Suplemento Día del Trabajador
Cadetón, nomás
“O estudiás, o trabajás. De vago no vas a estar”. Esta dura e irrevocable sentencia, en general, era dictada por el tribunal paterno, una suerte de Suprema Corte integrada por un solo miembro, a lo sumo, dos.
Eso sí, en ese caso, con paridad meridiana de opinión y de género (padre y madre); esa sentencia, decía, era muy común para los de mi generación - baby boomers, es decir, los que pasamos los 60 o estamos a punto de lograrlo - y para los de mi condición social, o sea, los que nunca jamás tirábamos manteca al techo, sencillamente, porque no contábamos con los medios para practicar ese deporte tan burgués.
Y aquella opción de estudiar o trabajar era, con suerte, la de una sentencia atenuada, morigerada; ya que en mi caso, como en el de muchos otros chicos que por entonces comenzábamos a sacarle punta a los 13 años, la mentada opción era inexistente: “Trabajás y estudiás, que para eso se inventó la escuela nocturna. ¿O te creés que vas a andar todo el día en la calle?”.
Como a nadie se le escapa, antes y ahora, los 13 o 14 años, a veces, incluso, los 12, eran un punto de inflexión, un momento de la vida en el que muchos chicos se veían compelidos al mercado laboral sin ser consultados. En la mayoría de los casos, ni siquiera podías elegir el trabajo que te tocaba en suerte. Y encima tenías que estar agradecido de que tal o cual empresario o comerciante le hiciera el favor a tus progenitores de tomarte como dependiente.
Así, de prepo, uno entrababa en una suerte de juventud avanzada, salteándote la estación de la adolescencia, porque el bondi no paraba en ese destino incierto y confuso en el que para grande sos chico y para chico ya empezás a ser grandecito. Y vos te quedabas mirando por la ventanilla a los otros pibes de tu edad, pero con distinta suerte que en el verano iban al río o a la pileta de algún club mientras vos, a las 3 de la tarde, tenías ya que estar pegando la vuelta para darte una ducha y volver al redil. Eso sí, con unos farwés y una chomba Lacoste que te habías comprado con el sudor de tu frente y de tus sobacos. Y por ahí, te tomabas un helado de La Madrileña, también de tu propio peculio.
¿Y qué trabajo podía hacer un chico de 13 años? Prácticamente, ninguno calificado y cualificado como tal, como no sea el de aprendiz y cadete; “cadetón, nomás. Qué querés si sos casi un inútil. Y no te pongás así, que no es culpa tuya. Ya vas a aprender. Mi abuelo, que era boyero, a los 6 años se levantaba a la madrugada a ordeñar. Y ahí lo tenés al viejo, casi 90 años y está hecho un toro”, lo cual no era de extrañar, si se había pasado la vida entre vacas. O sea, cadetón, nomás. ¿Definición de la Real Academia de la vida más bien sin tanto acolchado?
Aquel que se dedica a barrer la vereda, cebar mates, lavar los vidrios de la vidriera (en el caso de haberla); limpiar, en general, lo que se pudiera limpiar; llevar pedidos en bicicleta de reparto, acomodar cajas, estanterías, depósitos, heladeras, góndolas, llevar correspondencia al correo, ordenar carpetas, hacer depósitos en el banco (esto ya podía tomarse como un ascenso) y otras tareas por el estilo, mientras uno iba aprendiendo el oficio o metié. Porque la idea, al menos en aquellos tiempos, era ir escalando posiciones en la empresa o comercio en el que uno era reclutado. Y con el tiempo, de la bici de reparto, pasar al salón de ventas o a la oficina de administración, según las destrezas y/o interés demostrado.
Hacer “carrera”, y si la suerte y la buena conducta y predisposición te asistían, llegar un día a ser cajero, tenedor de libros, capataz o gerente, ¿quién te dice? La zanahoria de la meritocracia no es un invento de estos tiempos. ¡Claro que no! Pero para llegar a tan altos puestos de distinguida responsabilidad, tenías que pagar el piso, un piso que ni siquiera era tuyo y que de entrada también tenía un techo.
Y mientras fregabas o pedaleabas y agachabas la cabeza ante los retos y admoniciones, muchas veces injustificadas, de tu superior inmediato, e ibas masticando bronca y deseando salir al sol a jugar un picado, o estar en tu casa tomando la leche y mirando los dibujitos, o hacerle una pasadita a la morochita de primero C, ibas aprendiendo a base de rigor las cuestiones del bendito escalafón. “El jefe siempre tiene razón. Y más, cuando no la tiene”; principios básicos del capitalismo que me hiciste mal y, sin embargo, te quiero. ¿Y los sindicatos? Como si nada, como si fuera lo más natural del mundo que un pibe de 13 años trabajara en negro, ¿porque el trabajo dignifica? ¿porque hay que darle de comer a la gran máquina que nunca se detiene? O porque en aquel momento las cosas eran así nomás y el que nace para pito nunca llega a corneta.
Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el término “trabajo infantil” suele definirse como todo trabajo que priva a los niños de su niñez, su potencial y su dignidad, y que es perjudicial para su desarrollo físico y psicológico.
Así pues, “se alude al trabajo que interfiere con su escolarización, puesto que: les priva de la posibilidad de asistir a clases; les obliga a abandonar la escuela de forma prematura, o les exige combinar el estudio con un trabajo pesado y que insume mucho tiempo”
¿Qué es mucho tiempo? ¿Qué es pesado? ¿Qué significa privar a un chico de su dignidad? ¿Soportar el malhumor y las arbitrariedades de un jefe o un compañero más antiguo entraría dentro de esa categoría a los 13 o 14 años? Todas estas preguntas, para mi generación, llegaron demasiado tarde. Claro, no se puede decir que en mi caso empezar a laburar a los 13 me privara de ir a la escuela, porque iba de noche, después de trabajar 6 o 7 horas. Y obvio que no me perjudicó el desarrollo físico y psicológico, porque, salvo esta lumbalgia crónica que me quedó de tanto cargar cajones, un par de tics nerviosos que apenas si se perciben y estas pastillas que tomo para poder dormir, estoy hecho una pinturita.
Y ya podré jugar al fútbol, ver dibujitos animados y pasarme las tardes de verano en el río cuando me jubile, que me faltan 4 o 5 añitos nomás.
El Cadete
