A 53 años del Cordobazo
La rebeldía, una herencia de todos
En un nuevo aniversario, Malvina Tosco, la hija del referente del sindicato de Luz y Fuerza, Agustín Tosco, que lideró junto a otros las protestas en 1969, habla sobre aquellos días, recuerda a su padre y el proyecto de país por el que luchóA finales de los 60, a una cuadra y media de la ruta nacional 20, en barrio Los Naranjos, al suroeste de Córdoba, había una casa con una biblioteca y una chica -de no más de 6, 7 u 8 años- que veía a su padre leyendo todo, absolutamente todo: al médico y psiquiatra y docente José Ingenieros, por ejemplo, al economista y filósofo Karl Marx, por ejemplo, o las recetas para preparar un té porque duele la panza, por ejemplo. Esa chica lo miraba a su padre, además, escribiendo a máquina, charlando con gente más grande, jugando al ajedrez y escuchándolo cuando él le explicaba los movimientos de las piezas. Esa chica, ahora, es una mujer de 60 años y se llama Malvina. El hombre, su padre, a finales de los 60, tenía casi 40 y se llamaba Agustín. Agustín Tosco.
Hijo de emigrantes campesinos de la región del Piamonte -en Italia-, Agustín Tosco nació y se crió en Coronel Moldes, un pueblo que está a unos 300 kilómetros de la capital, donde sus padres le hablaban en piamontés y donde, se dice, eso le trajo algunas dificultades en la primaria.
Dicen, por otra parte, que era alguien que se preocupaba por los demás.
Dicen, por otra parte, que era un chico tímido. Y como dicen de los tímidos, dicen que se puso a leer.
Después, mucho tiempo después, no hace falta pensar o discutir si lo que se dice -que era tímido y que leía- es, o no, así. Porque él dijo cosas como estas: que no solo lucha contra la injusticia, quien la padece, sino también quien la comprende. Yo no sé, exactamente, qué hace falta para decir algo así, algo que parezca que pudo haber sido dicho por cualquiera, pero que al mismo tiempo no pueda ser dicho por nadie más, algo que sobreviva al silencio.
El secundario lo cursó en Córdoba, en el Instituto Provincial de Educación Técnica (IPET) 48 Presidente Roca y fue presidente del centro de estudiantes. Luego, mientras trabajaba en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC), se inscribió en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). En el medio, le tocó el servicio militar obligatorio y, al regresar, abandonó los estudios y se dedicó a la actividad sindical.
A los 19 era subdelegado del gremio de Luz y Fuerza. A los 20, delegado. Todavía faltaban veinte años para el Cordobazo, pero Agustín Tosco ya tenía convicciones.
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Es una mañana fría y, por teléfono, Malvina Tosco dice algo que suele repetir: “Cada 29 de mayo mi papá nace y cada 5 de noviembre mi papá muere”. Su papá es el padre cariñoso, es el padre sindicalista, el padre perseguido, el padre que muere en la clandestinidad. El padre es el padre humanista, el que encuentra en el sindicalismo las herramientas para reivindicar los derechos de los trabajadores que lo elegían para que los representara. Es el padre que peleaba por un proyecto de país que incluía salud pública, educación pública, con jubilados bien pagos, con niños que tuvieran todas las necesidades básicas cubiertas. Es el padre que hablaba de una Patria soberanamente libre, económicamente libre, que tomara sus decisiones, que no dependiera del Fondo Monetario Internacional (FMI). Es el padre que pensaba en un país en el que no solo existiera la materia prima, el grano, el campo y el campo, sino que también fuera industrializado para que hubiera posibilidades de progreso y desarrollo. Es el padre que pensaba en un Estado que no debe desaparecer porque un país grande y fuerte tiene un Estado grande y fuerte.
Esta mirada, estas ideas: una herencia.
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“Siempre tuve miedo, hasta el día que se murió. Era tan tan tan perseguido que teníamos esa duda, esa espina, cómo decirte; a él no le iban a perdonar todo lo que hacía para la sociedad”, dice Malvina Tosco -que además tiene un hermano menor llamado Héctor- sobre aquellos días, los de finales de mayo de 1969, los días del Cordobazo contra la dictadura de Juan Carlos Onganía que eran, a la vez, los días previos y los días posteriores porque los hechos son, ante todo, su contexto: sus causas, sus consecuencias.
La gente es su contexto, las ciudades son su contexto: en Córdoba, desde 1930, la industrialización era vertiginosa. En el 57 ya había fábricas y fábricas, una buena parte se especializaba en autos y los laburantes empezaban a instalarse en los sectores cercanos. A la ciudad le decían, de hecho, la Detroit argentina. Algunas plantas eran la de IKA (que pasó, después, a ser propiedad de Renault) y las tres del Grupo Fiat. El Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA), con Elpidio Torres como secretario general, era el gremio más importante. Los otros dos sindicatos que tenían espalda eran la Unión Tranviarios Automotor (UTA), conducida por Atilio López, y Luz y Fuerza, con Agustín Tosco como referente.
La otra movida era la estudiantil: en Córdoba está la universidad más antigua del país, fundada en 1613 -tiene 408 años-. En los 60, muchos de los estudiantes vivían en barrio Alberdi, alrededor del Hospital de Clínicas, donde estaban las pensiones. A la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) la manejaba Carlos Scrimini, del Partido Comunista y, por ese entonces, una de las políticas del alumnado argentino, y principalmente cordobés, era la unidad obrero-estudiantil.
Entonces, cuando la dictadura de Onganía sanciona el 12 de mayo la Ley 18.204 y establece un régimen de descanso semanal uniforme que garantizaba el descanso continuado a partir del sábado a las 13 (conocido como sábado inglés) y todo el domingo, con una jornada semanal de 48 horas, en Córdoba ya había una estructura para responder a eso porque, en la provincia, una ley de 1932 ya decía que la jornada semanal era de 44 horas y ni se les ocurra venir con cuatro más. A los metalúrgicos, además, les tocaban unas “quitas zonales”: los empresarios podían, por autorización de la dictadura, hacerles descuentos en el salario, por lo que se pactaba en las convenciones colectivas nacionales.
Entonces, empezaron las huelgas en Córdoba y en otras ciudades: el Correntinazo y el Rosariazo, por ejemplo, donde asesinaron a dos estudiantes.
Entonces, en Córdoba, el lunes 26 de mayo se organizaron Torres, López y Tosco y dijeron: paro general de 37 horas para el jueves 29 y 30 de ese mes.
Entonces, Tosco les avisó a los estudiantes.
Mientras, las mujeres del sector bancario, de los comercios, de la administración pública, de la industria del vidrio y del calzado, organizándose, involucrándose.
Mientras, las “manzaneras” coordinando a la gente de cada manzana.
Mientras, la distribución de folletos con indicaciones para fabricar bombas molotov y “miguelitos”, para romper vidrieras, para producir incendios.
Entonces, el Cordobazo
Y de pronto, al mediodía del jueves 29, disparos de la policía montada y la muerte de Maximiliano Mena, delegado del SMATA en IKA-Renault. Ese asesinato, la reacción de la gente y una protesta que pasó de tener 15 mil personas a tener más de 45 mil. La toma de la ciudad durante unas cuatro horas y la decisión del interventor de la provincia de pedir auxilio al Ejército. El repliegue a los barrios. Las pintadas en los barrios: “Este barrio está ocupado por el Pueblo”, “Soldado, no dispares contra tus hermanos”, “Soldado, rebélate contra tus oficiales asesinos”. La llegada del ejército, comandado por el general Alejandro Agustín Lanusse, en las últimas horas de la siesta. La ocupación de los barrios y las detenciones el viernes 30. El cese de las protestas el sábado 31. El control total el domingo 1 de junio. La declaración, por parte de las CGT (la “Legalista” y la de los Argentinos), del lunes 2 como Día de Duelo, de Los enjuiciamientos. Las condenas. La prisión para tantos. El tiempo. Las investigaciones y la evidencia de que, además de Mena, murieron otras tres personas. Y Malvina Tosco, de nuevo, que dice: “El poder de ese momento nunca se imaginó que la memoria de mi papá iba a permanecer viva para el resto de la historia argentina”. Ella que sigue diciendo que jamás vio a su padre asustado, que era un hombre que sabía cuáles eran los riesgos y que asumía los castigos. Ella, que viajó en colectivo, a los 8 años, con su madre Nélida Bonyuan y las esposas de otros hombres, hasta una cárcel de La Pampa para ver su papá. Ella en La Pampa y su papá que no está, que fue trasladado a Trelew, en Chubut, porque las dictaduras hacían eso, alejaban a las personas de sus familias. Ella siguiendo viaje hasta Trelew donde por fin pudo verlo. Ella que vio a su padre desmejorado. Ella que se acuerda de su muerte el 5 de noviembre de 1975. Ella, sus recuerdos.
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Córdoba, la de 1969, la rebelde.
Y esta Córdoba, con un 50% de pobreza y desocupación, aletargada, sin expectativas, dice Malvina Tosco.
Esta Córdoba que no tiene que acostumbrarse a acostumbrarse.
Esta Córdoba, en el fondo, tan Córdoba: tan desobediente, tan inconformista.
