154 años - Villa María "de boliche en boliche"

Un sótano para los amantes

Los bares son lugares donde, indefectiblemente, recalan, anclan (o se “atalonan”, para utilizar un término más acorde al contexto) los amantes. Los/las/les amantes de la noche, amantes de la música, amantes de la literatura, de la bebida, del café, de la soledad, de los sueños, de las utopías, de sus propios/propias/propies amantes. Muchos son reconocidos personajes de la Villa; otros, tal vez la gran mayoría, son sencillamente ignotos, bien porque los laureles se han empecinado con darles la espalda, bien porque hay una elección concienzuda del amante en cuestión, de permanecer en la sombra, esa pilcha que tan bien le queda a la discreción, a la modestia, al olvido. No sabemos en qué categoría ubicar al escritor local Dante Espinoza, a quien conseguimos arrebatarle el siguiente texto, que refiere, por supuesto, a un bar y a una época acaso dorada de la cultura alternativa (o marginal) de la ciudad, devenida tras la infame y terrorífica noche de la dictadura cívico-militar de los 70, cuando la primavera alfonsinista auguraba mejores tiempos. Dice Espinoza:

“Villa María tuvo su propia ‘Cueva’. ¿Cuál Cueva? Preguntará el lector distraído.

Nos referimos al mítico reducto que a mediados de los 60 reunía a poetas, músicos y lumpenaje diverso en largas sesiones nocturnas de jazz, beat y los primeros acordes del rock argentino, allá en la Santa María de los Buenos Aires. El lugar donde se formaron desde Sandro hasta Litto Nebbia, pasando por Tanguito y tantos otros.

Pero, ¿cuál fue nuestra ‘Cueva’?, preguntará entonces el lector, que ahora sí nos escucha. Y sin lugar a dudas, se nos viene al pensamiento y también al corazón, el ‘Sótano’ de la emblemática confitería La Madrileña. Nuestra propia ‘Cueva’ donde nació la cultura alternativa de los 80, y fue el espacio donde nació un momento de intensa y agitada vida cultural en la ciudad.

La Madrileña entre nosotros es una referencia histórica de la actividad comercial de la ciudad. Su origen se remonta a 1935, en proximidad de lo que antiguamente era el Mercado Colón, en la esquina de Carlos Pellegrini y Corrientes. Sus comienzos fueron los de una típica fonda, pero pronto se ganó una gran clientela con sus populares helados de dulce de leche. El secreto del éxito se debía a la utilización de materia prima de primera calidad. El historiador Julio A. Benítez señala en un artículo periodístico que ‘la base para producir tan ricos chocolates era la marca Aguila, cuyo vendedor en aquel entonces era don José René Vidal’.

Con el tiempo y ya instalada en su actual ubicación, La Madrileña se transformó en la cita obligada los domingos por la tarde, en invierno, para degustar un chocolate con churros. Y fue tan famosa que hasta tiene su propia canción. ‘Los amantes de Córdoba’, de Daniel Altamirano. Cuando escucho la canción por YouTube, comienza con tono melancólico, y con nostalgia la voz de Altamirano recuerda: ‘Café La Madrileña, enero de mil novecientos... recuerdos hermosos’, para luego lamentar la pérdida del amor de una mujer.

Puedo imaginarme a Daniel Altamirano, con su tupida melena y barba candado, escribiendo los primeros versos sobre el papel de una servilleta, después que ella ha partido, desairando las expectativas del enamorado. Ya lo sabemos, nuestras damitas no confían en las promesas de los artistas que hacen verano en nuestro río.

Pero lo cierto es que el espíritu de La Madrileña fue la presencia de Manuela, o al menos así lo recuerdo de la época del ‘Sótano’ cuando el más diverso público convivía de manera pacífica y armoniosa. Manuela Moreno fue la esposa de Felipe Presencio, que junto a Juan Bautista Masiero fueron los socios fundadores. Hay una bella nota de Ricardo Carballo, publicada en este mismo diario, cuando la recordaba tras conocerse la noticia de su fallecimiento, en la ciudad de Mar del Plata, en 2015.

Allí se cuenta que ‘doña Manuela era única. Ante ella doblaban la cerviz quinieleros clandestinos y la propia Policía. A la ley le bastaba su palabra para certificar que el Ratón -un afamado corredor de apuestas- no estaba escondido en el sótano del negocio; lugar en donde, efectivamente, se encontraba. Cuando le preguntaban por qué lo protegía, su respuesta era lapidaria: “Porque es buena gente y no obliga a nadie a jugar a la quiniela”. Claro que “la ley” sabía perfectamente en dónde estaba el Ratón, pero... ¿cómo contrariar a doña Manuela?’.

Y les aseguro que puedo dar fe de lo que afirma Carballo. Lograba imponer autoridad con solo una mirada, y cosa aún más sorprendente, con una sonrisa, que podía variar de la bondad a la condescendencia.

¿Pero cómo surgió el ‘Sótano’ como lugar de nacimiento de una cultura under? Con el retorno de la democracia, tras largos años de represión y censura, la sociedad argentina estaba ávida de libertad de expresión y se produjo lo que se conoció como la primavera alfonsinista. Un proceso de ebullición cultural que recorrió la geografía argentina. En ese momento llegó a Villa María Víctor Iturralde, profesor de Teatro y yerno de Manuela, quien decide crear en el ‘Sótano’ un taller de actuación. Cabe recordar que en ese momento el único elenco era del Teatro Estable. Es así como nace un espacio alternativo que por un tiempo va a cobijar a actores, músicos, escritores, periodistas, poetas, los primeros punks y los últimos hippies, entre otros inclasificables.

Será también el primer alojamiento del actor y director teatral Juan Montes, recién llegado a la ciudad, quien en ese mismo lugar presentó su obra ‘Quien ríe último ríe mejor’ y ‘La bolsa de agua caliente’ de Carlos Somigliana, además de crear los primeros números de la revista ‘Río de Pájaros’ junto al músico y dibujante Monky Tieffemberg.

En esa misma época se presentó ‘Juan Moreyra’ que debido al éxito que tuvo y frente a lo reducido del lugar, se decidió salir de gira por los barrios. Por las tardes y entre sus mesas, el mimo Claudio Masetti se movía chaplinescamente repartiendo volantes con poemas. Fue en el sótano donde Jorge “Leyenda” Meinardi brindó su concierto de blues. Su cachet fue un tarro de cacao Nesquik que fue comprado entre los asistentes al recital.

No solo el ‘Sótano’ funcionaba como un centro cultural, sino toda la confitería. En el entrepiso se realizaron Muestras de Dibujos, Pinturas, Caricaturas y Humor Gráfico. Al lugar asistían distintas tribus. Estaban los poetas rodeados en torno a la revista ‘Huérfanos’, los músicos, la gente de teatro, un grupo de estudio dirigido por Enrique Bares, psicólogo rosarino, además de su clientela típica en la que se distinguía un conocido médico, siempre muy impecablemente vestido con tiradores, sombrero, corbatín de seda, anteojos oscuros y unos pequeños binoculares dorados, de los que se usan para la ópera. Sentado cerca del ventanal, pasaba largas horas en la contemplación sin disimulo de la belleza ocasional.      

Desde allí también nacieron los impulsos para la organización de los masivos ‘Encuentros con la Cultura’ que organizó y llevó adelante Víctor Alvez, realizados en el Salón de los Deportes y que fueron verdaderos festivales populares, o el Encuentro de Dibujantes de Humor Gráfico que convocó a figuras como Fontanarrosa, Ortiz y Peiró junto a los créditos locales. Todo ello de alguna manera se imaginó, proyectó, conversó y se hizo desde las mesas de La Madrileña.

El pasado lleva consigo un índice secreto que le remite a la redención. ¿Acaso no flota en el ambiente algo del aire que respiraron quienes nos precedieron? Se preguntaba el filósofo alemán Walter Benjamin. Al repasar estos recuerdos de La Madrileña, se despliega un friso vital donde los jóvenes que alguna vez fuimos, encuentran su propio futuro redimido. Ausencias que siguen destellando en el sueño de una vida en permanente creación.

Es indudable que todo cambia, y que debe cambiar. Seguramente las nuevas generaciones tendrán sus propios ‘sótanos’ donde la cultura alternativa encontrará nuevas fuerzas, renovada en el devenir de su propio lenguaje. Para nuestra generación, el ‘Sótano’ de La Madrileña fue donde descubrimos que la vida no estaba en otra parte, sino precisamente ahí, en el encuentro con los amigos de cada noche y la celebración de la vida como acto creador”.

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