154 años - Villa María "de boliche en boliche"
“Era como una hermandad”
Como ya lo adelantó el especialista Miguel Angel Juan y quien camine un poco la calle puede advertir sin mucho esfuerzo, hace rato ya que el bar, el boliche, no es solo cosa de hombres. Por eso invitamos a la mesa a tomar un café a Patricia Gatti, periodista a quien la vida laboral la fue llevando para la calle General Paz al 300, para cubrir hechos policiales y/o judiciales. En virtud de ello, visita a diario uno de esos bares “temáticos” de la Villa. La señora pone una pizca de edulcorante en el café y mientras revuelve, nos cuenta:
“Pasó por muchas administraciones y tuvo muchos nombres, pero todavía, la mayoría dice: ‘Nos vemos en el bar de Quinoto’”. Está frente a Tribunales y hace más de cuatro décadas, cuando ya funcionaba como bar, lo compró un juez: Juan Raúl “Naranja” López. “Pienso que lo compró para nosotros, yo por entonces tenía 16 o 17 años y me puse al frente”, dijo Quinoto López, el hijo.
Con esa juventud y el apoyo de la familia, armaban las históricas picadas que, al mediodía, con un vaso de vino o un vermú, hacían que las mesas compartidas entre jueces y ordenanzas de Tribunales se convirtieran en un espacio de encuentro, sin clases sociales, sin grietas. “Se debatía mucho, pero no había peleas por partidos políticos ni por los juicios. Era como una hermandad”, agregó.
“Antes venían siempre los jueces, ahora se cuidan más, porque la gente puede criticarlos”, analiza Quinoto.
Recuerda que el lugar tenía un teléfono público, y por eso, era una verdadera oficina para muchos abogados, “tanto de Villa María como de la zona, que tenían que pasar horas acá”.
“Gracias a este bar, tuve mi casa y viví bien”, señala. “Se trabajaba mucho”.
El ingreso es a través de un corto pasillo que desemboca en el mostrador y a ambos lados hay espacios, cual habitaciones, donde se sientan los clientes. “Un día le dije a mi viejo que estaría bueno reformarlo y hacer un gran salón, sacando el pasillo del medio. Pero él, que venía de la abogacía, me dijo que no, que tengo que pensar que podía venir la gente que en un juicio está en distintos lados y que necesitaban un espacio cada uno”. Y tenía razón: se juntaban en un sector los acusados, sus familias y sus abogados, y en otro, las víctimas. Algo que sigue pasando.
Club Forense
Por iniciativa de Naranja López y otros abogados como el recordado Eduardo “Lalo” Rodríguez se conformó el Club Forense, un equipo reunido con el fin de jugar al fútbol en distintos torneos, especialmente en los interprofesionales, pero que, en realidad, también fue la excusa para organizar históricos asados en el mismo bar. “Había reunión y prendíamos un fueguito”, recuerda Quinoto.
Hasta no hace mucho tiempo, una foto colgada en las paredes del bar recordaba a ese equipo de fútbol conformado en ese espacio.
“Por eso te repito que era como una hermandad, había muchas risas, carcajadas en realidad y, por ejemplo, cuando yo estaba solo y me pedían algo en Tribunales, me iba corriendo con la bandeja para llevar un café al cuarto piso -por las escaleras, porque lo hacía más rápido que por ascensor- y volvía. No había problema con que quedara solo el local porque la gente te lo cuidaba”, recordó.
Tantos años al frente del lugar hicieron que viera pasar generaciones de abogados. “Bueno, si te digo algo no lo vas a poder creer, acá venían abogados como Martín Iglesias, que traía a su hijo Marcelo (Martín Silvano) y me lo dejaba para que lo cuidara mientras él estaba en una audiencia. También Lalo Rodríguez me dejaba al Tati (Eduardo, igual que su padre, hoy abogado), que era muy hiperactivo. Así que yo dejaba las bandejas, la máquina de café, y en el patiecito del fondo lo hacía jugar a la pelota”.
Ese patiecito del fondo es hoy el lugar elegido por Tati y Marcelo para tomar su café diario en los intermedios de su labor judicial.
Un jerez, por favor
Los gustos de jueces, abogados y martilleros eran variados. “Me acuerdo de un martillero, Arturo Jiménez Caroll, era un hombre mayor y todos los días, cerca del mediodía, pedía una copita de jerez”.
“A todos les gustaba la picada. Mi mamá, que me apoyó mucho, preparaba varios platos para hacerla muy completa y la acompañaban con un vaso de vino o un vermú”.
“También hay gente que tomaba un vaso de leche fría, como un abogado de Oliva (Alejandro Mancini) que justo hoy me mandó una foto recordando esos tiempos”.
Actualmente el bar se llama Adonai y está a cargo de Lorena y Cintia, dos jóvenes emprendedoras que “hacen el café más rico de la Villa”, Quinoto va a diario. “Lo siento como mi casa, incluso, acá viví con mi hija en una pieza que hicimos arriba, antes de que me pudiera construir mi actual vivienda”, concluyó.
Hoy
Cintia, su hermano Maximiliano y la esposa de éste, Lorena, son los responsables actuales del bar. Ellas tienen una característica: saben lo que casi todos los clientes van a pedir. A uno el cortado, a otro el café, la lágrima.
Sigue teniendo esa identidad del “bar de Tribunales”, aunque hay varios en la manzana y son también los que conocen los gustos de los funcionarios y empleados que piden a diario su desayuno.
Saben que bien temprano llegan los penalistas: los fumadores al fondo, el resto, a la izquierda. Al mediodía, una “mesaza” de abogados civiles y de familia, que aunque no tengan que hacer trámites judiciales, deciden seguir eligiendo el bar de Quinoto como su punto de encuentro.
Se hizo justicia.
