154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Viaje sentimental por los bares fantasmas
Otro ignoto conocedor del tema gastronómico-cultural que ya peina canas y ha elegido el perfil bajo (acaso para gambetear acreedores) es un hombre de apelativo Magro a quien, tras varios Cinzanos de insistencia logramos sacarle de corrido, sin repetir y sin soplar (únicamente con escalar permitidas para pedir otra vuelta), el siguiente aporte al asunto que nos ocupa:
“La ciudad crece, avanza, se transforma. La forma de una ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal. Antiguas casas se demuelen y se levantan edificios. Las nuevas generaciones crean recorridos urbanos alternativos. Cierran y surgen nuevos comercios. Idéntica y diferente, la ciudad escribe su historia en el recuerdo de sus calles, en sus puntos de encuentro, y como capas del tiempo sedimenta en los recuerdos, la biografía de una comunidad que se reconoce en su devenir. Pero si ensayáramos un periplo por aquellos bares y cafés que fueron emblemáticos, que supieron cristalizar en un momento dado el destello de una época, podríamos reconstruir un itinerario de la nostalgia. Lugares cuyo solo nombre nos remonta a una imagen que ilumina escenas de nuestras vidas. Sabemos que la memoria es el medio de lo vivido, como la tierra viene a ser el medio de las viejas ciudades sepultadas, y quien quiera acercarse a lo que es su pasado tiene que comportarse como un hombre que excava. Excavar en el plano evocativo de aquella ciudad en la cual, esos cafés y bares nos albergaron en horas de amistad, soledad o simplemente para dejar pasar el tiempo.
En un recorrido imaginario puedo evocar el bar El Dardo, en la ochava de Catamarca y General Paz. Una vieja casona de principios del 1900. Mesas rústicas, mesas de pool y las paredes cubiertas con fotografías de turf, caballos ganadores, artículos periodísticos o reportajes a jockeys. Un lugar donde jueces, apostadores, criadores y mayines varios se reunían y comentaban el último triunfo de ‘Sombra roja’, aquel legendario pingo con monta de Luis ‘Sarche’ Gómez que se ganó todas las fijas en los comienzos de los 80.
De allí, muy cerquita estaba La Perla, en San Juan y Alem. Una confitería amplia, de grandes ventanales, con su nombre escrito en las chapas frontales. Famoso por sus carlitos y licuados y donde hoy se levanta un edificio. Y qué decir entonces de Monta, ¿quién no fue allí alguna vez? Tarde, a la salida de algún boliche bailable, o cuando ya la noche de juerga llegaba a su fin y pintaba el bajón, o cuando después de ver una velada boxística en el Salón de los Deportes, te querías dar un buen atracón de milanesas.
La ciudad como laberinto de un viaje sentimental. Esbozo de un mapa de sitios afectivos donde café de por medio recuperamos el tiempo, siempre en fuga, y podemos reconstruir la Villa María de nuestra propia vida, la que vivimos, la que callejeamos. La ciudad como forma de la memoria y en la cual nos sumergimos en esos umbrales que bajan al submundo de imágenes de lugares como el Bar de Achili en San Luis y Rivadavia, frente a la estación de servicios. Un par de mesas, un pool, un metegol y parroquianos solitarios que bebían su vasito de vino. Allí solía ir un extraordinario profesor de Matemáticas, en sus horas libres entre las clases. Pedía un blanco con soda, y en un cuaderno anotaba largas listas de integrales matemáticos y otros cálculos de logaritmo, mientras corregía las pruebas de sus alumnos.
La lista de nuestros bares notables ya desaparecidos puede incrementarse de acuerdo a quien se le pregunte y cuánto estaño ha gastado a lo largo de los años, como dice el tango. Por ejemplo, cuando le pregunto algún amigo, muy bolichero él, qué café o bar recuerda, con un gesto de asombro melancólico mientras mira hacia un costado, se cruza los brazos piensa un segundo, y afirmando ligeramente con la cabeza, dice: ‘El de Zabala, en San Luis y Alvear. Un bar donde la noche iba. Clientes pesados. Lugar de fiolos y putas’. Otros más vespertinos recordarán Copetín al Paso o el Ichiban, o la cerveza en lo de Palevich, o el histórico Edén Bar.
¿Quién no se zampó una doble de mozzarella a la salida del cine, antes de volver a casa, en el Edén Bar? Lugar popular. Los mozos iban y venían con las charolas voladoras. Allí iban las familias con sus niños. Bullicioso y festivo el ambiente. En sus mesas solían reunirse los poetas Alejandro Schmidt y el Sordo Rüedi para discutir de política, literatura o lo que fuera.
En estas mismas páginas, Espinosa rememora lo que significó La Madrileña para un sector de la cultura. Lo que se le olvidó decir es que en Toluka, por San Martín, una cuadra antes, era una especie de contrapartida. Por esos mismos años que registra Espinosa, en este bar se reunía un grupo de poetas, escritores, músicos y artistas enfrentados con el grupo de La Madrileña.
Al frente, solo cruzando la calle, se encontraba El Establo. Una novedad en el diseño de los bares locales. Con desniveles, balcones interiores, espacios reservados y muebles suntuosos representó un cambio en la decoración de los bares, que en general eran grandes espacios con ventanales. El Establo, diseñado por el arquitecto Ricardo Salusso, irrumpió con una interioridad inusitada para este tipo de locales.
Entre los lugares que ofrecían un ambiente singular recuerdo el bar del Palace Hotel, una pequeña joya arquitectónica. Las luces tenues sobre las mesas, apenas reflejadas en los espejos biselados, manteles de tela y sillas de madera de estilo vienés con asiento de ratán. La impresionante barra de madera, en armonía con el estilo del plateresco español que define a todo el edificio. El ambiente propiciaba conversaciones en voz baja, por ello quizás elegido para las confesiones de amor, o el anuncio de una partida.
También están los bares típicos de barrio. Aquellos que tienen una concurrencia fija, con horarios determinados y hasta con mesas asignadas. Donde todos se conocen y el forastero es rápidamente advertido. Bares donde se juega a las cartas, se levanta quiniela, donde tenés cuenta, donde no pedís porque el mozo o quien sea que te atienda ya sabe lo que querés, o incluso por privilegio de pertenecer por insistencia de los años, servirte vos mismo. Esos bares de hombres, donde muy pocas mujeres asisten, salvo que sea la dueña. Cuyos afiches y fotos se muestran impertérritos ante el paso del tiempo y en donde todos los pueblos de la pampa tienen uno. La mutación urbana de la pulpería. Donde no es raro que circule la caña, ginebra, y otras particularidades alcohólicas. Bares con rutina donde el pobre y el rico se encuentran. Bares de antaño que languidecían a medida que nuevas formas de sociabilidad se imponían a la ciudad. Cómo no recordar entonces el Bar de Perossi en calle San Juan, donde añosos filósofos de la calle hacían metafísica, sin saber exactamente que estaban haciendo metafísica, o algún otro recordaba con memoria prodigiosa el equipo completo, legendario en los 70. O el Bar Ferreira en Tucumán y Alvear, donde creció el querido y recordado Loco Peter, bautizado así por el impacto que tuvo en su vida la película ‘Busco mi destino’, protagonizada por Peter Fonda y que lo llevó a modificar su moto DKW con una larga horquilla delantera, imitando la Harley-Davidson que aparecía en ‘Easy rider’ a comienzos de los 70.
Similar a este tipo de bar existía uno sobre calle San Martín al 300. Una casona vieja que ingresabas tras ascender dos o tres peldaños. No recuerdo su nombre y nadie ha sabido informarme al respecto. Con una ventana hacia la calle, solía acomodarse allí todos los mediodías el escultor Néstor Alvarez, el creador del Monumento Al Gaucho que está emplazado en la costanera.
En el archivo topográfico de nuestra memoria, en el mapa de nuestras propias derivas nos quedan varios nombres más como el Bar de El Gallito y el Bujía; El Correntino o el Achalay Huasi, en Jujuy y España y que funcionaba como una peña, donde según nuestros mayores solía tocar el acordeón Coquito Verderó.
Hemos llegado al fin de nuestro pequeño viaje imaginario. Cada lector seguramente tendrá su propio mapa sentimental y reconstruirá en las honduras del tiempo, un recorrido íntimo de aquellos lugares donde alguna vez transitó. Caminar a través de nuestros bares memorables es hacer un camino de fantasmas donde ceden las puertas y se ablandan las paredes, para dar paso a la alegre caravana de personajes que poblaron aquellas horas sobre mesas que nunca preguntan”.
