Cooperativas Agrícolas - Juntos los apicultores, cerealeros, ganaderos, lecheros, vitivinícolas y avicultores
Origen de la asociación entre los productores del campo
La tierra fue y es el escenario, desde siempre, de las mayores esperanzas de los argentinos. Pero también fue el ruedo donde afloraron, durante muchos años, las desigualdades sociales. El movimiento cooperativo formó a los campesinos, los alentó en la lucha e, incluso, llegó con créditos y estímulos para no bajar los brazos ante las inclemencias de la naturaleza y los despojos que impusieron los terratenientes a los pequeños y medianos productores. Desde siempre se multiplicaron las cooperativas agrícolas-ganaderas. Estos fueron sus orígenes
La historia del desarrollo de la economía social en Argentina también comprende el gran aporte brindado a un sector nodal del desarrollo en Argentina, cual es la producción y el trabajo en el campo.
En el sector rural, la primera experiencia parece haber sido una empresa apícola llamada “El Colmenar”, creada por dos naturalistas franceses en Paraná, en 1865. También puede considerarse entre las precursoras a la Sociedad Cooperativa de Seguros Agrícolas y Anexos Limitada.
Mientras tanto, un dato muy relevante es El Progreso Agrícola, de Pigüé, en la provincia de Buenos Aires, fundada en 1898 y que aún continúa operando, ahora bajo el nombre “El Progreso Agrícola Cooperativa de Seguros Limitada”.
Cooperativa israelita
En 1900, un grupo de colonos judíos traídos al país por la Jewish Colonization Association fundó en Basavilbaso (Entre Ríos) la primera cooperativa estrictamente agraria del país: la Primera Sociedad Agrícola Israelita Argentina, que posteriormente cambiará su nombre por Sociedad Agrícola Lucienville Cooperativa Limitada. La misma sirvió de modelo para las llamadas cooperativas mixtas que poblaron la zona cerealera del país.
Las operaciones económicas de la entidad fueron inicialmente modestas: encaró la adquisición de bolsas vacías e hilo sisal para envasar la cosecha y poco después la comercialización de pequeñas cantidades de cereales.
Simultáneamente, apuntó también a otros aspectos comunitarios, tomando a su cargo la realización de actos culturales, la organización de un centro teatral de aficionados y la formación de una biblioteca. En 1910, construyó un amplio hospital zonal, que años después entregó a una sociedad sanitaria creada a tal efecto.
Tiempos duros
A esta entidad le siguieron el Fondo Comunal de Villa Domínguez (1904); la Unión entre Agricultores, de Urdinarrain (1908); y Palmar Yatay, de Ubajay (1916), en la provincia de Entre Ríos; la Mutua Agrícola de Moisesville, Santa Fe (1908); Granjeros Unidos, de Rivera, Buenos Aires (1924); y El Progreso, de Bernasconi, La Pampa.
Los primeros años de vida de estas cooperativas fueron muy duros por las dificultades propias de la economía de las colonias, pero también por las trabas que les pusieron las empresas acopiadoras y comercializadoras.
Cuando el Fondo Comunal quiso hacer la primera venta, a base cooperativa, almacenando los cereales en los galpones ferroviarios -únicos disponibles a estos efectos-, se encontraron con que todos ya estaban asignados a particulares, cosa no común hasta aquel entonces.
Fue necesario pedir por teléfono a Gualeguaychú que envíen los elementos para armar un galpón al lado de las vías. La construcción del galpón fue dilatada al máximo por el jefe de estación que lógicamente, estaría en connivencia con los acopiadores habituales.
Algo parecido pasó con una compra de bolsas (...) el Fondo Comunal hizo la compra directamente en fábrica. La pagó y esperó su llegada para distribuirla entre sus socios que ya tenían la cosecha a punto de “levantar”. Pasaron los días, que se hicieron semanas y las bolsas no llegaron. Tuvieron que salir con la carta de porte, a recorrer estación por estación, para encontrar el vagón que las transportaba en una vía muerta. Es de imaginarse quienes lo hicieron desviar.
Todas las entidades mencionadas fueron creadas a partir de la acción difusora de un grupo de dirigentes comunitarios de las colonias judías, entre los que se destacaron Miguel Sajaroff, Miguel Kipen y David Merener. Conocedores del sistema cooperativo observado y practicado en Alemania y Rusia, llegaron al convencimiento de su necesaria introducción en las colonias desde dos vertientes ideológicas diferentes: el idealismo tolstoiano y el socialismo.
En una carta dirigida a Sajaroff en 1909, Merener afirmaba: “Tenemos que pasar a una vida más justa, en que los intereses de todos los compañeros sean los de cada socio en particular y en que los intereses de cada uno sean contemplados como cosa de todos. Nuestras dificultades económicas no devienen solamente del hecho de que se nos cobra muy caro lo que consumimos, o de que se nos suele pagar por la producción menos de lo que vale, sino que en ambos casos las mayores ganancias quedan en manos de quienes están situados superfluamente entre los dos factores: productores y consumidores.
Por ello, el productor y el consumidor deben hermanarse, vincularse directamente, crear en primer lugar una gran familia de cooperativistas en el país y unirse más tarde también con otros compañeros de allende las fronteras de la República, a quienes se enviaría la producción en naves cooperativas que cruzarían los mares y traerían, al regresar, en trueque, los productos e implementos que los cooperativistas de otras latitudes elaborasen y crearan. De esta manera, las personas y los pueblos se unirán bajo la bandera del cooperativismo, que es la justicia e igualdad de todos”.
Además de ser un centro para la actividad económica, estas cooperativas se convirtieron en un punto de reunión, de encuentro, al que se concurría no solo por necesidades materiales, sino también a conversar, a tomar una copa, a intercambiar opiniones con los conocidos: se transformó, como la estación del ferrocarril, la sinagoga o la escuela, en un centro de actividad social.
Fruta, vino y leche
Desde una lógica diferente, que privilegiaba la actividad económica sobre la social, en 1904 se había fundado la Liga Agrícola Ganadera, en Junín (Buenos Aires), la primera de las cooperativas agrícolas “puras” o autónomas, llamadas así por no tener vinculación con otras instituciones.
Entre las cooperativas dedicadas a producciones industriales, en 1905 se creó la primera cooperativa algodonera, la Sociedad Cooperativa Familiar de Margarita Belén (Chaco), continuadora de la Sociedad de Colonos Agricultores de Colonia Benítez y Margarita Belén, fundada en 1897; en 1913, se constituyó la primera cooperativa vitivinícola en Río Negro, llamada Cooperativa Limitada de la Colonia Roca, con sede en la localidad de Allen; y en 1915, nace la primera cooperativa frutihortícola en Concordia (Entre Ríos).
En cuanto al cooperativismo vinculado a la producción láctea, en 1909 se fundó en el paraje de Colonia La Nueva, distrito Humboldt (Santa Fe) la Sociedad Cooperativa de Cremerías Limitadas Unión La Nueva, de irregular funcionamiento, y en 1918 se creó la Sociedad Cooperativa de Lechería de Zavalla (Santa Fe), decana del cooperativismo tambero argentino.
Integración
Muy tempranamente, el cooperativismo agrario inició un proceso de integración cooperativa que lo llevó a crear federaciones y/o cooperativas de segundo grado.
La primera fue la Confederación Entrerriana de Cooperativas, fundada en 1913, que, si bien tuvo una vida muy breve, fue reconstruida en 1930 con el nombre de Federación de Cooperativas Entrerrianas.
En 1922, nació la Asociación de Cooperativas Rurales de Zona Central, en Rosario, que cambió posteriormente su nombre por Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) y, en 1928, se creó la Unión de Cooperativas Limitada San Carlos, que agrupaba a cooperativas tamberas.
