154 años - Villa María "de boliche en boliche"
El hombre que ocupa la vidriera del café
En otro capítulo de su estudio, Argarate continúa con su itinerario por los bares del mundo y el tiempo, como cuadra a un verdadero estudioso de la temática:
“Decíamos que los cafés son los lugares emblemáticos de un tiempo, que logran condensar una época y sus personajes. El escritor argentino Roberto Arlt, cuyas columnas periodísticas eran populares hacia finales de la década del 20 a través de sus ‘Aguafuertes porteñas’, llevaban por subtítulo ‘El hombre que ocupa la vidriera del café’.
Las aguafuertes eran pequeñas crónicas de la vida urbana analizadas desde la mesa de un café. Estampas de una situación curiosa, tipologías de una sociología silvestre. Para Arlt, el café era una especie de síntesis del mundo. En la novela ‘Los siete locos’ describe así al Bar Japonés, considerado hoy uno de los bares notables de Buenos Aires:
‘Al poner una mano en el bolsillo encontró que tenía un puñado de billetes y entonces entró en el Bar Japonés. Cocheros y rufianes hacían rueda en torno a las mesas. Un negro con cuello palomita y alpargatas negras se arrancaba los parásitos del sobaco, y tres ‘macrós’ polacos, con gruesos anillos de oro en los dedos, en su jerigonza, trataban de prostíbulos y alcahuetas. En otro rincón varios choferes de taxímetros jugaban a los naipes. El negro que se despiojaba miraba en redor, como solicitando con los ojos que el público ratificara su operación, pero nadie hacía caso de él. Erdosain pidió café, apoyó la frente en la mano y se quedó mirando el mármol’.
Lo cierto es que la historia de los cafés se remonta a Solimán el Magnífico. El sultán que extendió el Imperio Otomano en el siglo XVI hasta las puertas de Viena. El corazón mismo de Europa. Solimán era un guerrero y un poeta y poesía, una exquisita cultura, fue quien impuso la moda de beber café. En 1544, dos árabes sirios abrieron la primera cafetería en Estambul, y en ese momento el jeque Bostanzadeh Mehmed Effendi emitió una fatwa declarando que el café no está prohibido, sino más bien útil y deseable.
Del mundo árabe al latino, el hábito se impuso. Nuestra idiosincrasia cafetera que se introduce a través de la cultura inmigrante remplaza paulatinamente a ‘La pulpería’ (nuestra versión criolla), viene fundamentalmente de la mano de los españoles. El propio Roberto Arlt reconoce en España el lugar del café como un espacio de sociabilidad convergente. En uno de sus viajes a la península ibérica describe lo siguiente:
“Dificulto que en algún otro país del mundo haya alcanzado el café, la íntima suntuosidad que en Madrid asombra al viajero. En la capital de España, el café tiene las características de un adornado palco de ópera, destinado para el placer de escasos privilegiados. Sus asientos son divanes de peluche, sus muros están encristalados, o revestidos de repujados de cuero, o cubiertos de tapices, retablos, cristales. Sus parroquianos resultan sempiternos abonados a la misma mesa de la misma hora”.
