Rosana Agüero nos cuenta su historia de adversidad y superación

Una mujer que pudo romper “el techo de cristal”

Como muchas mujeres, Rosana sabe lo que es el límite invisible o “techo de cristal” que nos impone la sociedad a las mujeres. En esta nota, cuenta cómo pudo superar los escollos y construirse en base a la fe y la confianza

Esta nota nace en una peluquería, cuando Marina habló de Rosana, su amiga, ante una periodista de El Diario. “Pienso que es para el suplemento de la mujer”, le dije sin dudarlo. Me puse en contacto con Rosana y aceptó. Costó que tuviera un momento libre para la charla, porque ella, esa piba criada por la abuela Felissa, la que se hizo cargo del cuidado de los hermanos cuando solo tenía 10 años, la que vivió una historia de violencia con su pareja, la que creyó que su límite era el diagnóstico de un tumor a su hija, pero lo superó; la que trabajó de bachera y moza; es hoy una empresaria gastronómica que atiende cuatro espacios comerciales y dispone de poco tiempo libre.

“No fue una vida de lo más fácil, pero si tuviera que elegir, volvería a pasar por cada cosa, porque todo me ayudó a crecer”, dijo.

“Me siento empoderada, y está tan de moda hablar del empoderamiento de la mujer, que en realidad creo que nuestras abuelas también lo estuvieron, sin ponerle ese nombre”.

La abuela marcó su vida. Sus recuerdos felices son al lado de ella, de Felissa Oyola, la mujer que le enseñó que no era menos que nadie, que aunque hubiera necesidades, se podía estar bien. “Nos calentábamos con un braserito porque no teníamos otra cosa, si compraba una factura procuraba que me comiera la mitad a la mañana y la otra mitad a la tarde, para estirarla y disfrutarla más”, recuerda. “Ella me enseñó todos los valores como mujer, que son los que hoy me impulsan a vivir”.

El primer giro adverso fue precisamente la muerte de Felissa, cuando Rosana tenía apenas 10 años. “La vida hizo que no estuviera mi mamá cerca, y me tocó cuidar a mis hermanos que entonces tenían 6 y 3 años. Decí que antes no había tanta intervención de asistentes sociales, si no nos hubieran llevado a algún hogar”, planteó. “Felissa me había dado las herramientas para afrontar la vida, costara lo que costara”, aseguró.

A los 15 se enamoró y desde los 16 empezó a trabajar en el sector gastronómico. Muchos la recordarán como la gentil y sonriente moza de Las Lilas, emprendimiento gastronómico de Juan Carlos Benecchi. “A él le debo mucho. Porque nos guiaba, nos impulsaba a estudiar y a capacitarnos”.

Lo que nadie sabía, es que la sonriente moza, cuando llegaba a su casa vivía un infierno. Su marido la maltrató en todas las formas, hasta que en una oportunidad en la que la salvó una amiga, le quebró un hueso del cráneo. Fue el momento que pudo decir basta.

Si bien volvieron a vivir juntos, ella ya había visto lo peor de él. “Pero también vi lo mejor de mí, vi que podía salir adelante con mis tres hijos. Eso fue lo que se define ahora como una mujer empoderada”, dijo con convicción.

El último período en que vivieron juntos fue corto, dado que un accidente vial terminó con la vida de su esposo y ahí quedó ella, viuda a los 28 años, con tres hijos de 11, 9 y 4 años. Y el desafío de seguir adelante.

Trabajaba antes de quedar viuda 8 horas y luego tuvo que trabajar 15. “Y todos estudiaron, crecieron. Por ejemplo, cuando trabajaba de moza pagaba la cuota de la Universidad Siglo XXI a donde estudiaba mi hija, con las propinas. ¡Te imaginás cómo me esmeraba en atender a la gente!”, recordó.

“Nunca me victimicé, no me gusta ese rol”, dice a El Diario Rosana. Busca encontrar lo mejor de las personas. “Tengo fe en Dios, no hablo de religión, pero sí de Dios. Me acuerdo cuando me asomaba a la ventana de la casa de mi abuela, en el barrio Ameghino y ella me decía que mirara al cielo y le pidiera lo que quisiera a Dios. Por eso trato de vivir con fe, con fe en Dios y con fe en lo mejor de las personas”, agregó.

Cuando ve a alguien que no tiene posibilidades de inserción laboral por distintos motivos, ella lo suma en la medida de lo posible. “Hay una chica que es una de las mejores colaboradoras que tengo. Ella, al igual que mi hija, tuvo un tumor. Ese tumor le quitó una parte del campo visual y nadie le daba una oportunidad. Ahora trabaja con nosotros y no saben lo excelente que es”, dijo.

“Hay chicos que se equivocaron y eligieron el camino de las drogas y en la reinserción, no encuentran muchas posibilidades. Yo se las doy. Amo dar oportunidades”.

“Eso para mí es creer en Dios, pagar el diezmo entre la gente y vivir en común unión con el otro, con el que necesita”.

 

La vida laboral

Fue empleada durante 16 años en dos lugares: uno, los concesionarios del Sport y el otro con Benecchi en Las Lilas -hoy Café de la Música-. "Pude estudiar en ese tiempo. Empezaba y dejaba porque tenía poco tiempo. Después con una beca del Ente de Turismo de la Municipalidad, pude terminar de estudiar y soy licenciada en Recursos Gastronómicos”, cuenta, con orgullo.

“Como empleada había llegado a mi techo. Empecé como bachera y estaba como encargada. Así que me decidí y empecé por mi cuenta hace seis años”, relató.

Amaba la gastronomía y ese fue el camino que empezó. La primera oportunidad fue en la cantina del Instituto del Rosario. “Estoy tan agradecida de ellos, me acompañaron, aceptaron y aceptan mis ideas cuando hacemos eventos. La verdad, es que estoy muy bien ahí, nado como pez en el agua. Así nació su marca gastronómica que no podía llevar otro nombre que el de Felissa”.

Además de la cantina, tiene otros tres locales gastronómicos y un proyecto a futuro. “Estoy en segundo año de carta italiana, porque Villa María está creciendo y hay mucha gente que conoce de gastronomía. Sueño con abrir un local así, con menúes italianos”, planteó la mujer que claramente no se va a detener ni en lo personal, ni en lo familiar, ni en lo empresarial.

Sueña también con ampliar el rubro cafetería con especialidades del mundo. “Proyecto un viaje a Colombia para empezar a ver la cuna del café”, dice.

Hoy, participa de grupos de mujeres emprendedoras a nivel nacional, asiste a congresos y capacitaciones en todo el país y tiene una veintena de personas bajo su responsabilidad.

“Yo no me olvido de que fui moza. Por eso trato de incentivar a mi grupo de trabajo. Nos reunimos, armamos equipos. Tenemos normas, un manual de trabajo por el cual el día de los cumpleaños no trabajan, porque yo sé lo importante que es pasar esas fechas con la familia. Lo mismo en Navidad y Año Nuevo o el Día del Trabajador. Además, traigo baristas de afuera para que se capaciten permanentemente”, planteó.

 

Lo peor

Rosana no sabía que lo peor no había llegado aún. Fue aquel día en que un oftalmólogo le diagnosticó un tumor cerebral a su hija que estaba embarazada y que le afectaba el nervio óptico. Fue la única vez que no quiso seguir adelante, que flaqueó y pensaba que era mejor morirse antes de ver morir a su hija.

Sin embargo, asegura que la “mano de Dios” estuvo para que ella pudiera seguir, acompañando a la hija que fue operada con éxito y recuperó la visión.

Cuenta cómo luchó, sin obra social, para conseguir un medicamento indispensable para la operación. “Hay una mafia de medicamentos oncológicos”, aseveró.

Cuando finalmente intervinieron a la hija, estaba con paz porque sabía que todo iba a salir bien. “Siempre digo que todo nos cuesta el doble. Cuando mi hija estaba en terapia, mi otra hija tuvo una peritonitis aguda. Tenía a los dos entubadas”.

Pero todo pasó. Volvió a casarse con Alexis, tuvo a su cuarta hija completando la familia que soñó, tiene cuatro nietos y puede confirmar lo que le decía su abuela: los sueños, trabajando, se cumplen.

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