DÍA DE VILLA MARÍA - 157 años
El árbol de la plaza Centenario
Me contaba mi abuelo Clemente, ferroviario de oficio, jubilado desde que lo conocí, aficionado a las historias y habitante de una época en que los abuelos tenían tiempo de sobra para dedicarle a sus nietos, una historia sobre un árbol de la plaza Centenario de Villa María.
A pesar de haber llegado a gatas hasta el tercer grado del primario, el abuelo siempre había tenido inquietudes artísticas y de joven, allá en su Cañada de Gómez natal, cuando el siglo XX usaba todavía pantalones cortos, había sido utilero y tramoyista en un grupo de teatro vocacional y proyectorista de cine también.
Después, la conoció a mi abuela Celestina, hija de un tropero vasco y una india, y el tren los trajo a Las Playas, donde nacieron mi tía y mi padre y vivieron unos años, hasta que se vinieron pal centro.
Como decía, muy aficionado al fútbol, Clemente, amigo de Lorenzo Gilli e hincha perro de San Lorenzo, y aficionado también a narrar historias que siempre tenían algo de verdad y algo de literatura oral que el viejo ponía de su propia -y frondosa- cosecha. Fue él, por ejemplo, quien me contó cuando el Langostón Parmigianni -valor local del deporte mecánico- fue convocado a correr las 500 millas de Indianápolis en equipo con otro piloto. Por supuesto, Villa María estaba hecha un festival porque no siempre salían de por acá glorias de nivel internacional. Había una gran expectativa, claro. Y, siempre según mi abuelo, la carrera se iba a transmitir a través de la propaladora cuyo parlante se ubicaba en los altos de la esquina de Buenos Aires y San Martín, para que todos los vecinos que lo quisieran pudieran seguir las instancias de la emocionante competencia al instante. Incluso, un periodista especialista había viajado para transmitir desde el borde mismo de la pista el evento en castellano, como Dios manda, para no tener que andar traduciendo nada después. Al parecer, el compañero de equipo del Langostón comenzó largando y a no mucho de recorrer la pista tuvo que abandonar la carrera por un desperfecto. Sin embargo, aquel periodista, entendiendo que era tal la ilusión villamariense con la participación del valor local, lo hizo “correr” igual algunas vueltas al Langostón antes de abandonar, para no decepcionar a la audiencia. Eso contaba mi abuelo Clemente. Nunca supe si todo aquello era verdad o era una leyenda urbana. Hay quienes afirman que, incluso, el propio periodista nunca fue a Indianápolis y que transmitió desde Buenos Aires.
Pero bueno, tanto hablar de mi abuelo, me estoy yendo por las ramas, y ya que mencionamos las ramas, diremos que aquí vamos a contar la historia de un árbol, según me la contó mi abuelo hace ya muchos, muchos años, cuando yo era apenas un chico curioso que cursaba los primeros años de la escuela primaria en el Víctor Mercante y hacía preguntas hasta por los codos sobre cualquier tema.
A veces, mi abuelo solía llevarme a la plaza Centenario a tomar un helado de La Madrileña, cuando cobraba la jubilación. Era un día festivo para mí. Él se sentaba en un banco y yo le pasaba la lengua al helado mientras miraba todo y preguntaba y preguntaba.
Por alguna razón que desconozco, una tarde me paré frente a un árbol que me llamó la atención, quizás porque tenía a sus pies una placa con algunos datos, algo que lo distinguía de los demás árboles. Y me llamó la atención que el árbol había sido plantado el mismo año en que yo nací: 1959.
Por supuesto, pregunté.
Por supuesto, mi abuelo Clemente, respondió.
Entonces me contó que se trataba de un roble, un roble muy especial, porque había sido traído desde el otro lado del océano, desde el País Vasco, allá en Europa, por unos emigrantes de apellido Alberdi, creía recordar Clemente. O sea, no había nacido de semilla en la plaza, como nacen las plantitas en los germinadores que hacíamos en la escuela, sino que había sido traído en barco, a través del mar, un retoño de otro árbol, como cuando la abuela Celestina hacía venir las plantas “de gajo”, me explicaba el abuelo. Pero además, ese arbolito (en aquella época era un arbolito) era muy especial porque era un retoño del roble de Guernica.
¿Y eso?
Bueno, el abuelo disfrutaba de contarme historias, realmente. Entonces me explicó que Guernica era una ciudad del País Vasco que en el año 1937 había sido ferozmente bombardeada y mucha gente había muerto y mucha otra había sufrido mucho y que la ciudad había quedado prácticamente en ruinas y que, en medio de esas ruinas, había quedado, incólume, el roble de la plaza, que era el padre de ese arbolito. Pero aquello no era todo, porque, según el abuelo, en varias ciudades de la Argentina y en otros lugares del mundo, muy distantes de Argentina, había arbolitos iguales, retoños de aquel mismo roble original de Guernica. Y que todos ellos, estaban unidos entre sí por sus raíces, no importaba lo lejos que estuvieran el uno del otro, en una suerte de hermandad rizomática (esto lo pensé después, en el secundario, cuando tuve Biología), a modo de recordatorio de lo espantosa que es la guerra, pero que siempre la vida se abre paso, aun entre los escombros, como un acto reflejo de resistencia.
Por supuesto, mi febril imaginación de niño inquieto, se hizo mil figuraciones diferentes de cómo podría estar unidas entre sí todas las raíces de todos los robles de Guernica que había dispersos por el país y el mundo. Y era fantástico imaginar aquella trama subterránea empecinada en sostener la vida a pesar de tanto horror y tanta muerte. Era, ciertamente, una idea loca. Pero si lo decía mi abuelo Clemente, no podía no ser verdad.
Las leyendas, generalmente, tienen su origen en hechos verídicos, a veces históricos, a veces no; pero siempre hay algo de verdad en ellas. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con la Historia, que siempre trata de develar los hechos lo más fielmente posible para poder así interpretar el pasado de forma más certera y entender por qué pasó lo que pasó, las leyendas alimentan la imaginación condimentando los acontecimientos con literatura, oral o escrita, salpimentando la cruda realidad.
Hoy, a la distancia, rememoro aquella historia que me contó mi abuelo, sobre todos los retoños del roble de Guernica diseminados por el planeta, y sus raíces entreveradas sosteniéndose entre sí y sosteniendo así la vida y el mundo, pese al horror, que nunca cesa. Y pienso que por fuerza tiene que ser verdad, porque si no, cómo se explica que, desde que nací hasta hoy han azolado el planeta Vietnam, Irak, Medio Oriente, las Islas Malvinas, El Golfo, Ucrania, Gaza… podría seguir, pero creo que se entiende ¿no? ¿Cómo se explica todo eso y más, a lo largo de los últimos 65 años, si no es porque el roble de la plaza Centenario y todos sus hermanos, porfiados, sostienen subterráneamente el planeta, respondiendo siempre con el milagro de la vida ante tanta muerte? Atlas García
