154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Ganas de la vida
Javier Morello: ¿escritor? ¿guionista? ¿productor? ¿director de TV y documentales? ¿fabricante de rompecabezas? emigró a Buenos Aires en los 80 y suele decir de sí mismo -tal vez en broma, tal vez en serio- que es un porteño que nació en Villa María. Y tal vez algo de cierto tenga eso, por lo menos, en lo que a sus nostalgias de los bares locales se refiere, sus vivencias y sus confesiones. A su pluma, a acompañar el arte de otro artista villamariense que emigró allá lejos y hace tiempo, Toul. Hoy es día de cobro y nos damos un lujo en este boliche. Dice Morello, mientras le pone un chorro de soda al Gancia:
“De chico tenía menos calle que Sanabria. Leía más que lo que jugaba al fútbol. Más Salgari que potreros, más Verne y la luna que yo y la tierra. Adelantándome a los comentarios, después sí, después fui feliz. Salí a la calle, leí, jugué. Es decir, seguí leyendo, pero también viví. Dicho eso a los 16, 17 en los tempranos 80, estaba pidiendo pista. Era como si me hubiera leído todos los manuales y ahora quería pasar a la práctica. Manuales del amor, manuales de la amistad, manuales. Manuelas.
En los libros y las películas los amigos y las mujeres se conocían en bares. Así que decidí, en los tempranos 80, a mis dulces 16, conocer bares, boliches, boites.
Mi madre y mi padre mencionaban como al pasar bares y boliches míticos de Buenos Aires. Yo soñaba con el café de Rick donde cualquier hora era la hora de tomar una copa. Tontos, pensábamos que el beber era crecerse.
Dicho esto, tenía 16, el paladar listo, los colmillos largos, estaba inundado de ganas. Tenía las fauces de un cocodrilo, el hambre de un lobo, el coraje de un colibrí miedoso. Las ganas abiertas así. Ganas de la vida”.
La madrileña 1
“La Madrileña es mi primer bar. Mi abuela me llevaba y pedía las famosas picadas. No había en la ciudad picadas como esas. No me gustaban demasiado. Demasiado tentáculo de pulpo. Mi madre también me invitó a La Madrileña, pero ella quería que conociera el Icecream Soda. Helado de vainilla, granadina, chantilly, chorro de soda. Fui feliz en cada una de esas ocasiones. Y en una de las tantas veces que esa cuadra fue peatonal, al lado de La Madrileña había una casa de tabacos y otras cosas y ahí compré un mazo de cartas de plástico, estaba muy feliz. Y mi viejo nos llevaba con mis hermanas y pedía un negrito. Un chocolate en pocillo de café. Eso era La Madrileña en mi infancia”.
La madrileña 2
“Después conocí a Alejandro Schmidt, no sé cómo (seguro en algún bar) ni quién nos presentó. Habían pasado años desde los negritos, la granadina, y los pulpos eran otros. Alejandro, indudablemente el mejor poeta vivo de la provincia y sus alrededores, era peronista. Conocí en La Madrileña, con él y gracias a él, a lo más granado del peronismo previo a las elecciones del 83. Y a Gelman.
Conocí la poesía de la mano de Schmidt, mano unida a un brazo, brazo que llevaba en el sobaco la eterna cartera negra donde él guardaba libretitas y rencores.
Las libretas de Alejandro tenían textos como ‘Planta de bolitas rojas: crataegus’.
Te podía contar en una noche lo más canalla de la vida, inundarte de vergüenza ajena y propia, y al ratito nomás iluminarte, con una historia, con un verso propio. No sé si él lo buscaba, pero armaba tertulias como los modernistas en España. Un efecto agradecido y colateral de esas clases informales es que volví a encontrar a amigos de la primaria, Normand, Gustavo. Seguí siendo amigo de ellos mucho después de la amistad con Alejandro se perdiera enredada en algún crataegus.
Pero La Madrileña también era el lugar donde con Monky y quien se sentara en la mesa, esperábamos a la Roja.
La Roja y Monky eran modelos de amor para nosotros. Eran los 80, años complicados, la peor y la mejor de las épocas, dicen que dijo Dickens.
En la vereda y de día, el flaco Mainardi miraba pasar, inofensivo, pero deseoso, a las chicas de Villa María, famosas por su belleza, deseantes de poemas como los de González Tuñón.
Hubo un sótano en La Madrileña donde se contaron historias como la de Moreyra y Chirino. En esos años, esos años que añoro, pasaban cosas. Y había teatro y había festejo”.
Toluka
“Nunca supimos a qué se debía la K. Pero remitía a Mexico. En Toluka con Mario Roberto, con Juan José, con Gustavo, con un montón de rotantes amigos caíamos después de Kabranka. No existen el mundo lomitos o hamburguesas más perfectos. Acá veníamos, alguno ganador, alguno derrotado, luego del boliche. Y a veces seguía la historia, porque si hay algo que no tiene fin, es la noche”.
El Establo
“Frente a Toluka. Al lado de casa Beige. Yo estudiaba Bellas Artes, Toul venía con Coco, Richard con Norma, y yo estaba suelto igual que Stella. Muerto de amor. Había un ‘Simón’, esos que apretás teclas y tenés que repetir colores y sonidos, y la primera pantalla gigante que vi, que pasaba segmentos de Les Luthiers y a Charly cantando ‘Yendo de la cama al living’. En ese lugar empecé a soñarme y a planear quién quería ser”.
El Palace
“Ahora es un edificio público, creo, ahí aprendí a conocer a Monky. Empezamos a soñar en cine y en mil cosas. Y Sergio, que vivía a la vuelta, caía de repente y hablábamos de rock. y qué sé yo qué más. Enfrente del Palace di mi primer beso. Tardío, porque ya dije, había estado leyendo libros antes, en vez de ocuparme de la vida. Todo te lo daban con esa salsa de mayonesa y picles en el Palace”.
Baudino
“El bar de una estación de servicios. El último bondi a finis terra. En Baudino estaba Monky, tarde, después de dejar a la Roja en su casa, y yo, después de Toluka, o lo que fuera, sabía que lo encontraba ahí. Charlábamos, ¡discutíamos!, de la peli que habíamos empezado a soñar en el Palace, anotábamos cosas, y el Negro tenía un cuaderno donde iba dibujando escenas.
Solían estar Sergio, el Flaco Mainardi, a veces el Gato Pedraza, y Batata Ciacardini. Horas hablando de idioteces. Batata había descubierto métodos de grabación en alambre y -aunque es fundamentalmente cierto- Monky lo bardeaba y él se dejaba bardear. En Baudino básicamente tomábamos café y una cerveza entre varios. Monky no bebía alcohol, el Flaco no podía y no quería por sus medicamentos, y todos llegábamos casi sin plata.
Monta
“Ahora se llama Montes, pero es eterno. Otro lugar para caer tarde. Creo que hasta mi abuelo de joven fue a Monta. ¿Le habrán servido la especialidad de la casa, milanesa cortada en cuadraditos con mostaza? Mario Rulloni iba a Monta. Con su socio de la vida: el clarinetista Sergio Fiorito. Un bar de laburantes esforzados y gastados. Que cerraba si es que cerraba, a la madrugada. Te tomabas un vino de la casa, y si te alcanzaba, los célebres cuadraditos de milanga, y te quedabas horas y horas. Eran años de gran actividad cultural, terminaba la dictadura, se iba la censura, y todos íbamos a ser creativos y felices. Las revistas florecían en cada esquina. Mario ideó y bancó con su propio dinero ‘Chauchas & Palitos’. Mientras otros publicaban literatura y plástica, Mario quería (y lo logró) una revista de humor gráfico y escrito. Ahí publicaron muchos de los mencionados en esta nota. Y para muchos fue la primera vez. Y para muchos fue el inicio de una carrera. Y mientras las revistas culturales se presentaban en elegantes vernisages, Mario eligió Monta (Monta’s, decía y escribía él) como el ámbito del lanzamiento. Yo publiqué en ‘Chauchas & Palitos’ y estaba allí esa noche. Y esa noche, una rubia escuchándome hablar fuerte y asertivo -como hablaba en esa época - dijo que yo era insoportable”.
La Esperanza, L’Spoir, El Argentino
“Fue el Netflix de los boliches, de pronto todo pasaba ahí, yo ya vivía en Buenos Aires y si volvía de visita a los pagos sabía que con pasar por esa esquina a alguien encontraba. No había WhatsApp para coordinar, salías y veías si había alguien con quien tuvieras ganas de tomarte un café, una cerveza, un vino y charlar un rato. No voy a armar la lista de nuevo, todos estaban ahí. Y después te quedaban, como siempre, Baudino y el eterno Monta. En L’Spoir, una noche pasé por una mesa y le robé a una rubia el último cigarrillo que les quedaba a ella y sus amigas”.
Boites
“Del texto anterior se deduce que yo era más hábil para hablar tonterías que para bailar. Me dijeron que escribiera sobre eso. Fui a Fly dos veces o tres. Una vez inolvidable en la que tocó el Flaco Spinetta. Y muchas a Kabranka. En Kabranka tuve la fiesta al recibirme en el secundario. La lista es grande, nombré a algunos, los quiero mucho, seguimos compartiendo la vida aunque sea por WhatsApp. Esa fue una buena noche, me dieron un diploma, entramos con mi amiga (de esos años y de toda la vida) Sonia Pérez con su vestido y mi traje combinados en colores y después todos bailamos y soñamos que íbamos a ser felices. Y en eso estamos.
Así que tuve mi noche de triunfo en Kabranka, pese a que en todos los años anteriores hubiera bochado y repetido todos mis intentos de triunfar en las pistas y conquistar señoritas.
En esencia, pienso, bares y boliches son para eso, para conocer gente, para conocer la vida, para conocernos.
Como dije, tenía ganas de todo en esos años (y trato de conservarlas) entre todas estas historias, tuve (tardíamente) mis primeros besos, mis primeros amigos y amigas (aunque los conociera de antes, el bar y el boliche fueron los que sellaron la amistad) mi primer escrito publicado, mi primer dibujo impreso, y la rubia que se peleaba conmigo se convirtió en madre de mis hijos, y con sus altas y bajas en una amiga con la que compartiría un café o una cerveza en cualquier momento.
¡Salud! Brindo con todos los que nombro. Y sobre todo con quienes no nombro. Con los que están y con los que no. Con mis viejos, y con el Gringo Andreotti, que recorrió conmigo los bares y boliches de Villa María y después los de Buenos aires”.
