DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años

Escapada del sepulcro

Fui sepulturero durante 22 años en un pueblo muy cercano a esta ciudad. Creo que elegí esa profesión porque también mi padre lo era. Yo comencé a trabajar con él tres años antes de su muerte. Fue un dolor muy intenso tener la labor de sepultar sus restos mortales, pero quise hacerlo. También sepulté a mi abuelo paterno, a dos tías, a un sobrino y, unos dos meses antes de dejar esa profesión, me tocó sepultar también a mi madre. Confieso que he visto muchas cosas extrañas durante tantos años dentro del cementerio. Creo que si tuviese que escribir un libro sobre todo eso, seguramente lo haría a través de varios tomos. Una vez me prometí que jamás me dejaría vencer por esas supersticiones, pero llegó el momento en que no pude seguir soportando las cosas que allí sucedían. Desde pequeño yo era muy cristiano, y se me educó sobre ciertos aspectos de la cultura de muerte, y los muertos bien muertos estaban, según mi abuela. Siempre se oían cosas raras sobre estos espacios, pero creí que se trataba de eso, solo habladurías de personas para asustar a otro, o era cosa de borrachos. Todas las experiencias sobrenaturales que presencié fueron posteriores a la muerte de mi padre. Yo siempre quise develar el secreto que guardaba celosamente mi progenitor, porque en varias oportunidades lo he visto muy nervioso y tenía actitudes como queriéndome proteger de algo.

En más de diez oportunidades él me solicitó que dejase esa profesión y que buscara otro trabajo, pero jamás me dijo el porqué de esa petición. Estoy seguro de que él sabía que tarde o temprano yo descubriría la verdad de lo que pasaba allí, y la verdad era espantosa. Siempre, al caer el sol, cerrábamos las puertas de ingreso al cementerio, previo a asegurarse de que no quedaran visitantes en su interior. Encendíamos las pocas luces y abandonábamos ese espacio hasta el día siguiente. Si había algún entierro, no antes de las 10 de la mañana, íbamos a las 7 a cavar la fosa, excepto aquella vez que fallecieron tres miembros de una familia en un accidente, por lo que tuvimos que dejar las fosas abiertas el día anterior. Pero lo que no pude olvidar jamás, fueron aquellos hechos sumamente extraños que se repetían en el cementerio y que mi padre minimizaba la situación como queriendo no darle mayor importancia. En muchas ocasiones solíamos encontrar las tumbas abiertas, o los ataúdes que eran depositados el día anterior. Yo siempre sospeché que habría algunos intrusos nocturnos que se dedicaban a abrir las tumbas nuevas para robar algún elemento de valor, pero los hechos se daban sobre todos los sepulcros, cuyas personas en vida pertenecían a todas clases sociales, tanto ricos como pobres. Lo que no comprendía era por qué mi padre jamás denunció esos actos a la Policía. Entonces, tal vez por costumbre, tampoco lo hice yo después de su muerte.

Cada vez que observaba una tumba abierta, inmediatamente procedía a su pronta sepultura sin ni siquiera echarle un vistazo a los cadáveres. Pero entre tantas cosas que han sucedido en este cementerio, siempre evoco con recelos aquella tarde. Recuerdo la primera vez que vi a esa sombra pasar muy cerca de mí. Yo estaba pintando las paredes externas de un panteón. Si bien esa no era mi función, siempre me ganaba unos mangos haciendo esas changuitas, fuera de mi horario de servicio. Era como las 3 de la tarde, en pleno verano. Hacía mucho calor y las paredes parecían que hervían. La pintura al agua se secaba rápidamente. Yo me encontraba de espalda hacia el corredor principal del cementerio cuando presentí una brisa muy caliente, más aún que la elevada temperatura reinante. Me pareció presentir que alguien había rozado mi piel. Rápidamente, giré mi cuerpo como un acto instintivo y me sobresalté del susto, y allí vi a esa sombra que tenía figura humanoide. Estaba detenida entre los panteones más altos de la necrópolis. Solo estuvo inerte unos segundos y luego se desplazó hacia la zona en donde están las tumbas en tierra. Quedé algunos minutos sin saber cómo reaccionar ante ese acontecimiento. Giré la cabeza hacia todos lados y estaba totalmente solo por lo que nadie podría avizorar esa sombra fantasmal. Mi corazón parecía salirse de mi cuerpo. Pero lo curioso de todo es que no era la primera vez que presentía eso, sino que jamás se me había sido presentada con tal magnitud. En ese momento pensé en cuál sería la actitud que hubiese tomado mi padre ante ese hecho, pero de cualquier manera sabía que él era muy valiente como para hacerle frente a lo desconocido. Igualmente, como dije antes, yo estaba seguro de que mi progenitor conocía muy bien estas cosas extrañas que pasaban allí.

Entonces abandoné la tarea emprendida y decidí dirigirme hacia la parte del cementerio en donde yacen las tumbas en tierra, más o menos unas trescientas de ellas. Es la fracción más funesta de toda la necrópolis. Para ingresar a esa zona había que atravesar una pequeña puerta metálica. Así lo hice y, antes de que esa sombra se enterrara en un sepulcro, alcancé a verla nuevamente. Juro que tenía mucho temor, pero el deber me obligaba a seguir adelante. Me apersoné sobre la lápida de mármol que se erguía sobre la tumba y las huellas del tiempo habían borrado cualquier leyenda grabada en ella. No supe de quién se trataba porque no había registro de ello, y no sé si alguna vez lo hubo. El tiempo transcurrió y en el término de cinco años pude divisar esa sombra macabra en muchísimas ocasiones, pero siempre terminaba su viaje en el mismo espacio, en el mismo enterramiento. Tal vez me acostumbré a eso y después de un tiempo dejé de perseguir sombras. Pero pasó lo que jamás hubiese esperado. Fue un atardecer de invierno cuando me aprestaba a clausurar el portón de ingreso para retirarme a mi domicilio a descansar. Encendí las luces, pero un cortocircuito nos dejó a oscuras. Entonces debía cambiar los fusibles, pero la caja se encontraba en la parte posterior al cementerio, en la zona de las tumbas a tierra. Fui ayudado por la luz tenue de una linterna, aunque en el cielo, ya casi de noche, brillaba el astro en su plenilunio. Y cuando estaba a punto de terminar mi labor, un extraño sonido puso fin a lo que estaba haciendo para dirigir mi atención hacia donde provenía esa monotonía. Todo fue muy confuso, pero a la luz de la luna llena mis ojos vieron lo que jamás hubiese podido descifrar mi mente a través del uso correcto de la razón. Sin lugar a duda ese sonido provenía de la misteriosa tumba en donde se echaba de día la sombra fantasmal, solo que ahora ya no se trataba solamente de eso. La lápida se movió y comenzó a oscilar de adelante hacia atrás. La tierra se levantó y la figura de una mujer espantosa y harapienta comenzó a salir de su sepulcro. Rápidamente, caí al suelo ante el espanto porque mis piernas no respondían a ningún impulso. Si antes creí que había visto todo, lógicamente me equivoqué. El cuerpo horrendo de esa cosa abandonó su tumba y comenzó a caminar erguida y se dirigió hacia la parte nueva del cementerio, en donde se hallaban los nichos y panteones. Traspuso la puerta de metal y la perdí de vista. Yo continuaba en el suelo sin poder salir del asombro. Me incorporé como pude y me dirigí hacia la tumba en cuestión. Comprobé que la misma estaba abierta y que un ataúd, o lo que quedaba de él, estaba vacío, sin cuerpo alguno. Realmente un muerto se había levantado de su sepulcro. Quise salir corriendo hacia el lado opuesto de la salida y saltar la tapia de dos metros de altura para huir de allí y solicitar ayuda, pero muy en el fondo de mi ser sabía que eso no era lo correcto porque yo era el encargado de cementerio, y todos confiaban en mí. Decidí entonces perseguir a ese cuerpo, ahora tal vez con vida, como los zombis de una película de terror. Traspuse yo también la pequeña puerta metálica y comencé a buscar a esa cosa, pero sin encender mi linterna para no evidenciar mi presencia. Recorrí algunos corredores sin éxito. Al cabo de 15  minutos pensé que eso que caminaba se había ausentado del cementerio y esa idea me atormentó más aún con solo pensar que estaba en la calle mezclándose con las personas que sí estaban vivas. No cabía en mi mente la magnitud de esa situación. Por momentos el espanto que sentía provocaba que las lágrimas se me escaparan de los ojos. Recé cuantos Padrenuestros y Avemarías se me vinieron a la boca. Y lo curioso de todo era que no tenía ni la menor idea de lo que iba a hacer si me encontraba con ese espanto. Alcancé a oír sonidos que provenían de una galería muy cercana a la puerta principal de ingreso al cementerio, y hacia allí dirigí mis pasos. Pude comprobar que la puerta de un panteón estaba abierta y de allí escapaban esos ruidos. No dudé de que esa cosa se encontrara allí. Me acerqué solo unos metros para observar de cerca el movimiento del zombi y esperé varios minutos hasta que ese espanto de monstruo abandonase ese lugar.

Me asusté mucho cuando la vi salir del panteón por el solo hecho de saber que eso que caminaba no era humano. Perseguí sus pasos hasta que la cosa se recostó nuevamente en su aposento de muerte, y la tumba se cubrió de tierra como por arte de magia, como si nada de eso hubiese ocurrido. Esperé más o menos media hora en el lugar y todo había regresado a la normalidad. Decidí entonces terminar lo que estaba haciendo y reparé los fusibles de la luz y recuperé la electricidad del cementerio. No quise retirarme sin antes llegarme hacia el panteón en donde había estado visitando la muerta. Ingresé con mucho temor ante lo desconocido y vi que un ataúd, el que habían depositado en esa misma tarde, estaba abierto. Ahí descubrí el misterio de las tumbas abiertas que sepultaban el día anterior, y supe el porqué de la decisión de mi padre de no denunciar esos hechos, y era, simplemente, porque nadie le creería. Encendí la linterna y con cautela iluminé el interior del ataúd con algo de pánico por lo que podría encontrar, y lo que vi me aterró sobremanera. Al cadáver del hombre que yacía ahí le habían sustraído sus ojos. Cerré el cajón de madera y salí corriendo del cementerio sin recordar si cerré o no el portón de ingreso. No dormí esa noche. Ni siquiera cerré los ojos. Las imágenes de la muerta de pie y del cadáver sin ojos me atormentaron en las tinieblas. Por momentos me pareció presentir la presencia de mi padre consolándome. Había descubierto el misterio más horrendo de la Humanidad. No quise regresar al día siguiente y di parte de enfermo. Pero a la tarde de aquel día tomé la decisión de enfrentar la realidad. Me dirigí al cementerio y abrí las últimas diez tumbas que habían sido profanadas y descubrí que a todas les faltaban sus órganos oculares. A la mañana siguiente me presenté en la Municipalidad, en la oficina de registros sobre las tumbas que yacen en el cementerio de esa localidad, con la finalidad de encontrar algún indicio sobre la mujer funesta que caminaba sin vida por las noches devorando los ojos de cuántos cuerpos eran sepultados. Lo único que pude averiguar fue que cuando quisieron inaugurar ese cementerio, en los tiempos fundacionales de la localidad, pidieron prestado el cuerpo de un muerto a otro pueblo para poder cortar la cinta y dejar inaugurado la necrópolis, ya que aún no había fallecido ningún vecino del joven poblado, y solo consiguieron el cadáver de una mujer ciega que practicaba la magia negra, y no la querían tener en ningún otro cementerio porque, según rezaba alguna leyenda urbana, ella misma se habría quitado los ojos al presenciar la temible figura de Satanás tras asegurarse el pacto macabro con el maligno.