ARROYO CABRAL - El pueblo celebró a San José
Los 100 años del armonio de la iglesia
Por décadas, el instrumento siguió sonando en el templo y hoy es parte del pequeño Museo de la Casa de la Cultura, donde resguarda la historia de la comunidad, de sus fieles y de aquel padre Buteler que lo hizo posibleEl 19 de marzo, en la festividad de San José, fue inaugurada la iglesia de Arroyo Cabral, culminando así una larga espera para la comunidad.
Cinco años antes, los vecinos habían conformado una comisión para gestionar la construcción del templo. La capilla, dependiente de Villa Nueva, tuvo como primer sacerdote en celebrar misa al párroco Antonio Alonso Prado, quien también había sido el presidente honorario de la comisión.
Pasaron seis años hasta que las visitas mensuales de curas desde la parroquia vecina fueran asumidas por el mismo ministro.
En 1915, el padre José Buteler llegó a Villa Nueva para desempeñar su primer destino como párroco y, desde entonces, asistió a los feligreses de Arroyo Cabral, hasta su traslado en 1932. Nacido en Los Molinos de Calamuchita en 1887, José Buteler creció en una familia profundamente católica, siendo el sexto de quince hermanos. Desde niño compartió momentos con seminaristas, durante los meses de vacaciones, en la casa de campo del Seminario Mayor, cercano a su hogar. Es posible que en esos encuentros, entre juegos y fogones, germinara su vocación sacerdotal. Fue ordenado en 1911 y celebró su primera misa en su pueblo natal, rodeado de sus seres queridos.
Su labor en Villa Nueva y Arroyo Cabral
En Villa Nueva, su ministerio estuvo marcado por una intensa vida apostólica y una incansable labor pastoral. Bajo su guía florecieron las capillas de Ausonia, La Laguna, Sanabria, y la del Colegio de las Hermanas Franciscanas. Concluyó la reconstrucción de la iglesia, fundó el colegio San José y demostró su espíritu de caridad al brindar ayuda a los damnificados por la inundación de 1925 y el ciclón de 1928.
En abril de 1932, poco antes de su traslado, la comunidad de Villa Nueva le rindió un emotivo homenaje con un banquete de despedida, discursos y obsequios.
Cuando llegó a Arroyo Cabral, en marzo de 1915, para las Fiestas Patronales de San José, los fieles le dieron una cálida bienvenida. Su juventud, carisma y fervor religioso conquistaron rápidamente a la comunidad. Se encontró con una iglesia de estructura nueva, pero desprovista de ornamentos.
En pocos meses logró dotarla de un altar mayor de San José, adquirido en Rosario mediante una suscripción popular. También colocó el piso en la sacristía y las naves laterales, donde instaló pequeños altares donados por la familia de Cipriano Pedraza, cuyos miembros se convirtieron en benefactores del templo. En 1919, la iglesia estrenó una docena de bancos de cedro, candeleros, mecheros de bronce, una nueva campana y también imágenes de santos.
Un regalo inolvidable
El mayor gesto de amor del padre Buteler hacia la iglesia y su comunidad llegó en 1925, cuando adquirió, con su propio dinero, un armonio francés para enriquecer la liturgia. Sabía que la feligresía jamás podría costear un instrumento de ese valor, por lo que decidió obsequiarlo.
El armonio, común en las iglesias de ciudades, se convirtió en un tesoro para Arroyo Cabra. Pequeño y portátil, era un órgano de viento con pedales y teclado, similar a un piano. Su sonido profundo y armonioso elevó la calidad musical de las ceremonias religiosas y enriqueció los cánticos de los coros.
El legado del padre Buteler
En mayo de 1932, el padre Buteler fue trasladado a la parroquia de Alta Gracia. Allí, en las alturas de la Sierra Grande, dedicó gran parte de su labor pastoral a los pobladores de la Pampa de Achala, quienes vivían en condiciones austeras, aferrados a la tradición y el amor por su tierra. Con fervor brocheriano reavivó la fe en la región, hasta que su salud comenzó a deteriorarse. Falleció el 23 de noviembre de 1948, mientras el vuelo de las campanas de su parroquia amada anunciaban su partida.
Un siglo de música y silencio
Durante décadas, el armonio de la iglesia de Arroyo Cabral siguió resonando en ceremonias solemnes, ejecutado por talentosas pianistas locales como Clorinda Moitre de Braune, Lily Steiner, Delia Soriano, Rita Bosnero y, finalmente, Raquel Bitar. Esta última formó parte del famoso grupo corístico "Orfeón Perosiano", del padre Paulino Vaca Vallejo, que además de las actuaciones locales en 1962 llevaba la música sacra a localidades vecinas como Ticino y Pasco, con el armonio siempre a cuestas.
Con el tiempo, el instrumento cayó en el olvido. Cubierto de polvo, quedó relegado a un rincón de la sacristía, como tantos armonios que yacen en iglesias silenciosas. Finalmente, encontró su lugar en el pequeño museo de la Casa de la Cultura, donde aún es testigo de una época que se fue. El día que Raquel Bitar lo visitó no pudo evitar estrecharlo en un abrazo. Tal vez, en ese instante, el armonio volvió a sonar en su memoria, más fuerte que nunca.
