Santa Eufemia
El correo, testigo del tiempo
Escribe Bernardo Santa y María Paz Urán
Estudiantes del IDMB
La dependencia local del Correo Argentino es una de las instituciones que vieron nacer al pueblo desde su fundación. Según registros oficiales, data de 1891 la primera caseta postal del entonces denominado pueblo Pelleschi, mientras que en 1909 ya figura como “Estafeta de segunda categoría”. El espacio físico para su funcionamiento tuvo varios lugares: un inmueble en la intersección de las calles Edelweis Paz y Córdoba; el local contiguo a la sede municipal donde se desempeñó el Registro Civil y desde 1981 el edificio actual sobre calle Pelleschi, frente a la plaza Pierángeli Vera.
Martín Grazioli, nativo de la localidad, fue cartero y jefe del correo durante 35 años. Es una de las personas que más tiempo estuvo en la oficina de correos. Conversamos con él sobre su historia de vida como trabajador del correo de Santa Eufemia.
-¿Cuántos años trabajó en el correo?
-Treinta y cinco años. De 1959 a 1994. Tenía 26 años cuando entré. Se fue un cartero a Río Cuarto y don Juan Lardone que era el jefe acá me llamó para ver si quería ser: yo siempre lo soñaba a ese puesto.
-¿Qué cargos ocupó?
-Entré el primer tiempo de cartero, 15 años, y 20 años como jefe, terminé como jefe de la oficina. Hace 25 años que me fui, ahí quedó Puchi Tavecchio y después lo puse a (Ricardo) Tula de cartero. ¡Hasta el día de hoy me agradece!
-¿Cómo era el trabajo del correo en los primeros años?
-Se atendía el tren que venía de Rufino e iba a Villa María y pasaba a las 10 de la mañana. Ese tren traía bolsas a la que llamábamos sacos y venían con encomiendas de todo tipo, revistas, porque no había otra cosa más que el correo. Entonces se repartían éstas en un sulky alquilado por el distrito Río Cuarto a don Modesto Rivarola. Nosotros, éramos dos, entrábamos a las ocho menos diez, 10 minutos para hacer limpieza y desde las 8 de la mañana hasta las 12 o 1 del mediodía, dependiendo de la encomienda de ese día, salíamos a repartir. Los primeros años se repartía en sulky, muchas veces no podía subir arriba del sulky de la cantidad de bolsas que venían. Las casas comerciales de Buenos Aires mandaban las propagandas; en las elecciones, los políticos agarraban los padrones y mandaban los votos a cada uno, todo el pueblo, y no pagaban nada, todo gratis. Era una locura, había muy mucho trabajo en ese tiempo, había mucho movimiento. Después vino la época del reparto en bicicleta, por todo el pueblo. ¡Tuve que aprender a andar en bicicleta! Me compré una que me trajeron de Rosario, por intermedio de Galarraga, a la que le ponían una patente en la Municipalidad. A veces era muy difícil de andar por la cantidad de encomiendas que había y también había que repartir por muchos lugares del pueblo en los que las calles eran de tierra, guadal; y en tiempos de la nieve, con botas de goma. Tampoco había telegramas, los mandábamos por ómnibus a La Carlota, hasta que hubo telégrafo en el correo. Todo se hacía manual, se hacía la caja todos los días y se mandaba a Río Cuarto. ¡Una estampilla valía cinco centavos! Cuando salían estampillas nuevas había que reservarles y avisar a varios filatelistas del pueblo. También había caja de ahorro, como no había banco. En el colegio te daban un boletín, vos comprabas la estampilla en el correo y la pegabas, cuando lo llenabas venías con el boletín lleno y el jefe te lo tomaba y lo ponía en la libreta de ahorro y cuando vos querías ibas y sacabas la plata.
-A medida que fueron pasando los años, ¿qué cambios más importantes observó en su actividad?
-Cuando se abrió el banco; cuando llegó el teléfono, porque no había, tenías que irte a Chazón a hablar por teléfono. Con el colectivo se cambiaron los horarios en comparación al tren. Los colectivos de la Coata venían a cualquier hora. Cuando empezaron a llegar los colectivos al pueblo, ellos eran los encargados de traer las encomiendas y había que esperarlos. Venía mucha mercadería para clasificar. Otro fue los cambios de edificios que hubo: el correo empezó en la esquina de Edelweis Paz con la calle Córdoba, después donde ahora estaba el Registro Civil (al lado de la Municipalidad) y de ahí se hizo el edificio oficial del Correo Argentino, donde está hoy.
-¿Una anécdota?
-A mí siempre me pedían sangre por el tipo, que todos buscaban. Una vez el doctor Liagre vino al correo a pedirme que donara y yo tenía que salir al reparto, entonces acordamos que cuando pasara por la casa del que le tenía que dar sangre, parara a donar. Cuando fui me acostaron al lado y me sacaron, no sé cuánto... De ahí me dieron una torta con un café con leche. Seguí con el reparto y después de una cuadra frené y me preguntaron qué me pasaba, les respondí que me habían sacado sangre y ahí me dieron una copa de caña porque era dulce, y me gustó. Continué con el reparto y me preguntaron qué me pasaba y ahí lo mismo, que había donado sangre, y de nuevo una copa de caña; y así seguí y a todos a todos los que me preguntaban les hacía el cuento y así me dieron todos una copa de caña. Cuando llegué a mi casa veía todo borroso, me tuve que acostar (risas).
