Desde los orígenes del movimiento solidario a la sanción de la primera Ley del Cooperativismo

Historia con dos objetivos: liberarse de la explotación y enfrentar el accionar del autoritarismo oligárquico

Como todo inicio de proyectos, sobre todo cuando se trata de movimientos sociales, se hizo muy cuesta arriba la formación de organismos solidarios cooperativos. De todas maneras, dirigentes europeos que llegaron a la nueva tierra para escapar de las persecuciones a las que fueron sometidos en el Viejo Mundo fueron verdaderos “predicadores” de ideas nuevas, al menos por estos lares, para sobrellevar las enormes dificultades de quienes huían del miedo y se enfrentaban con lo desconocido. Debieron crecer de urgencia. Debieron escribir una historia nunca pensada por ellos…, pero hicieron frente a las necesidades de la época, aún empobrecidos, pero con la seguridad de quienes supieron qué hacer con el presente para construir un futuro digno. Y la dignidad llegó de la propuesta de la asociación cooperativa bajo la fórmula: unirse, entenderse y luchar para construir solidaridad. Fueron los orígenes del cooperativismo en Argentina, fundado en la sapiencia y el convencimiento de aquellos enormes promotores que supieron tender el camino hacia el desarrollo a través de la fraternidad

 

Las primeras experiencias cooperativas en Argentina se desarrollaron a partir de las últimas décadas del siglo XIX y estaban vinculadas, como se expuso en las páginas 6 y 7 de este suplemento especial, fundamentalmente a la entrada masiva de inmigrantes europeos requeridos como mano de obra “barata” por el modelo económico (agroexportador) impuesto en el país a partir de la organización del Estado argentino y por mandato del imperio del momento, Inglaterra, cuando implantó la División Internacional del Trabajo.

 

Nuevas ideas

Ellos aportaron no solo técnicas y procedimientos de trabajo, sino también tradiciones y formas de organización mutuas que introdujeron las ideas de solidaridad y cooperación a través de instituciones en que se agrupaban por nacionalidad, colectividad, fe religiosa, clase social, oficio o actividad.

Estas organizaciones comunitarias les servían a los inmigrantes para agruparlos, mantener viva su cultura de origen, representarlos ante el Estado y otros sectores sociales, brindarles acceso a servicios sociales y educativos y construir liderazgo para las asociaciones, sindicatos, entidades mutuales y solidarias, y partidos políticos de la clase obrera.

Pese a sus intentos, el Estado oligárquico no pudo penetrar esas organizaciones, que expresaban valores y actitudes muy diferentes al autoritarismo y al paternalismo predominante en la vida sociopolítica argentina

La participación en estas instituciones era valorada por diferentes sectores sociales y desde diversas fuentes ideológicas que compartían la concepción de que eran una manera de construir una sociedad libre, moderna, democrática y solidaria.

 

Hermandad humana

Desde las corrientes del pensamiento vinculadas al socialismo y al anarquismo se las concebía, además, como una escuela de fraternidad humana.

En este último grupo se encuadraban algunos inmigrantes que venían con experiencia en la organización de actividades políticas y sociales y conocimiento de las ideologías revolucionarias desarrolladas en Europa durante el siglo XIX.

Entre estos, se destacaron como difusores de los valores u organizadores de emprendimientos cooperativos el francés Alejo Peyret, el catalán Bartolomé Victory y Suárez y el alemán Germán L’Allemant, quienes llegaron a nuestra tierra buscando mejores posibilidades de desarrollo o huyendo de la represión desatada en sus países en contra de los intentos de transformación social.

Al analizar las características de las incipientes entidades cooperativas argentinas, se observa que corresponden a dos tipos de experiencias diferentes: un grupo de las mismas fue creado por sectores obreros con el fin de liberarse de la explotación capitalista o, por lo menos, atenuar sus efectos; mientras que otras fueron promovidas por integrantes de las capas medias y la pequeña y mediana burguesía con el objetivo de buscar soluciones a sus problemas sociales y económicos y poder desarrollar su actividad comercial o industrial.

 

Los aprovechados de siempre

Por otra parte, hay que tener en cuenta que, hasta la sanción de la primera Ley de Cooperativas, en 1926, entre las sociedades que ostentaban la denominación de “cooperativa” hubo algunas que lo eran realmente, otras que cumplían parcialmente los principios rochdaleanos y un gran número que eran simples empresas lucrativas.

En algunos casos, esto se debía a la falta de conocimiento sobre el tema, pero en otros muchos a un intento de aprovecharse de una seudofinalidad social.

Esto era posible porque la normativa legal, vigente desde 1889 a partir de la reforma del Código de Comercio, era muy pobre en la caracterización institucional y aceptaba que las cooperativas se establecieran bajo cualquiera de las formas societarias mercantiles, favoreciendo la confusión y que se usara la denominación sin serlo.

Según las escasas y poco confiables fuentes estadísticas, hasta comienzos del siglo XX se habían desarrollado poco menos de 60 entidades cooperativas, llegando a ser 206 entidades con 118.945 asociados en 1924.

 

Hace 145 años Alejo Peyret arengó a los entrerrianos - “No basta amarse: es necesario unirse, entenderse y asociarse”

Hace 145 años, en 1878, el dirigente socialista Alejo Peyret afirmó, en un acto en conmemoración de la fundación de Colonia San José (Entre Ríos), lo siguiente:

“No basta fundar una colonia en un punto dado y abandonarla a sí misma. Al cabo de algunos años verán reproducirse en su seno los vicios sociales del Viejo Mundo agregados a los inconvenientes del nuevo: es decir, la ilegalidad, la usura y la explotación del hombre por el hombre.

Quisiera, pues, que hubiera en las colonias instituciones cooperativas y bancos de crédito agrícola para proveer de capitales en módicas condiciones a los trabajadores rurales; y ponerlos así al cubierto de un probable desalojo (...).

Quisiera que hubiera depósitos de cooperativas donde el agricultor pudiera guardar su cosecha y esperar el momento de poder venderla a buenos precios (...).

Quisiera que hubiera cooperativas que provean a los socios colonos a “precio de costo” todos los artículos de consumo local (...).

Quisiera que hubiera fábricas cooperativas para el aprovechamiento de los productos agrícolas (...).

Amaos los unos a los otros, dice el evangelio.

Pero no basta amarse: es necesario unirse, entenderse y asociarse para sobrellevar con más facilidad la carga de la vida. La fe transporta las montañas e inunda los valles, dice también el evangelio.

¿Cuál es esta fe todopoderosa? Es la fe de la solidaridad social, de la fraternidad humana”.