Silencio y soledad en los cortaderos
Por primera vez, la voz de Plácida –madre de Lian, desaparecido el 22 de febrero– se escuchó frente a una cámara. No fue en un despacho judicial, ni en una oficina oficial, sino en el mismo lugar donde todo comenzó: el cortadero de ladrillos, en las afueras de Ballesteros Sud.
Junto a mi colega y amigo, el periodista Diego Bengoa, llegamos de sorpresa, sin aviso, justamente para no modificar nada de un día normal, un día habitual, un día común en Ballesteros Sud. Muy cerca de aquí, por ruta nacional 9, ingresamos por Ballesteros y recorrimos unos siete kilómetros más hasta Ballesteros Sud. Desde allí, un camino de ripio nos llevó al final de todo: donde se acaban las casas, donde el horizonte es puro campo y el único camino de salida es el mismo que nos trajo. Tal vez, el mismo que Lian tomó –o fue obligado a tomar– aquella siesta abrasadora de 38 grados, cuando el calor en el cortadero se vuelve insoportable y nadie puede permanecer mucho tiempo a la intemperie.
Ese 22 de febrero, en medio del trabajo, la rutina y el descanso, Lian desapareció sin dejar rastro. La familia, que pertenece a la comunidad boliviana, vive atrapada en una doble ausencia: la de su hijo y la de las respuestas. Esa condición, marcada por la lejanía, la falta de acceso, las pocas posibilidades y las trabas constantes para llegar a la verdad, atraviesa todo el caso y lo hace todavía más doloroso.
En el marco de nuestra llegada a Ballesteros Sud, intentamos hablar con vecinos. Todos, sin excepción, coincidieron en una respuesta: “No, no quiero opinar”, “prefiero no meterme”, “no sé”; o, directamente, “nos da miedo opinar, por las dudas, porque queremos cuidar a los nuestros”. Ese silencio, repetido en distintas voces, es una señal de alerta que atraviesa a toda la localidad.
Dentro del desgarrador testimonio de Plácida, que habla por primera vez, surge un señalamiento directo: tanto ella como Elías, el padre, apuntan a su vecino Raúl como principal sospechoso. Relatan que la relación previa con él nunca fue buena, que estuvo marcada por maltratos y amenazas. Según cuentan, Raúl y sus hijos estarían involucrados y saben qué pasó con Lian. Plácida, entre mucho llanto, angustia y dolor, lo dice con las palabras que puede –porque su lenguaje es limitado, no por falta de verdad, sino por las circunstancias de su vida y la falta de escolaridad– pero con una claridad que estremece mientras llora angustiada: “Antes no tenían nada, ahora tienen una camioneta, ahora tienen plata; y desde que Lian desapareció, ellos tienen todo y nosotros no tenemos nada”.
Plácida agrega un dato clave: los vecinos señalados nunca declararon ante la Justicia. Hay muchas personas que ya lo hicieron, y varias coincidieron en lo mismo: que ese día, a la hora de la siesta, vieron una Suran blanca que nunca habían visto antes. Sin embargo, quienes están bajo la mirada de la familia como principales sospechosos no han prestado declaración. El cortadero de ladrillos en el que viven está dentro de una zona dividida en cuatro sectores: cada uno con su propio cortadero y una vivienda precaria.
Mientras hablábamos con Plácida y Elías, señalaron hacia atrás: “Ahí está Raúl, él que sabe qué pasó”. Dijeron que, cuando se lo enfrentó en otras ocasiones, él bajó la cabeza, sin responder, cuando le pidieron que diga qué pasó con Lian. También advirtieron que, al ver que estábamos entrevistándolos, seguramente él se iría. Y así ocurrió.
Tras despedirnos de la familia, fuimos a la casa de los vecinos señalados. Raúl ya no estaba; se había ido. Quedaron sus hijos, con quienes hablamos brevemente. Entre respuestas inconsistentes y silencios incómodos, entendimos que allí no encontraríamos muchas certezas. Decidimos volver en otro momento, para intentar hablar con el padre de familia.
Plácida habló también de amenazas, de la soledad que los rodea, del trabajo infinito que los ata al cortadero y de la imposibilidad de moverse. También, de la falta de acceso real a la Justicia. A seis meses, lo que más duele no es solo no saber dónde está Lian, sino sentir que el Estado y sus instituciones miran para otro lado.
Su testimonio –fuerte, crudo, desgarrador– deja en claro que aquí no se trata solo de un caso policial, sino de una historia de abandono estructural, de esas que suceden lejos de las ciudades, donde todo tarda más, donde la justicia no llega o llega tarde.
La mamá de Lian no pide compasión: pide visibilización y una Justicia que actúe. Que se sepa que, a solo 28 kilómetros de nuestra ciudad, hay un caso grave que no puede pasar desapercibido. Un niño desaparecido, una familia enfrentando enormes dificultades, y un reclamo que necesita del acompañamiento de toda la comunidad para que la Justicia no lo deje en el olvido. Este caso exige atención, porque cuando un niño falta, ninguna excusa es válida y ninguna demora es aceptable.
