Día del Bombero Voluntario
Héroes de hoy y siempre
En este día, y a poco de cumplirse 40 años de su desaparición, en este suplemento dedicado a quienes lo dan todo no podía faltar quien, por su grandeza, supo ganarse el corazón, no de una ciudad, sino de una provincia. Uno de sus hermanos y tres amigos del Mula, que ingresaron casi de niños al Cuartel, recordaron al entrañable bombero.
En un relato sólido y cargado de minuciosos recuerdos, a veces interrumpido por la emoción y con alguna lágrima que se escapaba, cada uno de ellos describió a su amigo, a su compañero, a su jefe, al indiscutido líder cuya memoria perdura en el tiempo, y también al hermano. Lo definieron como un visionario, un joven con una fuerza avasallante, que fue tanta y tan fuerte, que era imposible que no dejara su huella imborrable. Capaz de construir autobombas y lanchas con motores de avión, de treparse como un gato a la antena más alta y de llevar un tubo de oxígeno a un enfermo, lleno de audacia y coraje, pero también de humildad y entrega, su figura se agiganta en las palabras de sus amigos, en sus recuerdos.
También los héroes de hoy están presentes en estas páginas a través de las voces de sus familias, porque en ellos también habitan la vocación de servicio y los grandes sacrificios.

Bomberos Voluntarios de Villa María - Juan Carlos Mulinetti, por Roberto Amici
Un tipo de ideas claras
Yo conozco al Mula desde afuera de Bomberos, pero ya en el Cuartel, nosotros, con él y un grupo muy chiquito, éramos los más jóvenes y empezamos la carrera bomberil juntos.
El Mula era un tipo de ideas claras, de ideas que se podían plasmar, realizables, y de ahí empieza a convertirse en el líder que todos seguimos. Al ser líder, era nuestro amigo, nuestro guía, nuestro consejero, nuestro compañero. Y comienza una nueva etapa en el Cuartel, formándose, teniendo respuesta de trabajo inmediata, por ejemplo, hicimos una de las grandes obras de Mulinetti, que fue una autobomba, sin que ninguno de nosotros fuera ingeniero. Era la habilidad que tenía el Mula, de preguntarle a uno, a otro. Y era una autobomba que fue un lujo para el Cuartel, era la Unidad 19, pero la llamamos “La Liebre”, porque era rapidísima.
Hasta en eso el Mula era un visionario, porque estamos hablando más de 50 años atrás, y los camiones tenían 15, 20, 25 mil litros de agua, y los incendios se apagaban por sofocación y enfriamiento. La Liebre tenía un sistema de manguera más chiquita, a presión, se tiraba menos caudal de agua y ahí empieza el cambio rotundo de Bomberos.
El Mula llega al Cuartel igual que todos nosotros, con una ilusión, con esa predisposición para ayudar a los demás, y, como dije antes, con la particularidad de que era un hombre joven que tenía ideas claras, realizables. Nosotros teníamos entre 18 y 20 años, y la jefatura era mucho mayor, eran los fundadores del Cuartel, entonces el Mula, con la fuerza que da la juventud, con la audacia y el coraje que tenía, inmediatamente se transforma en líder, y transmite el amor que él sentía por esta vocación. A la vez, esa vocación lo lleva a tener servicio, respuesta de trabajo. De esta manera, comenzamos a hacer todas las tareas que necesitaba o que se pudiera para la emancipación del Cuartel, para el crecimiento de nuestra casa, porque para nosotros es nuestra casa, tenemos sentido de pertenencia. Queríamos que fuese la más linda, queríamos que fuese el mejor Cuartel del interior del país y gracias a Dios y a quienes están ahora, lo han logrado. Pero trabajamos muchísimo en insertarnos en la sociedad.
No solo construimos una autobomba en el Cuartel, también hicimos una lancha de pantano. No sabemos de dónde sacó la idea el Mula. La lancha tenía la particularidad de tener las quillas hacia arriba y le pusieron el motor de un avión Pepper y la hélice, también de avión, para que se desplazara. La idea del Mula era hacer ese tipo de embarcaciones para la búsqueda de los desaparecidos en el río. Para esos emprendimientos tuvimos ayuda externa de algunas empresas que, por ejemplo, aportaban el revestimiento de lana de vidrio, pero la idea madre nace en el Cuartel y se hace en el Cuartel. Todo hacíamos ahí.
Sueños de noches de mate y cigarrillo
Una vez me preguntaron qué es un bombero, y yo dije “es un loco que da su vida por un simple gracias o algo menos”. Nosotros estábamos dispuestos a hacer todo, a dar todo, por eso dimos nuestra juventud, nuestra adultez y hoy parte de nuestra vejez a esta hermosa vocación que se llama Bomberos Voluntarios y que te enseña a servir. Porque la vida no es ser importante, sino ser útil, y nosotros queríamos ser útiles. Y teníamos todas las armas porque éramos jóvenes, porque teníamos a un tipo audaz como el Mula, un visionario como fue él. Digo que fue un visionario porque él entendió que en el río, que hace muchos años generaba muchas víctimas, había que poner bañeros, guarda costas, para reducir la accidentología. Y ahí empezó a pelear con las autoridades para conseguir que lo pagara la Municipalidad, y se hizo un convenio. Todo eso llevó tiempo y esfuerzo, pero lo logró.
En nuestro Cuartel tenían un cuerpo de nadadores, al que tuve la satisfacción de pertenecer, él lo perfeccionó, al punto que los transformó en buzos. Aprendimos a bucear, además de rescatar. Y ese incentivo permanente de Mulinetti de ir por más, por descubrir cosas, nos lleva, por ejemplo, a ser el primer Cuartel del interior del país que hace rescate en altura. Nos colgábamos con una soga, primero, en el patio del Cuartel, después del techo, y así hasta que llegamos al edificio del Círculo Médico, en la calle Buenos Aires.
En el Mula se conjugaban las dos cosas más maravillosas que tenía: su vocación de servicio y las ganas de crecer, y él quería crecer permanentemente. Lo más maravilloso en él es que era un hombre que no tenía escuela, o sea, tenía lo mínimo indispensable, pero él entendió que los bomberos teníamos que tener respuesta de trabajo y para eso debíamos hablar el mismo idioma, entonces, en nuestro Cuartel nació la primera escuela interna de capacitación bomberil. Pero como era un visionario, quería pasar su conocimiento a todos, entonces nació la escuela de capacitación provincial que hoy lleva su nombre, que es el Centro de Capacitación Juan Carlos Mulinetti. Eso nació aquí, en un sueño que compartíamos en esas noches de mate y cigarrillos en un cuartito en el altillo del Cuartel. Éramos un grupo de jóvenes de entre 17 y 21 años, que teníamos la misma ilusión, la misma fuerza, el mismo anhelo en común: queríamos ser los mejores. Y luchábamos para eso con un líder nato, un amigo, un consejero, un compañero, que a veces lo veíamos como si fuera mucho más grande, y era de edad la nuestra. Además, él tenía tiempo para escucharnos.
El legado de un grande
Daba la firmeza de lo que quería hacer. A veces sus ideas comenzaban con una cartulina, con un dibujo sobre lo que tendríamos que hacer, por ejemplo, para rescatar un caballo. Si para eso se necesitaba un trípode, preguntábamos cómo se hacía a quien sabía, y hacíamos cualquier cosa, luchaba hasta que conseguía lo que necesitábamos. Nosotros no nacimos equilibristas, y tuvimos que aprender a hacer equilibrio para deslizarnos en una cornisa para hacer rescate; no nacimos médicos, y tuvimos que aprender primeros auxilios, y por ahí Dios nos premió asistiendo a un parto; no fuimos psicólogos, y tuvimos que encontrar las palabras justas en el infortunio para los nuestros y para aquellos que lo sufrieron, pero ese legado lo recibimos del más grande, que fue el Mula, que recogió el guante de nuestros fundadores y lo elevó.
Gracias a Dios, tuvimos la suerte y compartir muchísimas cosas, buenas y malas, pero siempre unidos, con una sola meta, servir, crecer, tener respuesta de trabajo. Esa fue nuestra ilusión. Hoy, en mi vejez, cuando miro para atrás, veo a ese niño que yo llevaba cuando tenía 12 o 13 años, mi hijo, Lucas Amici, que hoy está compartiendo la Jefatura de Bomberos.
La vida me quitó un amigo, nos falta esa palabra, mirar hacia el costado y saber que él estaba y que estábamos seguros; que había uno que se iba a jugar por nosotros y que era recíproco, porque nosotros también lo íbamos a hacer por él, pero teníamos esa seguridad, el amigo, el maestro, estaba cerca. El hombre que se ganó el corazón de cada uno de nosotros. Para mí, su partida fue una de sus tantas locuras, se adelantó, seguramente para que cuando nosotros lleguemos allá, nos diga: “dale pibe, te estaba esperando. ¿Sabés lo que vamos a hacer acá?” Ese era el Mula.
Roberto Amici
