154 años - Villa María "de boliche en boliche"

“En algunos casos, es una forma de vida, es una elección, el boliche, el bar”

Miguel Angel Juan, como todos los villamarienses saben, es un reconocido relator de fútbol de dilatada trayectoria, que compartió cabina con grandes de ese oficio, y por si fuera poco, también es periodista deportivo de prestigio en la ciudad y propietario de una de las radios locales. Sin embargo, su Currículum Vitae no se acaba ahí, porque el hombre es, además, un perito honoris causa en bares y cafés. Café negro, tres cuartos o café corto, más o menos a la italiana. Y bien tirado, porque si no está bien tirado, si está frío o demasiado caliente, digámoslo con todas la letras, es un asco. O sea que el hombre tiene el paladar adiestrado y ha catado cafés en una pila de bares locales, provinciales, nacionales y del exterior. Y sabe, porque es un viejo lobo de bar.

“Definamos qué es un boliche, qué es lo que significa en sí mismo”, dice Miguel Angel Juan. “En algunos casos, es una forma de vida, es una elección, el boliche, el bar. Porque uno en el bar comparte el café con los amigos”, agrega, mientras revuelve distraídamente el contenido del pocillo. “Hay amigos de café. Por ejemplo, dos hombres cuyas familias no se conocen, las esposas nunca han tenido contacto entre sí, los hijos tampoco, pero esos dos hombres sí; son amigos de café. Es decir, que el boliche es para cultivar la amistad. Pero también es un lugar para el trabajo. Por ejemplo, hay clientes, comerciantes, con los que uno no se puede reunir en el local, porque permanentemente es interrumpido por clientes, por el teléfono, por los empleados... en cambio, si usted lo invita a tomar un café, puede charlar con él cara a cara, más distendidos”.

“El otro día fui a visitar a un cliente a su negocio. Estuvimos como una hora para acordar una cuestión comercial, con las interrupciones del caso. Como yo había dejado el auto en service, acá en el centro, se ofreció a traerme. Cuando llegamos acá, le propuse tomar un café. Estuvimos otros 45 minutos charlando de cualquier cosa, menos de negocios; tranquilos, distendidos. Eso es el café”.

“Hasta en lo familiar el bar tiene particularidades. Por ejemplo, yo, después del mediodía suelo reunirme con mi esposa y mis hijos a tomar un café, y charlamos de cosas que en la casa no podemos conversar, porque está la pausa, está la tranquilidad. El bar tiene esa connotación, es el lugar ideal de la reunión. Por eso para muchos tiene una significación muy especial el bar, el boliche. Para otros no existe. Cuando tengo que hacer una nota para la radio, por ejemplo, llamo al entrevistado y lo invito a tomar un café. Incluso, es un lugar para ir solo, para pensar, para evaluar, para poner la agenda en orden. Incluso, en el caso del periodismo es fuente de información, porque en los cafés uno se entera de muchas cosas. Vengo de una familia en la que mi padre, por ejemplo, no iba al café; pero yo, con el tiempo, fui adquiriendo la costumbre. Y fíjese cómo han cambiado las cosas. Antes, en la época de nuestros padres, el hombre iba al bar, la mujer, no. Y hoy eso ha cambiado mucho. Hay tanto mujeres como hombres en los cafés, y la mujer utiliza el café como el hombre. Antes, eso era distinto: por ejemplo, una mujer no entraba al bar de Copertino ni por casualidad; el boliche se usaba más para ir a jugar a las cartas, por ejemplo. El hombre terminaba de almorzar y se iba al boliche del club a jugar a la mosca, al chancho, al codillo. Seguramente, esa costumbre perdura, pero en la actualidad, la fisonomía misma de los bares ha cambiado y el café es un lugar más para compartir. Lo que pasa es que hoy juega mucho la gastronomía también, y en los bares se almuerza mucho, hombres y mujeres. Antes, por ejemplo, en el bar de Copertino (y vuelvo a él porque era un lugar emblemático) no se almorzaba, jamás. Han cambiado mucho los tiempos en ese sentido, se ha evolucionado. Y ya que lo mencionamos, el Pipa Copertino es el mejor tirador de café de Villa María; y en esta ciudad se toma muy buen café en varios lugares, ¿eh? En La Torre, en Tacuba, en Coronados se toma muy buen café”.

“De joven yo iba a Chamaco, por ejemplo. Y estaban Cristal, La Madrileña, La Perla, más para ir a comer un sándwich, Antón y el Edén Bar para las pizzas, pero no había muchos más en el centro, y Monta para los que habían perdido el sueño después de que cerraba Chac, que era el boliche donde iba yo. Ahí conocí a quien es hasta el día de hoy mi esposa. Nos conocimos en Chac, bailamos, nos volvimos a ver al sábado siguiente, y así, a los seis meses nos pusimos de novios. Pero como le decía, no había tantos bares como hay ahora, seguramente porque hay mucha más demanda. Hoy, en cada cuadra hay un bar. Y hay bares para públicos específicos; por ejemplo, en la cuadra de Tribunales hay un bar donde se reúne específicamente gente vinculada a la Justicia; abogados, jueces, empleados de Tribunales, gente común que debe cumplir trámites judiciales... y en proximidades de las clínicas y sanatorios hay bares que son principalmente ocupados por médicos y por familiares de pacientes, personas que tienen familiares enfermos y deben esperar en las inmediaciones, mucha gente de pueblos cercanos. Incluso, hay bares temáticos. Todo eso, antes, no había, o no había tantos, por lo menos”.

 “En cuanto a lo mejor que me ha pasado en los bares, podría decir que es el hecho de haber hecho amigos. Por ejemplo, yo me siento con usted y compartimos la mesa durante un período de tiempo y con el paso de los días, el tipo que está en la mesa del lado también comienza a compartir, y uno hace una relación de bar. Cada cual en su mesa, pero comienzan a interactuar. Y los mozos también participan de algún modo de lo que a uno le pasa. Le voy a contar una anécdota que me pasó hace muchos años, en Camargo, que era un bar de esos medios específicos, de ‘negocios’, digamos, al que íbamos mucho. Le cuento una cosa que me pasó cuando recién habían salido las tarjetas de crédito. Con mi esposa, un amigo y su esposa, hicimos un viaje juntos de unos días a Carlos Paz. Y aquel amigo, al que vamos a llamar ‘el Negro’, me dice ‘Miguel, dejame pagar todo a mí con la tarjeta, y después vos me devolvés la mitad, así lo pagamos en cuotas. Le dije ‘bueno, después te doy unos cheques’... y así hicimos. Cuando volvimos nos encontramos en Camargo y, póngale que habíamos gastado 100, entonces le di cheques por 50, tomamos el café y nos fuimos. Al rato, llega mi padre a Camargo, -yo tenía una gran relación con él, era mi mejor amigo- y le pregunta al mozo: ‘¿No lo viste a Miguel?’, y el mozo le dice: ‘Sí, acaba de irse. Debe andar muy mal de plata, porque le vendió unos cheques al Negro’. ¡Hasta ese punto había confianza con el mozo y éste forma parte de todo!, aunque le había errado feo, el tipo se preocupó. El mozo está integrado a la mesa, con participación y distancia al mismo tiempo, pero es un personaje fundamental en la ceremonia del café. En aquel tiempo no existían las mozas, hoy, en cambio, son mayoría. Hasta en eso ha cambiado la cosa, creo que para bien, para mejor. Las mujeres son mucho más respetuosas y al mismo tiempo inspiran mayor respeto. A mí no se me ocurriría nunca gastarle una broma a una moza, en cambio, a un mozo, sí, una gastada de fútbol o de alguna otra cosa, en cambio, a una moza, no. Y esa distancia respetuosa a la que obliga la cuestión del género, redunda en beneficio de la atención. Eso, y que los dueños de los bares me parece que se ocupan más de que la atención sea buena, porque hay mucha competencia”.

“Y una cosa interesante que ocurre en las mesas de café es que las discusiones y las peleas, por fuertes o intensas que sean, tienen vencimiento. Por terribles que sean, al otro día, a la misma hora y en el mismo café, se empieza de cero, como si no hubieran pasado”.

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