154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Del mendigo al doctor, a todos
Tal vez el Pipa Copertino, quien ya fue mentado u otra parte de este trabajo, sea en la actualidad quien más tiempo ininterrumpido ha permanecido trabajando detrás de la barra de una importante cantidad de bares y boliches de la ciudad. Tiene 61 años y comenzó a los 12, junto a su padre, el Nene Copertino, a quien considera su “compañero de ruta de toda la vida, hasta que falleció”. El padre del Pipa era dueño del Nene Bar, ubicado en la esquina de Tucumán y 25 de Mayo. Y ahí comenzó a trabajar, primero lavando copas y poquito después en la máquina de café, para ya no volver a dejarla. Después, el bar, con el Pipa incluido, se mudó a Santiago del Estero y San Martín. “Cuando empecé, para llegar a la palanca de la máquina de hacer café, que era de esas máquinas viejas, tenía que subirme a un cajón de madera de Coca-Cola, porque si no, no alcanzaba”, recuerda el cafetero, es decir, el mejor cafetero de la ciudad, según la inmensa mayoría de los parroquianos y habitués consultados. “Después, comencé un recorrido yo solo. Trabajé en el Café de la Ciudad, más de seis años; en La Torre, con mi hermano; en Tercer Tiempo, en la esquina de Entre Ríos y 9 de Julio, y después me crucé al frente, en Balcarce, que estaba dentro de Musicalísimo; en el Castillo, en el viejo chalé Scopinaro, en la calle San Juan; en Kabranca, en Flop, en estos últimos, en la barra, sirviendo tragos, pero el gusto mío siempre fue el café, me moví siempre con eso. Era buscado por eso, por la cafetería. Siempre me gustó eso, arranqué por necesidad, y le agarré el gusto. Estudié, incluso, para ser perito contable, y nunca fui a buscar el título. Cincuenta años, toda una vida, ligado a esto. Ya no se puede cambiar. No es sencillo tirar buen café, y no ha habido mucha gente que se dedicara específicamente a eso, dos o tres muchachos más, que ya no trabajan, y fui quedando yo solo. Pasé por tantos bares... Y luego me vine acá”. Acá es el bar y panificadora Santa Rita, del Panadero López, en la esquina de Tucumán y Rivadavia. “Y ya hace más de cuatro años que estoy acá. Y vos sabés que viví cinco años en esta esquina, literalmente. Era el bar Pipa, lo teníamos con mi viejo, y vivía acá. Tenía el negocio y mi casa, pegados. Mirá las vueltas de la vida. Caí a mi casa, digamos. Antes estuvimos en Mendoza 625, frente a la Escuela José Bianco. Fue para la época del Mundial del 86. Mi viejo puso ese bar endeudándose. Un amigo le prestó la plata para poner el bar. Y vos sabés que en un mes agarró dos veces tres cifras a la cabeza y en un mes pagó todo. Incluso nos compramos un televisor para que los clientes pudieran ver el Mundial. Esa fue una de las grandes satisfacciones que tuve; compramos el televisor y una videocasetera para pasar películas. Cómo inauguramos aquel bar de la Mendoza 625.
Millones de anécdotas tengo, claro, pero que se puedan contar...”. Como buen bolichero, barman, cafetero, el Pipa sabe que para tener seguidores, y los tiene, además de saber tirar un buen café, debe cultivar el refinado y poco común arte de la discreción. No se habla de lo que pasa en el bar, ni de los parroquianos; excepto, algún recuerdo pintoresco y para nada dañino. “Han pasado tantos personajes, tantos valores. Con tantos años de bolichero, terminás conociendo a todos, del mendigo al doctor. Acá venía mucho el Pepo Cubielo, excelente corredor de motos y un tipo con una chispa increíble. Te pasabas el día riéndote. El Pepo siempre decía que la quiniela era el mejor juego del mundo. Y yo le decía siempre ‘¿qué le ves de lindo si no ganás nunca?’, y él decía, ‘¡si ganara, sería extraordinario!’.
También trabajé en el Bingo, en una época. De día en el Café de la Ciudad y de noche en el Bingo. Dormía dos o tres horas por día. Una vida insalubre, realmente. Es un trabajo desgastante, ser bolichero. Me cansó la noche, por eso trabajo ya solamente de día. Prefiero estar al vicio en mi casa, antes que trabajar de noche. No es el trabajo en sí lo que me cansa, sino la noche. Además, con los años, uno se va poniendo más intolerante a ciertas cosas. Aunque te guste, te va desgastando. Es natural que pase.
Lo peor que me pasó, como bolichero, fue acá, en este mismo boliche, cuando yo era el dueño. Una noche me pegaron un ‘cuetazo’ en la puerta. Una pelea que venía de afuera, una noche, cuando ya estábamos cerrando. Vinieron a buscar a un tipo acá adentro. ¡Me pegué un julepe! Lo vinieron a buscar y cerré. La bronca siguió afuera, intenté salir para calmar los ánimos y cuando estaba llegando a la puerta sentí ¡pum! ¡Me reventaron la puerta! Me quedé con el corazón en la garganta. Mi viejo estaba durmiendo atrás y el tiro lo despertó. Ahí llamó a la Policía. Nunca había pasado un susto tan grande. Y sin comerla ni beberla”.
