24 DE MARZO - MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA - Economía política de la dictadura

La deuda manchada de sangre

Escribe: Alfredo Koncurat (Economista)

El plan económico instaurado por la dictadura cívico – militar en 1976 cambia drásticamente la Argentina, conjuntamente con el genocidio más sangriento que sufriera el país. La herida matriz industrial es destruida por la libre competencia y la especulación financiera. Las medidas no fueron al azar, eran parte de un plan de socavar la potencialidad de nuestra tierra, de nuestro pueblo, una pieza más del triste “Plan Cóndor” que abarcaba toda Latinoamérica.

 

Una política devastadora

La conjunción de la Reforma Financiera de 1977 con la arancelaria y el endeudamiento externo, derivados de la apertura de 1979, marcó un quiebre en la economía Argentina, con la abrupta interrupción de la industrialización nacional y el aniquilamiento de las organizaciones sociales.

Para hacernos una idea: el sector industrial sufrió una significativa herida con el cierre de más de 20 mil establecimientos fabriles, y el PBI del sector cayó cerca de un 20% entre 1976 y 1983.

El plan económico instaura la famosa “tablita” (un sistema de devaluaciones preanunciadas para que se supiera cómo y cuándo se iba a devaluar) que dio lugar a la era de “la plata dulce” o al “deme dos”, sembrando los cimientos del hegemónico predominio del Neoliberalismo en los 90´.

Sin embargo, el componente crucial del plan fue el endeudamiento sincronizado, combustible perfecto para la especulación de las grandes empresas que licuaban sus pasivos con la alta inflación y posteriormente terminaron estatizando su deuda.

 

La deuda odiosa

A los pocos meses de aquel fatídico 24 de marzo, en  agosto de 1976, se suscribió un acuerdo que permitió el giro inmediato de 180 millones de dólares y facultó, además, la tramitación de un préstamo que remesaron, en octubre de ese año, 1000 millones de dólares, iniciándose, de esta manera, el crecimiento vertiginoso de la deuda externa que tanto ha pesado sobre el pueblo Argentino.

Este acelerado aumento de la deuda se abonó con la abundante liquidez internacional como consecuencia del “reciclaje” de los fondos de los países petroleros (OPEP), generando fondos disponibles para los países subdesarrollados.

La deuda pública argentina creció sin contrapartida del crecimiento de su PBI, empleándosela para sostener una política económica que significó el aumento del desempleo y una caída excepcional del nivel de actividad económica interna.

A partir de 1980 hay un viraje en la economía mundial. El crédito se vuelve escaso y caro. Sin embargo, nuestro país no parece estar a tiempo de adaptarse: sigue aumentando su deuda, urgido por desequilibrios fiscales y comerciales.

Ante la explosiva crisis financiera que atravesaba el país, Cavallo, como presidente del BCRA, comienza una profunda reestructuración del sistema financiero: “Las metas que se fijaron para la política económica fueron las siguientes: reformar el sistema financiero, reactivar los sectores productivos y reestructurar la deuda externa”. (De Pablo, Juan Carlos – La Economía Argentina en la segunda mitad­­ del siglo XX. Pág. 55, Tomo II).

Con el arribo de la democracia, al asumir Alfonsín no se investiga este mecanismo, la deuda termina siendo un componente crucial para el subyugamiento de nuestro pueblo a intereses foráneos.

“En el fracaso dictatorial y el advenimiento del nuevo gobierno constitucional, no se produjo una impugnación de la legalidad ni de la legitimidad de lo actuado por la dictadura militar en materia de los seguros de cambio o de la estatización de la deuda externa privada”. (Basualdo, Eduardo; “Estudio de Historia Económica Argentina”. Pág. 181.).

La deuda pública externa, que era de 8.085 millones de dólares en 1976, alcanza a 45.087 millones de dólares en 1983, antes de asumir Alfonsín.

Las cifras inconcebibles de esta deuda condicionaron al gobierno de Alfonsín, que asumió en diciembre de 1983, y debió cargar con una pesada herencia que luego provoco su propia caída (un crecimiento de más del 450%). Por supuesto, con sus matices, este escenario se repitió en toda Latinoamérica (la “crisis de la deuda” que empezó el 18 de agosto de 1982, cuando México comunicara su incapacidad para honrar sus compromisos, afectó a toda Latinoamérica, dando lugar a lo que se llamó “la década perdida”, ya que asoló a todos los países destruyendo toda su capacidad de desarrollo, sumiéndolos en la desindustrialización y pobreza).

 

La nueva deuda odiosa

En estos momentos estamos escribiendo un nuevo capítulo de esta triste historia, que parece no habernos enseñado nada,  porque asombran las similitudes descriptas. La pasada semana, recién sacado del horno legislativo, se cocinó el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, asumiendo una deuda que legitima la ilegítima y fraudulenta deuda caprichosa de Macri, que no requirió pasar por Diputados y Senadores.

El peso de nuestra deuda vuelve a condicionar nuestro desarrollo como pueblo, como país, como nación.

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