154 años - Villa María "de boliche en boliche"
Burbujas existenciales
El poeta y licenciado en Ciencias de la Sociedad y los Comportamientos Caprichosos del Hombre, tanto en masa como en solitario, Normand Argarate, villamariense de reconocida trayectoria en las letras y la lectura de la borra del café, realizó un pormenorizado estudio sobre el boliche y su implicancia tanto en el alma como en la sociedad humana alrededor del globo, y dedicó al asunto una extensa monografía titulada “El café del sábado”, de la que extrajimos algunos capítulos que iremos compartiendo a lo largo de este trabajo.
“Las cafeterías funcionan como refugios temporales, especie de burbujas existenciales desde las cuales permiten una cierta autonomía en la disposición del tiempo, un instante de eternidad, un romper el tiempo, un break como dicen los anglosajones.
Sus usos son personales y simultáneamente sociales. Una pausa en el trabajo, leer el diario, conversar con los amigos, cerrar tratos, conspirar, arreglar asuntos vinculares, ordenar las cuentas o la papelería, una cita o simplemente dejar vagar la mirada tras los ventanales como dejarse ir con los pensamientos mientras la vida transcurre, todo ello ocurre en la vida de una cafetería.
Una de las características de la ciudad es su variado y creciente número de cafeterías. En los últimos tiempos y tal vez por la misma necesidad de reunirnos, la cantidad de espacios destinados al rito del café ha crecido en gusto y variopinto. Los hay para todos los paladares. Hay cafés estilo boutique, con sillones suntuosos, otros con libros, otros que parecen casas de muñecas, otros sobre pequeños jardines que hasta incluso ofrecen bolsitas de agua caliente y mantas para los días fríos, los hay canutos, económicos, chetos, prácticos, literarios, con panadería incluida o servicio de peluquería, barbería o taller mecánico, al paso, o con la lujuria de pasteles, tortas y demás repostería tentadora, o simplemente en un museo. Desconozco el número de estos locales que pueblan la ciudad, pero seguramente esos números nos indicarían la relación de la población con el hábito del café, que encuentra los sábados por la mañana, en el caso de Villa María, su mayor esplendor como ceremonia social.
Los ‘cafés’ constituyen los escenarios en los que la vida de ‘La colmena’ parece cristalizarse en pequeñas anécdotas de la historia popular del lugar. De la misma manera que la novela de Camilo José Cela, es el café donde convergen los personajes de una época para retratarla. En el caso del libro del español, transcurre en Madrid de la posguerra, y resulta una pintura del ambiente opresivo del franquismo. Algunos recordarán la versión fílmica de esta novela, la memorable escena cuando el personaje del parroquiano ciego, sentado a la mesa del café, escuchando aburrido filosofar a unos poetastros, palpa por debajo de la mesa de mármol, y deletreando a través de las yemas de sus manos un nombre y una fecha, y descubre que aquella mesa en realidad es una lápida, como las de las mesas contiguas. Cela recrea en esta escena un hecho real de la España del invierno de 1942, recién instaurado el caudillaje de Franco sobre un millón de muertos. Durante ese tiempo de pobreza y opresión se extendió la costumbre de reutilizar los mármoles de los sacramentales para otros usos como las mesas de los bares”.
Los bares de la Villa tienen ese toque, ¿no?, irremediablemente habitados por personajes, tanto de un lado como del otro de la barra. Para muestra, un botón, o una tapita de Gini, si usted gusta: ¿en cuántos bares del extenso orbe, uno recibía un plato con dos porciones de pizza de manos de un pibe que poco tiempo después iba a ostentar el título de campeón del Mundo de los Supermoscas? En el Edén Bar, por supuesto. Ahí, detrás del mostrador, lustrando con una rejilla la ya pulida superficie, estaba y para algunos siempre estará Gustavo Ballas, con su sonrisa compradora. Te pasaba el platito y seguía en lo suyo, soñando con el preciado cinturón.
