154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Mozas: las preferidas de la clientela
Como ya se dijo en algún lugar de este trabajo, las cosas han cambiado en bares y boliches en las últimas décadas y uno de esos grandes cambios puede palparse en la incorporación de la moza a la par del mozo o, incluso, en algunos casos, en remplazo del mozo.
Entonces, no podía faltar en estas páginas la voz femenina desde la perspectiva de género y desde la mirada desde atrás de la bandeja.
Rebeca tiene ya 10 años ejerciendo como moza en distintos establecimientos de la ciudad y nos trae, junto con el café, su opinión sobre los gajes del oficio:
“En algunos casos, los mozos somos discriminados. Ocurre, por ejemplo, con un compañero, que es gay. Hay ciertas mesas, ciertos clientes, que no quieren que él los atienda, o que cuando él va a la mesa a bajarles el café, no lo miran o bajan la vista”, apunta la moza y luego aclara: “Yo nunca tuve problemas, personalmente. Pero sé de mozas que sí han tenido problemas con clientes. Hay de todo, es así el trabajo. Yo tengo claro eso, estoy acostumbrada: vengo, trabajo, le pongo la mejor onda al laburo y no le doy demasiada trascendencia a lo demás”.
La concurrencia a los bares es a todas luces variopinta, heterogénea, mistonga: y para no caer en la repudiable discriminación, la casa ya no se reserva el derecho de admisión. Eso, algunas veces, les ocasiona algunos problemas a los trabajadores.
“He tenido compañeras que han llegado a pelearse con los clientes, porque hay gente que te trata mal, que te llama mal, o que te pide de malas maneras las cosas y que ni siquiera te dice buenos días. Hay gente que piensa que, porque sos moza, estás para servir y nada más, como si fueras de una categoría inferior”, explica Rebeca.
“Después, tenés gente que viene todos los días, entonces ya conocés lo que pide cada uno, y tenés otro tipo de relación con esos clientes, más cordial”, concluye.
En esos momentos en los que el boliche está a pleno y todo el mundo quiere su bebida y su comida para ya, uno ve ir y venir a las mozas y tiene la sensación de que en cualquier momento revolean la bandeja por los aires como una novia arroja el ramo de flores, se quita el delantal y se va dando un portazo. Todo parece un pandemónium, tienen que soportar pacientemente a los indecisos, a los que piden extravagancias y a los que se hacen los cancheros. Y después, tienen que ir haciendo equilibrio con las bandejas llenas entre medio de las mesas. Ni Kung Fú tiene tanto equilibrio.
Sin embargo, Rebeca dice: “El trabajo en sí, no es tan cansador. Son ocho horas diarias y acá, como somos varias y si hacemos trabajo en equipo no se hace pesado. En el caso nuestro, vamos rotando en distintas funciones, una vez tirás café, otra vez hacés sándwiches, o servís las mesas. Eso hace que todas sepamos hacer de todo, entonces es más fácil cubrirnos, y eso está bueno. Así lo resolvimos entre todas nosotras”.
La pregunta es obvia, pero hay que hacerla: ¿Por qué creés que las mujeres mozas están casi remplazando al mozo tradicional?
“Lo que te dice todo el mundo es que las mujeres llamamos más la atención. Los clientes prefieren mozas mujeres, no solamente los hombres, las mujeres también prefieren ser atendidas por mujeres. Es raro. Cuando voy a algún lugar, no tengo problema en que me atienda un mozo, pero la mayoría de los clientes prefiere mozas mujeres”.
Claudia, quien también tiene más de una década en el oficio de moza y trabajó en varios bares de la Villa, aporta su experiencia:
“Por ahí, al principio, hace 20 años, cuando las mozas eran todavía una novedad, puede ser que los dueños de los bares te contrataban porque eras atractiva, te hacían vestir de forma un poco provocativa, como para atraer a los clientes hombres. Incluso, alguna vez, le tuve que poner los puntos a algún cliente con unas copas de más que se ponía medio pesado y no entendía que yo era moza, nada más y se quería propasar. Pero ahora es tan común que haya mozas, y la ropa que usás para trabajar es tan normal, por lo general una remera y un pantalón, que creo que nadie se hace ninguna película. O si se la hacen, la miran solos”, dice la moza. “Igual, tenés lugares y lugares para ir a trabajar. Yo, en algunos bares no iría a pedir trabajo, porque creo que no da”, aclara.
Y conociendo algunos bolichones, la verdad es que tan errada no anda la moza. Eso trae a la memoria a la Pulpera de Santa Lucía. Aparte de rubia y de ojos celestes, que reflejaban la gloria del día, tiene que haber sido bien guapa la muchacha para servir en aquella pulpería donde anclaban mazorqueros, gauchos mal entretenidos, desertores y asaltantes de diligencia, ¿no? Mínimamente, debe haber tenido un Mauser atrás de la barra. Pero eran otros tiempos, nada que ver con estos...
