154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Todo, por deporte
En muchas oportunidades, en las celebradas mesas de café, somos testigos ocasionales de charlas, trifulcas y entreveros en los que brotan ideas, visiones y martingalas para “arreglar el país”, que no pasan de ser más que devaneos trasnochados de hombres y mujeres que nunca entrarán al Concejo Deliberante, ni ocuparán el Sillón de Viñas, ni tendrán siquiera una copa de leche en el barrio para darle una mano a la gente, pero que en el boliche tienen la posta. Porque es así, nomás. Tal vez en el bar sea el único lugar donde todos tenemos razón; aun cuando, efectivamente, la tengamos. Ni en la casa, ni en el trabajo, ni en la universidad, ni en los Tribunales, porque siempre aparece alguien que talla más y mejor. Pero en el bar, paradigma, sede y santuario de la libertad de expresión, todos tenemos razón, y acaso sea porque al fin y al cabo, como decía un mozo conocido, “todos saben y todos hablan, pero no importa porque nadie escucha”.
Incluso la actividad deportiva amateur -léase fútbol, pádel, básquet, tenis- en muchos casos es, no tanto una manera entretenida y divertida de mantenerse en forma, como una excusa perfecta para la práctica del “tercer tiempo”, que es, como a nadie se le escapa, la verdadera y profunda razón para encontrarse, de un grupo de amigos, en torno a una pelota. El verdadero objetivo no es perder peso o transpirar la camiseta, sino ranchar, acobacharse y hacer una picadita y tomar un porrón, o una gaseosa o lo que guste, pero con amigos, departiendo y extendiendo lo más que se pueda ese exquisito placer del dolce far niente en que se prodiga la cultura bolichera.
¡Y es que en la ciudad hay casi cinco veces más bares y boliches, fondas y afines, que escuelas de todos los niveles! Como 200 a 40, mas o menos, a favor de los templos del café versus los templos del saber, aunque a ciencia cierta no son antagónicos, sino más bien complementarios los unos de los otros, porque en ambos se adquieren conocimientos que nos servirán luego para la vida en sociedad. Incluso, bien mirado, tanto en los unos como en los otros se toma. Mientras en los bares se toma café, cerveza, gaseosa y vermú, en las escuelas se toma asistencia; y antiguamente, se tomaba distancia, costumbre que hoy cayó en desuso, como la de tomar Ferroquina Bisleri. Y que nadie se rasgue las vestiduras ante la revelación estadística, pues, quien más, quien menos, alrededor del 95% de los habitantes de la Villa son asiduos, asistentes más o menos frecuentes, parroquianos consuetudinarios u ocasionales concurrentes, pero, quien más, quien menos, todos tenemos varios cortados o porrones en nuestro haber.
La prueba más flagrante y contundente de ello pudo constatarse durante esta maldita pandemia, que nos privó de muchas cosas, pero antes que nada (para aquellos que tuvimos la suerte de no perder seres queridos o quedarnos sin trabajo) nos privó de encontrarnos con los/las/les amigos/amigas/amigues, en el boliche. Por eso, apenas pudimos asomar la nariz fuera de la puerta de calle y aventurarnos unos pasos por las veredas semidesiertas, lo primero que hicimos fue rumbear para el centro a tomar un café aunque sea de parado, al frío, y hacer ronda con otros animales cafeteros para dar rienda suelta a nuestra lengua y nuestra imaginación, forjar comentarios y opiniones sobre los acontecimientos pandémicos y compartirlos con quien quisiera oírlos. Y pocos reclamos fueron tan acompañados por el grueso del cuerpo social ante el obligado confinamiento impuesto por la realidad sanitaria imperante en todo el orbe, como el reclamo de los bolicheros. Todos apoyamos el desesperado pedido de reapertura de bares, cafés, comedores y fondas por parte de los propietarios. Ellos, porque necesitaban su fuente de ingresos; los mozos/as, bacheros, cafeteros y demás etcéteras, porque necesitaban recuperar la fuente laboral, pero la gran masa del pueblo apoyó con fervor porque padecía un verdadero síndrome de abstinencia, una necesidad imperiosa, física, casi, de volver al boliche.
