DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años
El Calamino
Era imposible de pescarContaba mi amigo el Horacio, que en paz descanse, una historia sobre un pez: el Calamino. Según Horacio, guitarrero de oficio, pescador apasionado y aficionado al verso -y a la prosa también, por qué no decirlo-, ese tal Calamino anduvo por el balneario y las compuertas todo un verano, allá por los años 70, aprovechando que el lago estaba lleno y el agua era lo suficientemente abundante como para solazarse en sus profundidades. Pez dorado, al parecer, de casi un metro de largo y, a ojo de experto pescador, unos 45 o 50 kilos. Podía confundirse con un dorado, que por aquellas épocas abundaban en ese sector del río como todos los viejos pescadores saben, y habrán comprobado alguna vez con sus propias cañas, y habrán certificado en sus hornos y parrillas y habrán archivado en sus mismísimas barrigas. Pero a pesar de ser del color del precioso metal, el Calamino no era un dorado, sino un Calamino, que parecido no es lo mismo, decía siempre mi amigo.
Sin querer ofender a ningún pescador en particular, y mucho menos a los pescadores de todos los confines en su conjunto, creo no faltar a la verdad si afirmo que los mentados pescadores, ya sean de caña o de red, de río, mar, laguna o charco, allá en las heladas aguas de Groenlandia, como en los cálidos remansos del Paraná o el barroso lecho del Ctalamochita, los pescadores, decía, gastan fama de fabuladores, digamos, porque decir mentirosos sería un agravio innecesario, más, cuando realmente quienes no nos dedicamos el noble ejercicio de la pesca disfrutamos mucho de esas fábulas o historias verídicas que se vuelven fábula cuando entran a rodar de lengua en lengua y dentadura en dentadura.
El Calamino era imposible de pescar: arisco como una trucha, eléctrico como una anguila, saltador como una lisa, rápido como un pez espada, solitario como un tiburón y astuto como un delfín. Pero también era vanidoso como bonito, por lo tanto, al parecer, de tarde en tarde se dejaba ver y admirar por pescadores y paseantes cuando el sol se iba poniendo en el oeste, detrás del Anfiteatro, allá donde la costanera topa y el río hace la curva. Y entonces, cuando el Calamino pegaba el salto como en cámara lenta, y dejaba su cuerpo entero afuera del agua por unos segundos, las doradas escamas daban brillos y destellos en el aire, como arcoíris o algo por el estilo. Era como un acto de magia que lo agarraba a uno sin previo aviso y lo dejaba tieso y con la boca abierta sin poder reaccionar.
Y además, el Calamino silbaba. O emitía un sonido parecido a un silbido o al canto de algún pájaro. Siempre según mi amigo el Horacio, silbaba como el crespín.
O sea que el Calamino no solo era hermoso, sino que además, silbaba, y de yapa, era imposible de pescar. Pero se dejaba ver y también escuchar…, cuando él quería, claro.
El Horacio lo vio y lo escuchó, y no una vez, sino dos o tres, de chango, jovencito, cuando iba con su caña y con su perro Cambá a probar suerte en los barrancos. Y haberlo visto, decía siempre, le había cambiado la vida, aunque no sabía explicar bien cómo ni en qué sentido, pero que se la había cambiado, se la había cambiado.
Y contaba siempre el Horacio que contaban los pescadores, tan aficionados a los cuentos y las leyendas, que si veías y oías al Calamino, sin sacarle la vista de encima ni cerrarle los oídos a su silbar, había que pedir un deseo y ese deseo, por loco o difícil que pareciera, se te cumplía. Y aunque nadie conocía a nadie que hubiese contado con ese favor, tampoco a nadie se le ocurría poner en duda que tal cosa fuera cierta. Solo queda un pequeño detalle que agregar a este relato que escuché de boca de mi amigo Horacio y que otros pescadores del Ctalamochita han corroborado y dado por cierto. Y es que, si uno tenía la suerte de ser sorprendido por aquel efímero espectáculo que significaba ver cómo emergía de las aguas marrones de este río el Calamino, con sus destellos de arcoíris y su silbido parecido al del crespín por apenas unos segundos para luego volver al lecho barroso, uno quedaba tan shockeado, sorprendido, tan pasmado y boquiabierto, que le resultaba imposible reaccionar para poder pedir un deseo, por loco que fuera, antes de que el pez desapareciera de su vista otra vez.
Sergio Stocchero
