana o historia verdadera? ¿Mito? ¿Hito? Como dice la canción, “si a la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. Quien quiera oír que oiga”, y si es así, que la historia misma tiene más de dos o tres versiones, puede que esta historia, que más que historia es leyenda, sea tan verdadera o más verídica inclusive que la historia oficial, que, por cierto, ha contado desde siempre con el apoyo incondicional de la publicidad y las redes sociales, aun cuando ni la publicidad ni las redes sociales se llamaban “publicidad” y “redes sociales”, porque ambas son hijas dilectas del chamuyo y la fama, mal o bien ganada.
Y esta es la historia, o la leyenda, de Alejandro “el Gringo” Voglino, uno de los pioneros que se asentó en estos parajes y uno de los hombres que mayores aportes realizó a la incipiente Villa María.
El Gringo Voglino fue uno de los tantos inmigrantes que llegaron a la Villa con su bagayo al hombro y su bagaje de sueños, ilusiones e intereses que, si bien no le llenaban la panza, por lo menos le llenaban el espíritu emprendedor y aventurero que lo caracterizó, y no escatimó generosidad cuando aquellos tiempos fundacionales lo requirieron. Por supuesto, no tenía idea de que un día iba a revolucionar el mundo, pero pocos se lo iban a reconocer y menos se iban a enterar, porque estaba escrito acaso en las líneas de sus manos hábiles y hacendosas que otro fulano, allá en el norte de las Américas, lo madrugara y le arrebatara la gloria, tal vez porque en el país del norte no existe la bendita costumbre de dormir la siesta provinciana como en estos pagos.
Pero adelantemos que el otro tampoco se la llevó de arriba.
Voglino llegó de Italia con tantos sueños a cuestas que casi le doblaban el lomo, dispuesto a iniciar en Argentina una nueva vida. Su Patria natal ya no ofrecía posibilidades para una existencia digna y menos para quienes, como él, tenían inquietudes creativas. Por esas cosas del destino recaló en una aldea naciente, a la vera de un río todavía caudaloso y bravo, perdido en la inmensidad de la llanura cordobesa, que apenas contaba con un puñado de habitantes. Y en Villa María, Alejandro, el Gringo, no demoró ni dudó en arremangarse y brindar a los demás su compromiso comunitario en pos de la prosperidad de esa aldea que lo acogía.
Así fue como donó uno de sus terrenos, frente a la plaza del Este, para que se construyera el edificio que albergaría a la primera escuela. Años después, el hombre también impulsó la fundación de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, en 1887, de la cual fue su primer presidente.
Alejandro el Gringo Voglino era un hombre con vuelo propio y su mayor desvelo eran los adelantos tecnológicos, fundamentalmente en el ámbito de las comunicaciones. En 1878, el italiano se desempeñaba como jefe de la sección argentina del telégrafo trasandino que, a través del alfabeto creado por Morse, unía a nuestro país con Chile. Fue entonces que decidió poner en práctica lo que venía estudiando minuciosamente desde hacía algún tiempo.
Al parecer, al italiano le gustaban los pájaros, por lo que no era extraño que, de bien que venía caminando, se detuviera en seco y levantara la vista hacia la copa de un árbol o hacia los cables del telégrafo, donde se posaban aves de todo plumaje a trinar o a descansar.
Y dicen que tal vez fue en una de esas paradas donde los pájaros que se posaban sobre los hilos del telégrafo se entreveraron con los pájaros que el Gringo tenía en la cabeza y juntos, en bandada, emprendieron el vuelo hacia un futuro que muy pocas personas podían ver, pero que no iba a tardar mucho en llegar.
Nos gusta pensar que presa de una epifanía y una inspiración solo dada a unos pocos tocados por una varita mágica, en aquel momento sublime, Alejandro pronunció, en voz alta, para que lo escucharan todos los árboles, los perros y los otros animales que vagabundeaban por el descampado, las siguientes palabras: “Voy a inventar el teléfono”.
Y créalo, lector, lectora; así lo hizo.
La historia señala que el 11 de abril de aquel año, ante la gran expectativa de los vecinos de Villa María, Alejandro Voglino trató, desde la ciudad de Córdoba, entablar una comunicación telefónica con el pueblo que lo había acogido en su seno, valiéndose para tal propósito de los cables del telégrafo y algún que otro artefacto más, producto de su febril imaginación.
Al ejercicio de aquel primer intento de trasladar la voz humana a través de aquellos cables asistió el gobernador de la provincia, Antonio del Viso, y su ministro del Interior, Miguel Juárez Celman. Pero el resultado de este ensayo no fue feliz, dadas las muchas interferencias que dispersaban las ondas y las voces se perdían en el éter.
No hubo aplausos, ni medallas, ni besos.
Pero el inquieto Voglino no se dio por vencido y, según cuenta Bernardo Fernández en sus memorias, volvió a intentarlo pocos días después; pero en esta oportunidad desde Villa María hacia Córdoba. Los vecinos se arremolinaban en torno a la casa donde el italiano practicaba su novedoso ensayo. Algunos escépticos aseguraban que era solo un delirio. Otros confiaban en lo que el experimentador aseveraba: que era posible que la voz recorriera distancias a través de un hilo telegráfico; si lo hacían otros sonidos, ¿por qué no la voz humana?
Todo estaba preparado para el experimento y a la orden de Voglino, la esposa del vecino Segundo Gordillo interpretó un aria de la ópera Il Trovadore, de Verdi, que se escuchó perfectamente en el receptor instalado en la ciudad de Córdoba.
Así fue como el domingo 14 de abril de 1878, en el pueblo fundado por Manuel Anselmo Ocampo se produjo un hecho histórico poco conocido en el ámbito nacional: desde Villa María se había entablado la primera comunicación telefónica del país.
Según afirman algunos, no se sabe con qué rigor, en Estados Unidos había sido realizado en 1860 el mismo experimento por el también italiano inmigrante, florentino el hombre, Antonio Mucci, cuando en una demostración pública se reprodujo a larga distancia también la voz de una cantante.
Por otro lado, en 1876 Alexander Graham Bell registró una patente que realmente no describe el teléfono, pero lo refiere como tal, y se adjudicó la invención del teléfono a nivel internacional, quedándose con la gloria, las menciones en los libros de Historia y las regalías que el ingenioso invento que vendría a cambiar para siempre las comunicaciones a nivel global, le produjeron.
Sin embargo, según relatos orales que fueron pasando de generación en generación, el yankee no se la llevó de arriba.
Muchísimos años después, recién en 2002, por una resolución del Congreso de Estados Unidos, la invención fue adjudicada a Mucci, lo que a Alexander Graham Bell no le molestó demasiado porque ya llevaba 80 años muerto y en vida había disfrutados de todo tipo de honores y ventajas.
Sin embargo, la leyenda afirma que pese a todos los mencionados honores y ventajas, Graham Bell no tuvo paz, verdaderamente, porque todas las noches, invariablemente, recibía una llamada telefónica desde Villa María, Córdoba, Argentina, y en esa llamada una voz le recordaba, insistentemente, que dijeran lo que dijeran los libros y la prensa sensacionalista, él no había inventado el teléfono. Y eso le quitaba el sueño casi hasta la locura.
Alejandro “el Gringo” Voglino, por su parte, siguió creyendo que había inventado el teléfono, que ya se había inventado, pero él no lo sabía, e instaló el primer servicio telefónico de Villa María. Los dos primeros domicilios comunicados por este medio fueron el suyo propio y el de Bernardo Fernández, distantes a no más de 200 metros el uno del otro.
No es equívoco afirmar, entonces, que la leyenda que indica que Alejandro Voglino inventó el teléfono no solo es leyenda, sino también historia; o viceversa, asegurar que la historia que dice que Voglino inventó el teléfono no es únicamente historia, sino que tiene algo de leyenda urbana. En cualquier caso, mientras tenga señal (o tono) da igual. Solanito, el cadete
