Tres casos de la Justicia local

Crímenes por encargo

El juicio por el homicidio de Germán Torno nos impulsó a repasar la historia judicial villamariense en los tres casos en los que pagaron para matar
miércoles, 2 de abril de 2025 · 08:30

Los crímenes por encargo representan un delito excepcional en la historia judicial. Particularmente en Villa María, la memoria reciente nos trae a cuenta tres casos: el último fue el de Germán Torno, ocurrido el 20 de septiembre de 2022 y que recientemente se juzgó. El anterior fue el hecho en el que le dieron muerte a Enrique Espósito en su casa en Villa Nueva, el 17 de junio de 2011, y el último fue un intento de homicidio, porque por milagro Alejandro “Caño” Roganti está vivo, después de que un sicario disparó contra su humanidad el 14 de abril de 2008.

Los tres terminaron en condenas, tanto a los autores materiales como a quienes pagaron para matar.

Un repaso por estas historias criminales en los que la codicia y la corrupción terminan siendo un condimento clave para explicar tanta brutalidad.

 

Torno y un móvil incierto

Por el crimen de Germán Torno fueron condenados como instigadores Darío Ludueña y Raúl Zerpa. Al primero, quien se desempeñaba como vocal del Tribunal de Cuentas y era dueño de una carnicería en Tío Pujio, lo condenaron a prisión perpetua por mandar a matar a Torno, quien por entonces cumplía la función de secretario en el organismo de control. Mientras tanto, a Zerpa, empleado de la carnicería y recolector de basura, lo condenaron -paradójicamente, con las mismas pruebas- por encargar a los ejecutores que le robaran a Torno. Por mayoría, el Tribunal y los jurados populares consideraron que, si el delito que iba a ser contra la propiedad y terminó en un hecho de sangre, no fue responsabilidad de ese acusado.

Sin embargo, se pudo corroborar en el juicio que Zerpa ocupó un rol clave: era el que conocía a los autores materiales: Claudio Luján y Luis Gonzalo Valquinta, condenados, al igual que Ludueña, a prisión perpetua.

Las pruebas recabadas en el caso fueron muchas: hubo encuentros previos al día del crimen, como así también, una especie de “reunión” a la vera de la ruta 9, entre Villa María y Tío Pujio, en un espacio dedicado a honrar al santo pagano Gauchito Gil, unas horas antes del homicidio. Después de ese encuentro, Luján y Valquinta llegaron a la casa de Torno, en el barrio Ameghino de Villa María. Allí, lo ataron de pies y manos. Luego le pusieron una media en la boca que le obstruyó las vías aéreas superiores y, finalmente, una remera en la cara, sujetada con un cinto a la altura del cuello.

El móvil de ese crimen deja abierta muchas dudas. La tesis del robo (de unos supuestos 45 mil dólares que creían que estaba en la casa de la víctima) pierde peso cuando los investigadores encontraron 300 dólares muy visibles y unos 70 mil pesos en el bolsillo del pantalón, de donde sí le sustrajeron la billetera.

Lo que sí se llevaron fue el teléfono de Torno y la computadora provista por la Municipalidad de Tío Pujio. Ese dispositivo nunca apareció.

Si el móvil del robo no se explica, tampoco quedó claro el “móvil político”, porque no se pudo determinar qué información comprometedora había en esa computadora que afectara los intereses de Ludueña.

Nora Abelleira (ya fallecida)

La codicia

El 17 de junio de 2011, José Alberto “Calladito” Deheza entró con una llave provista por la autora intelectual del crimen a la casa del empresario lácteo Enrique Espósito, ubicada en el barrio Costa de Oro de Villa Nueva. Sin mediar palabra, le disparó un tiro certero en la frente y un segundo balazo, para rematarlo, cuando yacía en el suelo.

A la hora del homicidio, Nora Abelleira, pareja de Espósito, estaba tomando un café en el centro de Villa María. Parecía la coartada perfecta, pero no fue así.

La investigación demoró meses, pero al final se descubrió que había sido un crimen por encargo.

Todo empezó por un dato que inquietaba a los policías que entraron a la casa después del homicidio, porque, cuando el cuerpo de Espósito todavía no había sido retirado de la vivienda, Abelleira tocaba el piano.

Luego se descubrió que, usando una identidad falsa, ella había ingresado a la cárcel a ofrecerle a Calladito Deheza “un trabajito”: matar al esposo.

Darío Ludueña

El hombre estaba preso por otro homicidio, también a sangre fría. Cuando salió de la cárcel, se comprobó que al menos hubo 75 comunicaciones telefónicas entre el sicario y la mujer.

El móvil en este caso fue más claro: la codicia. Con Espósito muerto, Abelleira podía manejar los bienes del empresario lácteo, que provenía de la familia de Arroyo Algodón, que “inventó”  el queso parrillero.

Y si la investigación demoró meses, la Justicia tardó más en llegar.

En un primer juicio realizado en 2015, la Cámara del Crimen de Villa María condenó a Nora Abelleira por mandar a matar a su esposo, pero absolvió a Deheza por falta de pruebas.

La incongruencia del fallo -porque se condenó a la mujer por contratar a un hombre para matar y se absolvió al hombre que, según las pruebas, había sido contratado- motivó que el Tribunal Superior dijera que había que juzgarlos de nuevo.

Abelleira no llegó a ese segundo juicio porque falleció estando en prisión domiciliaria en su departamento del centro de Villa María. El Calladito sí. El nuevo juicio fue en Bell Ville, en 2019, y allí lo condenaron a prisión perpetua. Continúa cumpliendo su pena en la cárcel de Villa María.

 

Corrupción

Cuando Eduardo Brandolín era el mandamás del poderoso Sindicato de Luz y Fuerza, Regional Villa María, había decidido que nadie interfiriera en los negocios. Pero se encontró con un dirigente que en una Asamblea planteó que el sindicato no estaba para enriquecer a los gremialistas, sino para defender a los trabajadores. Y denunció por hechos de corrupción al secretario general.

Ese dirigente fue Alejandro “Caño” Roganti. El 14 de abril de 2008, un tiempo después de aquella Asamblea, le dispararon cinco tiros. Al borde de la muerte, alcanzó a decir cuando lo ingresaban al Hospital: “Fue Brandolín”.

Quiso el destino que la noche del ataque justo pasara por ahí en su motocicleta Federico Bordino, un expolicía que persiguió al vehículo en el que escapaban los sicarios y, si bien no los alcanzó, logró tomar los datos de la patente.

Esta acción fue la que permitió que la Justicia diera con los autores materiales del crimen: los hermanos Sebastián Baltazar Eve y Maximiliano Francisco Eve, quienes fueron condenados.

Pero Roganti estaba decidido a que el intento de homicidio no quedara ahí. Y doce años más tarde, la Justicia llegó cuando el propio Brandolín confesó haber mandado a “apretar” a Roganti y que los sicarios que contrató “se excedieron”.

Esa confesión permitió que le cambiaran la acusación original de “homicidio triplemente calificado, por precio o promesa remuneratoria, por alevosía y por uso de arma de fuego, en grado de tentativa y en calidad de instigador” a otra que prevé penas más leves: “instigación a cometer lesiones gravísimas, agravadas por precio o promesa remuneratoria”.

Así, Brandolín cumplió lo que le restaba de condena de tres años y tres meses en el domicilio de su pareja. Había pasado 601 días en la cárcel.

 

DATOS 3,3

Eduardo Brandolín fue condenado por instigar el delito a tres años y tres meses de prisión. En los otros dos casos en los que el crimen sí se cometió, la condena fue a perpetua, aunque el último fallo aún no está firme.