Suplemento Día del Trabajador - La mirada de un millennial
“Tenemos la suerte de laburar de lo que amamos y eso también es una especie de karma”
Lo dijo el diseñador gráfico Facundo “Mecha” Miranda. Lo dijo porque siente que, por lo menos en su rubro, no existe la “jornada laboral”. Porque, cuando uno ama lo que hace, a veces, trabaja de másEs la mañana fría de un viernes de finales de abril y Facundo Miranda abre la puerta de su casa en barrio Ameghino. A un costado, sobre un sillón, toda tapada, duerme Lisa, su hija, que nació hace dos meses. El, que tiene 26 años, camina hacia la mesa. Por lo demás, hay un soporte con instrumentos -guitarras, tal vez un bajo- y, en otro rincón, su computadora, donde pasa una buena parte del día, de los días. El comedor conecta a través de otra puerta con el patio desde el que, esta mañana, ingresa una luz sobria. Facundo Miranda es Mecha: así, por lo menos, parece que le dicen desde siempre.
Mecha, hijo de odontólogos -un odontólogo y una odontopediatra- nació en Villa María en 1995, fue al Jardín de Infantes José Ingenieros y, después, el Trinitarios se convirtió en su segunda casa. Cuando terminó el secundario, dice, tuvo una etapa de exploración. Primero, estudió música, porque la música era, digamos, una herencia. “Estuvo siempre en mi vida. Nací con mi viejo escuchando mucha música, siempre hubo mucho Spinetta”, dice. Durante la adolescencia, cuenta, la música fue su norte hasta que “pasaron cosas”. Luego vinieron las ciencias económicas. “Después de dibujar mucho los apuntes empecé diseño gráfico”, comenta. A ver: no es que no le gustaran los números. “Fue ese momento donde alguien te tira de la oreja y te dice, ‘estudiá algo en serio y dejá la guitarrita’. Fue un error de cálculo. Claramente no iba con mi esencia”, dice.
Lo que empezaba a ser evidente es que tanto la música como el diseño “se planteaban como proyectos en paralelo que tenían una sinergia”. Por eso, cuando habla de la música y del diseño, habla de esas dos disciplinas, pero “nunca con la visión hippie”. Lo explica: “Nunca fue hacer dibujitos y nunca fue tocar para pasar la gorra. Siempre fue la búsqueda de lo profesional, en todo. Creo que es una cuestión de competitividad también”.

De todos modos, apostó al diseño. En el fondo, quizá en el fondo, sabía que era lo suyo.
Estudió en Córdoba. Como no tenía dinero para quedarse a vivir allá, viajaba: salía al mediodía en colectivo de Villa María y regresaba a la noche. Así, hasta que se recibió.
Ser millennial
Wikipedia dice que a los millennials también se los conoce como generación Y. Si bien no hay consensos, pertenecen a esta generación aquellos que nacieron entre principios de los 80 y finales de los 90. Mecha, por tanto, es uno. Y, sobre eso, dice que lo que ve, sobre todo en la generación de sus abuelos, es la idea de negocio, “de negar el ocio, de que si trabajás no podés disfrutar, de que tenés que poner el lomo”.
Y añade: “No estaba tanto esta esencia de ir y estudiar y trabajar de lo que uno ama. Particularmente, en mi caso, trabajo de lo que me gusta, siento que soy un privilegiado total por poder hacerlo”. En el medio, por supuesto, está el país, el contexto, la Argentina que, en ocasiones, “nos deja con una mano atrás y la otra adelante”. Están los que pueden seguir perfeccionándose, estudiando y los que no tienen otra, los que tienen que salir a, como se dice, ganarse el pan con lo que sea.
Emprender, el recorrido
Con la música -era bajista en una banda- conoció a Agustín Massafra -el baterista-. Ambos se dieron cuenta de que tenían afinidad, pero que, ante todo, tenían una visión común de cómo emprender el diseño que, en ese entonces, no estaba “tan afrontado en la ciudad”: era el diseño para empresas y no el diseño gráfico en general. “Cuando empezamos tuvimos la suerte de que nuestras dos tesis eran aplicadas. Agu surge en el diseño con una identidad de un instituto odontológico, y yo con una inmobiliaria. A partir de ahí fue de cero a cien”, recuerda.
Y dice: “Toda la parte del emprendedurismo fue vertiginosa. Nos tuvimos que acostumbrar a lidiar con proveedores de golpe. Uno lo estudia, pero después la relación comercial es totalmente distinta. En la facu te enseñan que los tiempos son meses y los tiempos son días, si no menos, porque es aquí y ahora: che necesito algo y lo necesito ahora. Es así. Uno tiene que ir adaptándose a las necesidades del mercado, lo tiene que entender, tiene que tener cintura para adaptarse al país, a la economía, al lugar. No es lo mismo Villa María que Córdoba, y mucho menos que Buenos Aires”.
Para Mecha, Villa María sigue siendo un pueblo. Mejor dicho: tiene esa esencia. “Nos conocemos todos con todos, con los proveedores, con la gente. Para plantearse como profesional en un rubro como el diseño recién ahora pospandemia está siendo más fácil, porque la gente se dio cuenta de que la imagen tiene un valor real. Antes, la intangibilidad del servicio era más difícil de hacerla entender”, describe.
La pandemia, una oportunidad
La pandemia fue, principalmente, incertidumbre. A Mecha y a su socio les sirvió para parar la pelota. “Veníamos de trabajar mucho, exageradamente mucho con la noche, con boliches, cosa que sigue siendo al día de hoy uno de nuestros ingresos principales, porque nacimos con eso; el primer trabajo que tenemos postesis es con un boliche, nos va bien y a partir de ahí fue como que hemos trabajado con todos. Pero los boliches cerraban y nosotros quedábamos en veremos”.
Y como fue incertidumbre, la pandemia también fue una posibilidad, porque las marcas tuvieron que readaptarse para venderse en redes. “Fue una oportunidad que pudimos capitalizar. Por eso, ahora, tenemos otra forma de trabajar, otros tiempos, otra cartera de clientes. Cambió por completo”, explica.
“No existe la jornada laboral”
Mecha dice que, en su rubro, no existe la jornada laboral. “Tenemos la suerte de laburar de lo que amamos y eso también es una especie de karma porque, como a uno le gusta tanto lo que hace, por ahí se excede de trabajo”, cuenta. Les ha pasado, les pasa. Por ejemplo, cuando es temporada alta, entrecomillas: están frente a la computadora desde las 7.30 hasta las 22 y, con suerte, tienen un break que, en su profesión es imprescindible: su trabajo es creativo.
En fin: las jornadas jamás son de ocho horas.
Por eso hace falta el ocio. En prepandemia, cuando compartían espacio con Agustín, salían al Polideportivo a tirar al aro para cambiar el aire. Después de la pandemia, ahora que ya no comparten lugar, Mecha toca la guitarra, sale a dar una vuelta en bici. “Cualquier cosa que te desconecte de la pantalla o del celular. Creo que somos polirrubros en la parte de ocio. Hubo épocas en las que salíamos a jugar al pádel, al tenis”, se acuerda.
El ocio como una excusa, dice.
“Hacer las cosas más fáciles”
Mecha, por otra parte, piensa en el futuro. “Habría que ver un poco la reglas de juego. El país es siempre una moneda al aire: hoy unas reglas, mañana otras. Al que labura le cuesta un montón: el que quiere hacer todas las cosas bien, pagar todos los impuestos, estar al día, emplear si es empleador, es complicado. Particularmente no es mi caso, pero lo veo con otros amigos o con gente conocida que emprende y que a la hora de darle trabajo a otra persona es muy difícil”, expresa.
Entonces, insiste en esto: en hacer las cosas más fáciles para el que emprende, en terminar con la burocracia.
En cuanto a lo personal, Mecha y su socio están en un momento de crecimiento y quieren encontrarse con proyectos nuevos. “Por ahí eso es lo más divertido, que sean más desafiantes y nos hacen con armas nuevas”, dice.
