Día Mundial de las Cooperativas - Jesús Cardozo, histórico del cooperativismo villamariense, contó sobre su vida y experiencia aquí, y desde años, en el noroeste del país

“Quien aprende a perder, aprende a ganar muchas cosas”

Un ser humano que ha dedicado su vida a los otros y otras, pensando siempre formas de traerle dignidad a la gente a través del trabajo y la educación, ya sea creando cooperativas o capacitando para crear la realidad de la construcción colectiva

La vida del villamariense Jesús Rubén Cardozo, coordinador general -desde hace casi 20 años- de Consultora Regional de Economía Social Comunidad Argentina (Cresca), y una de las figuras más importantes del cooperativismo local y regional, así como desde hace unos años en el noroeste del país, da para escribir un guión y luego filmar la película.

“Nací en 1959, y lo hice perdiendo, porque a los días de nacer perdí a mi madre. Luis Julián, mi padre, trabajador de la Fábrica Militar, se hizo cargo de mis hermanos y yo. Luego una tía, Mercedes, hermana de mi papá, me crío, y ella fue el cobijo perfecto de aquel niño que llamaban el ‘Guachín o el Guacho’; con el primer apodo sentía cobijo, con el segundo me ponía en guardia”, señaló Jesús.

Se crió entre el barrio Rivadavia y en el San Justo, y estudió en la escuela General San Martín. La calle fue una escuela de vida  para él, donde conoció los bares de muy joven, pero al mismo tiempo, la dignidad del trabajo. Desde muy chico lo hizo y aprendió la importancia que tiene, sobre todo, cuando la solidaridad y lo social se entremezclan en lo que coloquialmente se llama “laburo”.

“En la vida hay algunos tutorados que muy importantes, y yo los tuve. Como mi tía, que me dio un gran aprendizaje, y me dijo una vez: “Aquel hombre que aprende sus dones, va a ser libre y solidario a la vez”, que fue la base de lo que vino después en mi vida, cuando el cooperativismo se cruzó en mi camino. Y otras de las cosas que aprendí en mi infancia, es que quien aprende a perder, aprende a ganar muchas cosas en la vida, y no hablo de cosas materiales, sino de cosas más importantes”, indicó.

Jesús contó que comenzó a tomar desde muy chico, y que es un alcohólico recuperado desde los 24 años. Por estos problemas terminó el secundario en un internado de Morrison, donde “recuperé mi vida”, donde se destacó en varios deportes, y aunque el alcohol lo acompañó unos años más, fue siempre el trabajo lo que dignificó su camino hacia el lugar que el destino le tenía reservado.

 

Nunca estarás solo

Trabajó años en la Municipalidad de Villa María, primero como recolector de residuos, luego en la ordenanza como cafetero, y tras hacer el servicio militar, comenzó a estudiar Ingeniería, y aunque no terminó, aprendió el gusto por enseñar, y de ahí hizo el profesorado en Ciencias Económicas en el Rivadavia, “donde aprendí esa máxima del cooperativismo que dice ‘nunca un hombre solo’; y de hecho conocí a la mujer de mi vida, Zulma Grosso, y seguimos juntos”.

Cardozo no reniega de lo que vivió, ni de lo bueno y ni de lo malo. Y dentro de lo bueno fue cruzarse en el camino de Juan Espíndola y Eduardo Marzolla, dos leyendas del cooperativismo local, que fueron sus mentores, “que fueron personas que vieron mi potencial y mi debilidad, y me invitaron para seguir estudiando en Rosario, la licenciatura en Cooperativismo en la Universidad Católica de Santa Fe, con un grupo de colegas, y de allí regresé en el Tribunal de Cuentas de la Villa.

“Abracé la libertad aceptando mi problema de alcoholismo, y comenzó de verdad mi vida. Hace 29 años de eso. Y el cooperativismo fue fundamental para reencaminar mi camino. Creo que el grupo de Alcohólicos Anónimos, fue también importantísimo, porque estos también funcionan desde lo colectivo, la cooperación y la solidaridad. Y la gente de ahí, gente que lo había perdido todo, me enseñó cosas que me han servido en el concepto de cooperar, como  saber que nadie es más que nadie, que tenemos que dar sin esperar nada a cambio, hacernos cargo de las cosas que tenemos que hacer y ser honestos con los demás y con uno mismo. Por eso somos seres sociales, por eso nos construimos con el otro, porque el otro me complementa, y yo a él”, señaló.

 

Cooperar en Villa María

Cardozo trabajó en las intendencias de Pizzorno, Cabezas y Veglia “y yo trabajé tanto con peronistas, que lo soy, y radicales. Pero eso me permitió saber que pensar diferente no hace imposible trabajar juntos por la comunidad. A mí siempre me respetaron en las diferencias. Fueron etapas donde me capacité, trabajé con los presos, alfabeticé y eso me llevó a ser muy firme en mis ideas. Ya lo dice el primer principio del cooperativismo, que es adherir libre y voluntariamente, lo que permite estar con el diferente y construir cosas muy lindas juntos. En este tiempo comencé con el doctor Langer a trabajar el tema cooperativo, por ahí de los 27 años, con los primeros experimentos cooperativos en el país, y donde pude poner en la práctica todo lo teórico que había aprendido”.

“También tuve la oportunidad de trabajar en los barrios con la doctora Marta Zandrino, que estuvo en La Perla, y en el Hospital con Carlos Gagliano con personas con problemas de adicción.  Para mí el cooperativismo,  se asemeja a la doctrina de la iglesia y la peronista, es vivir la esperanza no como algo que va a venir, sino como una esperanza en acción. Yo trabajo todos los días, pienso en cómo hacer que la dignidad llegue a alguien. Por eso a finales de los 90 renuncié al municipio, el primer retiro voluntario, y me fui a realizar esto que he hecho, y que es la cooperación desde una visión integral.

 Cardozo, dijo, también, que hay tener cuidado porque mucho cooperativismo se corporativiza, y que muchas cooperativas tiene un discurso muy cruel, “y no llevan a la acción concreta el ser solidarios, de estar con los asociados, de que la educación y las capacitaciones deben ser una prioridad. Así lo hicieron los pioneros del cooperativismo, y en eso soy muy crítico, porque una cosa es el discurso, que a veces es peor que uno capitalista, y otra distinta a la acción de la solidaridad colectiva”.

 

La experiencia Cresca

“Cuando le comenté a Espíndola y a Marzolla, que habían estado dando capacitaciones en una escuelita en la localidad de Chaquiago (Catamarca), me entró el bicho y decidí ir para allá. Fue una decisión drástica, pero trascendental, porque la vida no es para cagones. Así fue que llegué allá como educador, con mi esposa docente, dos hijos, a una escuelita cooperativa. Ahí se comenzó a forjar el sueño de Cresca, y encontré mi lugar en el mundo, movilizando a mucha gente a través del trabajo, donde armé primero un proyecto, en 1988, que se llamó ‘La solidaridad: herramienta para inclusión social’ cuando nadie hablaba de eso, llevando las ideas cooperativistas y mutualistas, algo que hice hasta 2018”, contó.

Comentó que para crear Cresca se necesitó de mucha gente con ganas de cooperar “porque la cooperación no es una dádiva, sino un esfuerzo colectivo pensando en el bien común. Somos un grupo de muchos profesionales de todos los puntos del país, y hemos trabajado en Chile, Perú y Colombia. Hacemos un trabajo muy territorial, como el que ahora estamos haciendo enfocado a la interterritorialidad con los pueblos originarios, con todos los conflictos que tiene en lo institucional y cultural así como de desarrollo y producción. Es decir, el cooperativismo se trabaja cuerpo a cuerpo con la gente, no desde un escritorio -aunque también se da este trabajo, obvio-, reflexionando con las personas de cada territorio y de acuerdo a cada problemática y necesidad que tienen, luego accionar para retroalimentarnos mutuamente, como decía Pablo Freire ‘reflexión y acción para transformar al mundo’. Todo mundo habla de la educación cooperativa, pero pocos la saben hacer, porque debe ser un abastecimiento para la construcción colectiva”.

Sobre el momento actual y dónde situar las cooperativas en medio de la crisis dijo:  “Primero debe haber un drenaje dirigencial frente al espacio que deben tener las nuevas generaciones. En Cresca, salvo yo, nadie supera los 35 años. Los dirigentes grandes deben saber que no son los sabios todopoderosos, y que los chicos tienen una visión tan o más inteligente que ellos. Hay que generar propuestas en el cara a cara con la gente, trabajar e involucrarse en el territorio, porque si no es pura retórica. Mucha gente me llama, incluida la de Villa María, para armar cooperativas, pero muchos de ellos no tienen idea de lo que es conocer el territorio y trabajar con la gente. Las cooperadoras no pueden fallar, nadie puede robar, ni que el ego de uno se floree sobre el otro. La clave está en la humildad y la transparencia, no como una declamación, sino como una acción concreta de construir la dignidad del otro, mía, de todos. Porque donde hay un espacio de construcción colectiva, hay un espacio de libertad de pensamiento en la diferencia. No se trata de cambiar la cabeza del que piensa distinto, sino que cada uno pueda expresar lo que piensa y siente, sin insultos, encontrando soluciones para la comunidad”, expresó.

Y por último, contó sobre un proyecto que tiene, y que quiere traer a la ciudad, que se trata de un espacio de educación no formal.  En Villa María siempre se habla del conocimiento desde lo formal, pero nunca se valoraron los espacios no formales. En los 50, 60 y 70 hubo dirigentes sociales y barriales, hasta el mismo Antonio Sobral, que iba a los barrios, al territorio, donde se construía el espacio del arte y la cultura, pero en la calle, no en intramuros. Por eso lo disruptivo sería hoy, cómo a través de las cooperativas se puede educar y formar a los centros vecinales, a los dirigentes, a los jóvenes, a los 13 municipios del Departamento General San Martín, con gente de las cooperativas. Hacer, como hacemos en Cresca, que cada espacio de laburo es un espacio de educación no formal, que permite a la gente que valore su saber de forma abierta, en la acción, lejos de los archivos donde la educación formal los guarda, porque así no se puede transformar nada”.