154 años - Villa María "de boliche en boliche"

Al Chentro, al Chentro

Alfredo ya peina canas, y pocas (aunque es verdad que se pierde el pelo pero no las mañas, como se verá), pero en sus días de juventud conoció bares, boliches y fondas, y de varios de esos templos paganos (paganos algo) comparte con nosotros sus memorias; algunas, claro, las que se pueden compartir, porque es obvio que, aunque todo sucedía a la luz del día, o de la iluminación artificial según el caso y el boliche en cuestión, todos sitios públicos no obstante, no todos los recuerdos pueden ser llevados a la letra de molde porque podrían lesionar algunos buenos nombres, herir no menos susceptibilidades o mancillar, redondamente, la moral y los buenos usos y costumbres sociales. El hombre conoció La Esperanza, por ejemplo, más tarde L’ Spuar, actualmente Bar Argentino, donde todavía hoy, ya capeando la pandemia, se encuentra con un compañero del secundario. Alfredo conoció, por ejemplo, el Bar Al Chentro, sito en la esquina de las calles San Juan y Estados Unidos, intersección en la que continuaron sucediéndose boliches hasta el día de la fecha.

“Durante los años 40, y hasta los 50, ese boliche era de Corvo, un señor que manejaba la Banda de Música de Villa María, tocaba el trombón y estaba todo el día en la puerta del boliche con el trombón y era fascista. Y por entonces el boliche se había convertido como en una especie de comité, y ahí se juntaban y seguían los acontecimientos de la guerra, tenían mapas y clavaban chinches en los distintos puntos de batallas. Hasta que empezaron a darse vueltas las cosas y empezaron a avanzar los aliados y ahí se terminó la cosa, dejaron todo y no siguieron más la guerra.

Después estuvo ahí mismo un señor Arias, que era muy gordo, pesaba 160 kilos, y andaba siempre en camiseta, de invierno o de verano. Nunca lo vi con una camisa. El tenía como una muletilla: decía ‘Al Chentro, al Chentro’. No decía ni ‘buenos días’, ni ‘tome el vuelto’, nada de eso, solo decía ‘al Chentro’, y de ahí quedó la expresión, que en una época fue muy usada en la ciudad. Y así se llamó el boliche. Tenía una gran capacidad para calcular el peso de la gente. Venían, por ejemplo, dos albañiles, se ponían a tomar una ginebra y le decían ‘che, qué gordo que estás, Al Chentro’, él les decía, por ejemplo, ‘a ustedes dos juntos les gano por 68 kilos’, y ahí se iniciaba una discusión, apostaban por lo que habían bebido y siempre ganaba Al Chentro. Ahí, por ejemplo, en mi época del secundario nos reuníamos a cenar con los compañeros del colegio, o con gente del rugby, o después, cuando trabajé en Tribunales, con los compañeros de Tribunales. Y luego, como el lugar era muy conocido, salía la reunión en el diario de Neira, como una noticia. Tal grupo se reunió a cenar en el bar y rotisería Al Chentro. Era un lugar muy concurrido. Otro lugar muy concurrido era un bar comedor en la prolongación Alvear, pasando una cuadra del bulevar sarmiento. El dueño era un armenio: Sócrates Kregorian. Era un lugar de lujo, con aire acondicionado, todo de alto nivel. Al poco tiempo, se lo dejó a un hermano y con los años se hizo un lugar muy popular, al que íbamos mucho, y siempre estaba lleno. Era uno de esos lugares a los que van quienes han perdido la fe, a la noche, y era muy común el cruce de mesas. Iba, por ejemplo, un señor muy circunspecto, al que le decíamos “caldo frío” porque tenía siempre la boca con un gesto así, fruncido. Era músico, contrabajista. Y caía siempre con su contrabajo en coche de plaza. Iba también un guitarrista... Yo tenía una amiga que vivía en Inglaterra y cada vez que venía íbamos ahí, toda la barra, que era grande, gente de teatro. Y el dueño era bastante... iracundo el hombre, y siempre había alguna trifulca. Una noche se armó una discusión entre él, el dueño, y un cliente. Lloviznaba y el barro de la calle estaba resbaloso, me acuerdo, y el tipo salió de atrás del mostrador, le dejó encargado el negocio a uno de los amigos de mi barra y se fue al medio de la calle, bajo la luz del farol del alumbrado, a las piñas. Y caía la lluvia... ¡Eso habría que haberlo podido filmar! Otro bar, el bar del Gordo Muñoz. Tenía pegado en una de las paredes un Decálogo, confeccionado por los propios parroquianos, y yo tuve la precaución de hacer una copia:

Club de los que nacieron cansados: Estatuto

1- Se nace cansado y se vive para descansar.

2- Ama a tu cama como a ti mismo.

3- Descansa de día para dormir de noche.

4- Si ves a quien descansa: ayúdalo.

5- El trabajo es cansancio.

6- No hagas hoy lo que puedas hacer mañana.

7- Haz lo menos que puedas, y lo que debas hacer, deja que lo hagan otros.

8- De mucho descansar no murió nadie jamás.

9- Cuando te asalten deseos de trabajar, siéntate y espera que se te pase.

10- Si el trabajo es salud, ¡viva la enfermedad!

Al bar lo atendían él y la hermana, que le decían la Tera, era almacén, también, y con los años le anexaron otro tipo de... “servicios”. En fin, pero nunca pudieron acostumbrarse al último cambio de moneda; así que ibas a comprar algo, una gaseosa u otra cosa, y te decían ‘cuesta 1.530.000 pesos’, por ejemplo. Nosotros, la Promoción 1950 del Colegio Nacional, hemos sido durante 71 años muy habitués de La Esperanza. Hoy quedamos dos, nomás, pero éramos varios. Había billares, confitería, porque fabricaban masas finas, y vermú Danzant. Casi todas las materias del secundario las preparé en esos billares. Había unos libritos chiquitos que eran como un resumen de la materia. Me llevaba esos libritos a La Esperanza y preparaba las materias jugando al billar.

80%
Satisfacción
0%
Esperanza
0%
Bronca
0%
Tristeza
0%
Incertidumbre
20%
Indiferencia